UN ENCIERRO A CABALLO INTERMINABLE

Por mucho que nos lo propongamos e intentemos cambiarla, la realidad es siempre tozuda. Después de cuatro carnavales con un encierro a caballo dignamente resuelto, el cambio de corporación quiso volver a las andadas y un año más el encierro a caballo se convirtió en un evento más propio del oeste americano que de un encierro por tierras castellanas.

Mucho ha cambiado la realidad, el entorno de los alrededores de Ciudad Rodrigo por donde ha de discurrir este encierro, nada que ver con la socampana mirobrigense del siglo pasado, donde los sembrados y las tierras de labor llegaban hasta los mismos toriles de San Pelayo. Hoy por cambiar, ya quedan muy pocos sembrados en los alrededores de la ciudad, lo tienen complicado los niños si quisieran ir a por espigas de cebada cuando grana. En este escenario, intentar llevar a cabo el encierro a caballo es tarea complicada.

Los últimos carnavales, se optó por una solución intermedia, pensando siempre en el numeroso público que el domingo acude ante la tentadora oferta del encierro por el campo. Mucho público pudo disfrutar sin peligro de la vista del encierro bajando la ladera de los tesos en veloz carrera hacia el embudo formado por las agujas para enfilar la carretera. A pesar de los espantes de Pichoga y compañía, todos los años, se pudo ver la bajada de toros y caballos, incluso subir y bajar más de una vez. Y sobre todo entrar en las agujas el encierro compacto, haciendo así gran parte del recorrido, hasta llegar a la plaza.

En cambio el recorrido de este año, no permite tanta amplitud de miras, una explanada después de la ermita, a través del cordel, donde toros, bueyes y caballos se apelotonan de mala manera, y todo es visto y no visto, para aquellos que nos desplazamos hasta allí, que somos siempre una minoría, este año incluso menos, comparado a la gente que se pone en la Puentecilla. Una vez que el encierro baja hacia la calleja de Valhondo, adiós espectáculo. Su estrechez y dificultad, hace que la manada  se vaya convirtiendo en un reguero de toros, bueyes, caballos, corredores, observados por escasos espectadores, hasta llegar a la carretera.

Todo muy normal, teniendo en cuenta el escenario, donde es complicado actuar con un mínimo de condiciones de seguridad. Ahora bien, ¿por qué se ha vuelto a cambiar el escenario?. ¿Qué intereses hay detrás de estas decisiones?. Según el alcalde la sustracción del mallazo que servía de valla fue el detonante para el cambio, difícil de entender después de comprobar que  se ha colocado mucho  mallazo en los cercados de la cañada. Cuesta creer que después de haber sido un éxito el recorrido anterior se vuelva a cambiar a otro escenario donde lo que ocurrió ayer ha ocurrido más de una vez, convirtiéndose el encierro en un espectáculo interminable, un reguero de toros, bueyes, caballos corneados, que cambiaban sin ton ni son el sentido de su marcha. Un espectáculo poco atractivo para los muchos espectadores que había en el largo recorrido.

No se entiende, cuando defienden a bombo y platillo los carnavales y los toros, aumentando su número y los espectáculos taurinos, y precisamente el domingo que es el día que más gente viene, se corren los peores toros con diferencia. Quizás los expertos tengan sus razones, pero los toros del sábado, solo con su presencia justificaron el encierro.

Es necesario, ante este fracaso, reflexionar fríamente acerca de este encierro. No estamos en las mismas condiciones de pueblos donde sus encierros por el campo son muy vistosos, donde desde la distancia, los espectadores sin ningún peligro, ven el movimiento de toros y caballos.

Hay demasiada distancia desde Casasola hasta la plaza, a pesar de que en la finca llevaban ya un tiempo para estar hermanados toros y bueyes, al llegar a la ermita, comenzaron a correr de forma descosida convirtiéndose el encierro en una locura de carrera que los toros y caballos no aguantaron, dando una pobre imagen, teniendo en cuenta  que en el campo son todo un bello espectáculo.

CONRADO, MALETILLA DE PROFESIÓN POR LA RAYA

CONRADO, MALETILLA DE PROFESIÓN

Estaba leyendo la columna El día en que Teruel existió de Julio Llamazares, donde se refería a Tomás de Guitarte el diputado por Teruel existe, al que al principio todos consideraron como un espontáneo, un maletilla de la política, cuando se acercó Conrado a charlar un rato conmigo, como hacemos de vez en cuando de un tiempo a esta parte.

Llama la atención cómo el uso de la palabra maletilla tiene siempre connotaciones de poca monta. Ya la propia RAE, define al maletilla como joven sin medios ni ayudas que aspira a abrirse camino en el toreo…  Por supuesto que en ello no pensó Conrado allá por el año 1944 cuando con tan solo 16 años le cogió un mantel rojo a su madre para salir a recorrer caminos, llevando tan solo consigo la ilusión de ser torero, ligero o gran equipaje, depende como se mire. Maletilla viene de maleta, pero él no se llevó maleta ni grande ni pequeña, no tenía material suficiente para formar el hatillo que con el tiempo sería uno de los mejores elementos que lo definieron caminando por los caminos de la suerte.

Hablando con Conrado, sorprende cómo a esta profesión un tanto desvirtuada, pues como él mismo dice los consideraban vagos, la defiende a capa y espada, habiendo sido para él una forma de entender la vida, que le ha llevado hasta los 93 años en volandas, atravesando enormes aventuras de  las que ha salido bien parado. Cuesta entender, en estos tiempos tan materialistas, su filosofía de maletilla. Cómo siendo un chaval aterrizó en Sevilla, sin padrino por medio, sufriendo una de sus mayores soledades, pues no fue una tierra que le acogiese bien en sus comienzos. Él reconoce que no estaba en buenas condiciones.

Suele pasar muchas veces, construimos castillos en el aire, con ilusiones, con oídas, y después no hay nada de nada. Así visto lo visto, nuestro maletilla tuvo que dar marcha atrás y regresar al Campo Charro, donde empezaría a ejercer de auténtico maletilla. De su aventura andaluza, se trajo su primer capote, regalo de Antonio Ordóñez, pudiendo hacer ya su primer hatillo, en el que según me comenta metía lo mínimo de lo mínimo, normalmente trastos que le daban los matadores, (habla con mucho cariño de El Viti.) Está claro que la profesión de maletilla está muy en la línea de los versos machadianos …”me encontraréis ligero de equipaje”, quizás sean sus palabras el mayor equipaje de este maletilla que nunca ha aborrecido de su profesión, para él la más bonita de todas.

¿Y por qué es la más bonita de todas? le pregunto. Despiden chispas sus ojos, lo dicen todo, el cariño que la gente  le ha dado, no se paga con dinero, haciéndole feliz cuando iba de pueblo en pueblo, una vez más certifica el viejo maletilla que lo espiritual está por encima de lo material. Ante la pregunta de cómo ha ido bandeando su camino existencial, me va desgranando sus aventuras, con cierto sabor quijotesco. Trabajaba de vez en cuando en las fincas en lo que le mandaban, atender al ganado fundamentalmente, trabajos por los que recibía pequeñas limosnas, alguna que otra morcilla y sobre todo el derecho a dormir en el pajar y poder estar en los tentaderos.

Recorriendo los pueblos de La Raya de norte a sur de este a oeste, se movía Conrado, donde siempre se encontró  gente con gran corazón que le daban comida y ropa. Caminaba solo, otras veces acompañado de compañeros que luchaban por el mismo ideal, ser figuras del toreo. Como reconoce, muy pocos lo lograron, Luis Segura y especialmente César Jiménez son dos que lo consiguieron, que compartieron con él noches de pajar, había entre ellos una gran camaradería. Se siente muy orgulloso de haber ayudado a muchos maletillas que no tenían ni tan siquiera un pajar donde dormir.

Fuentesaúco, Villavieja, Ciudad Rodrigo, Coria, pueblos al otro lado de Portugal, han formado el territorio de este maletilla que ha ejercido su profesión con una entereza digna de admiración, llevando una vida de película. Le comento qué hay de verdad en la relación del toreo y la literatura, especialmente la poesía y me responde que muchas veces no guarda mucha relación con la realidad, pues hasta el libro que han escrito sobre él, hay parte que es cierta y otra no.

Muy lejos queda el día que salió de malas maneras de su casa, un dolor que aún no se ha mitigado del todo, a pesar de los años. Reconoce que hubo malos rollos familiares por ambas partes, quizás sea este trance lo más pesado del equipaje de este maletilla, que una vez más se siente plenamente realizado de haberlo ejercido por estas tierras y muy especialmente en su Ciudad Rodrigo.

Ya no hay maletillas estos días por caminos y carreteras camino del carnaval, una de las señas más emotivas del carnaval de mi infancia, por ello fue un acierto dedicarle una escultura a estos sufridos personajes de leyenda, que se pasaban parte de su juventud en busca de suerte, que casi siempre, como dice Conrado les era esquiva. A pesar de todo, él volvería a ser maletilla, tiene mucho mérito.

EL ÚLTIMO VIAJE DE ROGER, INCANSABLE ANIMADOR VITALISTA

En el día después de tu viaje definitivo, cuesta asimilar  la falta de tu presencia en todos los entornos por donde te movías, inyectando siempre grandes dosis de jovialidad, cercanía y cariño, dejando un profundo vacío. Ya no escucharé tu saludo ¿qué tal primote? después de tantos años de relacionarnos. Mucha gente  tardará en adaptarse a tu ausencia, especialmente Aurori, tu esposa y compañera de tantas hora compartiendo familia, trabajo, ocio, demostrando día a día que erais una pareja especial. También a tus hijos y nietas, les has dejado con el paso cambiado, les costará retomar su rumbo, aunque con el enorme equipaje que le has dejado, todo será más fácil.

Siempre es difícil escribir un relato sobre una persona que nos ha dejado con la que te unían lazos afectivos, pero al escribir sobre Roger tienes la sensación que puedes meter la pata, porque él vivió una vida tan intensa, tan llena de vitalidad que resumirla en un par de folios es tarea un tanto arriesgada. Es precisamente la vitalidad una de los valores que mejor definen a este cubano, asturiano, farinato, ciudadano del mundo, que llegó a Ciudad Rodrigo hace más de 50 años y rápidamente se sintió farinato por los cuatro costados.

Quizás fuese por sus circunstancias, de una infancia y juventud tan marcada por los viajes con realidades tan dispares, en una España tan cerrada, lo que le inculcaría esa mentalidad tan abierta al mundo, una persona que siempre estaba mirando de puertas afuera, cuando precisamente los castellanos tenemos fama de lo contrario. Este lunes, seguro que la zona del cruce ha empezado la semana marcada por tu ausencia. Muy temprano, era fácil verte hablando con los vecinos o con los peatones que a esas horas comenzaban con el ir y venir por la acera. Tu preciosa cabellera que el paso del tiempo fue coloreando de color platino, te hacían pronto visible, como un faro en la madrugada dando los buenos días a tus vecinos. La gran cantidad de gente que el fin de semana se acercó a despedirte lo certificaban, muchas flores queriendo agradecerte tu enorme generosidad, tu fácil disposición a la ayuda del que lo necesitaba, ello ha ido calando poco a poco en tu entorno y era el sentir de la gente que te quería.

Tu gran vitalidad y optimismo, te llevó a recorrer senderos que te llenaron de  felicidad. Uno de ellos fue el deporte. Nunca tuviste pereza para darte madrugones de campeonato para ir de caza o de pesca. ¡Cómo lo vivías! Conocías al dedillo la sierra por  Serradilla del Llano, donde tenías el coto Río Chico. Más de una vez, cuando desde Porteros subí hasta la cuerda de la sierra, cruzando ese río, comenté contigo mi recorrido, comprobando que la tenías pateada de cabo a rabo, subiendo y bajando laderas tapizadas de brezos en busca de  algún jabalí. El sábado, apareció un día gris, lluvioso, que ocultaba esa sierra que significó mucho para ti. También fuiste un gran pescador, lanzando la caña en ríos y pantanos, no importaba los kms, siempre estabas dispuesto a coger tu coche antes del amanecer y disfrutar de la naturaleza, tu gran pasión.

Más de una vez coincidimos jugando al tenis en las pistas de Codemirsa, donde puntualmente llegabas, capacho en mano, con la merienda después de cerrar de la tienda.

Una tienda que da mucho que relatar, una tienda que sin vosotros no habría sido lo que es. Una tienda donde entras y siempre hay una persona detrás del mostrador esperando que le digas lo que quieres, con una sonrisa. Una tienda a  la que pronto le hicisteis frente sin haber tenido ni idea de lo que es una mercería. Especialmente tú, que pronto te buscaste la vida arreglando cremalleras, forrando botones, haciendo apaños para ponerle  a más de uno un parche. Una tienda que se ha convertido en un referente de las pocas  que quedan de las de toda la vida, con mostrador, donde siempre hay un hueco para conversar y tomarle el pulso al barrio. Algo en lo que tú eras un auténtico maestro, hasta que la infección te obligó a apartarte, cerrando el viernes definitivamente la gran cremallera de tu vida.

Qué gran actividad la tuya Roger, muchos se han sorprendido al ver los años que tenías, no se correspondían con tu físico y menos con tu espíritu jovial y dicharachero, cogiendo tu vespa para llevarte a hacer los recados, arriba, abajo, siempre con la sonrisa a flor de piel y una palabra cariñosa con cualquiera que te cruzases. Unas palabras que se quedaron congeladas en la gente que acudió al entierro para escuchar a Ángel Carballo cómo desgranaba pinceladas de tu vida. Impresionaba el silencio, había mucho dolor, mucho sentimiento por tu marcha, cuando aún tenías tanto que hacer.

Roger, tú que tanto disfrutabas con tus viajes, has hecho el último sin tu vespa, cuando la primavera, quizás en tu honor, ha decidido  adelantarse, para que el campo estuviera verde, los almendros en flor para despedirte, ese campo que tanto amabas. Tu enorme equipaje vital no has podido colocarlo, dejándolo repartido por los caminos que has recorrido, para que tu huella permanezca siempre viva. Hasta siempre primote.

UNA CIUDAD PARA RECORRERLA ANDANDO O EN BICI

No suele haber mucha gente por la plaza los domingos, menos en los meses de invierno. Había más que de costumbre el pasado, al llegar al cine, comprobamos la causa, estaba abarrotado, qué buena impresión ver casi todas las butacas ocupadas: Adú, había sido el que había sacado la gente de sus casas.

Empieza la película con unas imágenes muy duras para provocar la sensibilidad del espectador ante lo que está pasando en África, el gran continente olvidado, una película que no te deja indiferente, especialmente teniendo gran parte del largometraje los enormes ojos de Adú llenando casi la pantalla. Al salir, las calles eran una bendición de gente, pero duró poco la alegría, pronto los peatones se transformaron en coches, saliendo una auténtica avalancha a todo meter por las bóvedas.

Ha habido cierta polémica acerca de los coches, por una, cuanto menos extraña, propuesta para conseguir un premio para aparcar gratis de murallas para adentro, enzarzándose los políticos en las redes sociales. Lejos de polémicas, está claro que Ciudad Rodrigo es una ciudad para disfrutarla andando, montando en bici y que la realidad es otra bien distinta. Solo hay que ser un poco observador para comprobar que los coches son los dueños de las calles, que la plaza está por las mañanas atiborrada de ellos, que los visitantes se las ven y se las desean para poder sacar una foto sin que no haya un coche que se lo impida.

Es una realidad tozuda, por hache o por b, los farinatos utilizan demasiado el coche para desplazarse a pesar de que de murallas para adentro, no es una ciudad hecha para circular los coches. Ahora bien, ¿qué se puede hacer para invertir esa tendencia? Es la pregunta del millón, pero se me ocurre que igual que la película comienza con unas escenas impactantes, habría que hacer campañas para remover conciencias, para promover el uso de la bici, ahora testimonial para media docena de personas. Sorprende que no haya jóvenes que vayan al instituto en bici, algo que se ve en otras ciudades, en cambio sí se ve a una profesora que la utiliza. La bici que utilizaban Adú y su hermana en El Congo, estaba cargada de simbolismo. Es hora que desde el ayuntamiento, en colaboración con centros educativos y organizaciones se intente al menos cambiar la tendencia.

El lunes observé los coches que entran y salen por las bóvedas, dentro de poco, la densidad de coches será mayor que la de personas dentro del recinto amurallado. En la rotonda del Árbol Gordo, es difícil no encontrar un coche girando a su alrededor, en cambio muy fácil no divisar a peatones a su alrededor. Al llegar a la calle El Rollo, parece más un polígono industrial que una calle llena de actividad comercial, coches que entran y salen, llena de coches aparcados, en doble fila,….qué distinta de aquella calle de mi infancia donde pasábamos gran parte del tiempo libre jugando y aprendiendo, sin peligros, pero eso lo dejaré para otro relato.

Por último,  la ciudad debe convivir con los coches, el que se hagan más plazas de aparcamiento en el río, no debe ser nunca un incentivo para el uso del coche, pues es mejor tener aparcamientos en condiciones, que aparcar en los glacis de los fosos, provocando una imagen visual poco favorecedora de la ciudad.Es tiempo de ponerse de acuerdo, la ciudad y sus habitantes los agradecerán.

LA SIERRA DE GATA ADORMECIDA ENTRE ALGODONES

Hay días que el azul del cielo es invisible a los ojos, de ello se encargan las nubes poniendo una vela como dicen los andaluces. No suele ser habitual que a lo largo del día no se cuelen jirones de azul, el lunes pasado fue uno de esos días grises desde el amanecer  hasta el atardecer. La luz influye directamente en nuestra forma de mirar la realidad, también en nuestros sentimientos.

Era además un día que las circunstancias habían teñido de tonos grises, se cumplían 75 años de la  liberación de Auschwitz, terminaba de leer la excelente  novela de John Williams, donde al profesor Stoner  le persigue una vida gris, de la que en parte es culpable la guerra, los tertulianos de vuelta del fin de semana no paraban de rajar y rajar…

Así que, con tal panorama necesitaba salir al campo, a pesar de que el día no estaba para muchas alegrías tratándose de coger la bicicleta. Sentir el viento en la cara despeja muchos sentimientos y aviva el espíritu. Soplaba demasiado viento, el costoso pedaleo se quedaba reducido a la mitad, el avance se hacía lento, el objetivo donde quería llegar parecía estar en el infinito.

Y efectivamente, por momentos me pareció  que la Sierra de Gata, era el infinito, desaparecía de vez en cuando engullida por nubes de algodón que jugueteaban en las laderas a ponerle una gigantesca bufanda blanca, con el fin de adormecerla. Si normalmente poca gente te encuentras caminando o haciendo ejercicio, a finales de enero el camino es un desierto, algún que otro coche de vuelta a su pueblo. La desbrozadora había ido triturando la maleza de las cunetas, dejando a la intemperie cantidad de plásticos de todos los tamaños y condición, mientras, los pájaros quedaron desprovistos de su alojamiento invernal. Más de una bandada protestaba sin cesar, con su algarabía, al volver a casa y darse cuenta del estropicio.

A la altura de La Caridad, cogí el camino de Gazapos para ver la sierra entre algodones desde el mirador. Una imagen impresionante, con un cielo oscuro lleno de matices, una sierra engullida por las nubes que ascendían de Las Hurdes. Recuerdo cuando esto ocurría en la huerta mis padres decían que los hurdanos estaban atizando la lumbre y el puchero cocía a todo meter. De vuelta a la carretera, un rebaño de ovejas  daba un buen repaso a las alpacas, rodeándolas de forma circular perfectamente encajadas unas con otras, una imagen sorprendente, una maravilla de las que te encuentras en el campo.

Había seguido la máquina desbrozando zarzas y todo lo que se había puesto por delante, reflexiono sobre las horas de trabajo que le habría supuesto a los antiguos camineros limpiar estas cunetas, y ahora una sola persona, sentada en su asiento devora km y km en un plis plas. Difícil encaje trabajo y tecnología, aunque para más de un tertuliano esta mañana era fácil, a raíz de la publicación de la EPA, quizás deban echarle el ojo los políticos a estos empleados de la palabra para asesorarlos, aunque como siempre, una cosa es predicar y otra dar trigo.

Un nuevo rebaño, pastaba a la orilla del camino, donde antes había una alameda que las motosierras talaron en un  abrir y cerrar de ojos, dejando visible el cauce del río con la desembocadura del arroyo de Cantarranas, tantos años tapado tras la arboleda. Un cordero recién nacido se tambalea en su intento de iniciar su caminar por la vida, un misterio la vida, una esperanza, una alegría en medio de tantos tonos grisáceos. Unas ovejas correteaban al lado de tocones quemados, parecían jugar a las damas, esperando la llegada de sus dueños para llevarlas al establo.

El invierno ha dejado también al descubierto al pueblo de  Águeda, que se divisaba perfectamente al otro lado del río, exhibiendo su blancura andaluza y su campanario, tras el cortinaje de ramas entrelazadas de los pocos árboles que se van salvando de vendavales y motosierras. Los pocos sembrados que hay por estas tierras esperan como agua de mayo el abono, sin el cual poco medrarán, curiosa forma de llevar ahora la agricultura, esperar hasta última hora si interesa o no abonar y echar herbicidas.  

Arreciaba el viento cuando comenzaba la subida de la cuesta de Zamarra. Es duro subir todas las cuestas, incluso la de enero, para ello hay que estar en forma, tener convicción, el día era gris, y no disponía de mucha luz, por lo que a mitad de ella, decidí darme la vuelta, la sierra no conseguía despertarse.

¡EN EDUCACIÓN ÉRAMOS POCOS, Y LLEGÓ EL PIN PARENTAL!

Éramos pocos, y parió la abuela, es una expresión que indica que ante una situación negativa, llega alguna circunstancia que contribuye a empeorarlo aún más. Algo de esto está pasando en educación, proceso continuo por el que una persona va adquiriendo la formación destinada a desarrollar la capacidad intelectual, moral y afectiva, de acuerdo con la cultura y las normas de convivencia de la sociedad a la que pertenece. Este proceso complejo, conlleva asociado un engranaje de numerosos factores con el fin de garantizar un mínimo de éxito en el largo camino.

Educar para los griegos significaba conducir, darle la mano al alumno para que poco a poco se adentre en el bosque de la vida, preparándolo para que le pueda sacar su máximo partido. Una labor complicada, pero enormemente fascinante la que tienen padres y maestros. Ahora bien dicha tarea para que lleve al alumno a buen puerto, debe realizarse en las mejores condiciones.

Últimamente, los padres por las condiciones de vida a las que hemos llegado, están teniendo dificultades para ejercer dicha labor. Dificultades laborales, de conciliación, que hacen que su tarea educativa quede gravemente erosionada, ante ello la administración hace oídos sordos, aunque la enorme caída de la natalidad debería ponerles en alerta máxima.

¿Y la escuela? Siempre ha sido el referente para suplir carencias de todo tipo, aunque pocas se le ha tenido suficientemente valorada. A ella siempre se recurre para solucionar de hoy para mañana problemas complejos que requieren soluciones complejas. Y estas circunstancias de un tiempo a esta parte no se están dando en la escuela. Si nos atenemos que educar es conducir, deberíamos mirarnos en la labor de la DGT, cómo ha ido reduciendo la mortalidad a base de controles, límites y normas para impedir que los conductores se distraigan: publicidad en las carreteras, uso del móvil, control de velocidad, alcohol, drogas,…

Justo lo contrario está ocurriendo en la escuela, precisamente al maestro que debe estar centrado en su labor para conducir al alumno,  no distraerse, cada curso se le amontonan más señales disuasorias en su camino pedagógico: papeleo, número de alumnos excesivo, grupos de whatsapp  de padres presionando,  inseguridad en el puesto,…y si éramos pocos, parió la abuela.

Aparece un nuevo cartel disuasorio: el pin parental, que propone poco menos que una educación a la carta de los padres, poniendo  una clave que le permite vetar que sus hijos reciban una educación con mayúsculas. Pues educar no es solo trasmitir conocimientos, estas herramientas a pesar de ser importantes, no son suficientes para caminar con éxito por el bosque de la vida. Tiene numerosos accidentes, peligros, maravillas, a los que para acceder se necesitan otras herramientas que los contenidos, exámenes, deberes, títulos, no proporcionan. Y es precisamente, educar en valores la tarea más complicada a la que se enfrentan los docentes, pero también la más gratificante, pues permite a los alumnos desarrollar su personalidad, aprendiendo a convivir juntos. Justo todo lo  contrario de  lo que propone este pin.

Se ha colado en la escuela un problema ajeno a ella, pues salvo casos muy puntuales, los padres valoran bastante el desarrollo de estas actividades. Mi experiencia docente lo avala, después de muchos años poniendo en práctica proyectos encaminados a eliminar desigualdades en centros muy diferentes. Precisamente la educación ha de eliminar los pins que desgraciadamente tienen muchos alumnos, que le bloquean para salir de la situación de desigualdad que tienen.

Supone por tanto el pin parental un retroceso importante en logros conseguidos en educación, una educación que ante todo debe ser democrática, respetuosa por parte de padres y profesores, donde se tenga en cuenta las individualidades de los alumnos. Si ello se explica, no deberían plantearse problemas en los centros, no lo hicieron ninguno de los padres de un colegio rural, cuando a finales del siglo pasado desarrollamos un proyecto de educación afectivo sexual durante varios cursos.

Esperemos que pronto las aguas vuelvan a su cauce y los alumnos se puedan mover por los entresijos de la educación sin ningún tipo de clave, la sociedad lo agradecerá.

BUSCANDO LA CASETA EL PELUJU EN UN MAR DE PINOS (Recorriendo los caminos de Robleda con el grupo Anda ya)

Ya solo su nombre, y otros muchos que aparecen indicados en los caminos de Robleda, merecen una caminata. Me sorprendió la primera vez que se lo escuché a Chema, no pudiendo llegar hasta la caseta por la llegada de nubarrones que amenazaban tormenta. Entonces era primavera, el domingo pasado, tuve una nueva oportunidad de llegar a ese lugar cuyo nombre entraña cierto misterio.

Tuve suerte, consiguiendo una plaza para poder hacer la ruta con el grupo de senderismo “Anda ya”. Era la segunda vez que lo hacía, tampoco esta vez me defraudó. Amaneció el día congelado, hasta el viento quedó helado. La salida del sol logró poner  incandescente la sierra y mira que era harto complicado. Con puntualidad exquisita, me recogió el autobús, en el que venían más de medio centenar de senderistas, preparados para pasar el día caminando, conversando, disfrutando de la naturaleza robleana.

Una helada de espanto cubría el campo a esas horas de la mañana, donde el sol ya empezaba a dejarse notar. Al pasar por la huerta donde me crié, desde donde tenía que ir a clase en bici, un rayo de fría nostalgia recorrió mi cuerpo, justo en el momento que una de las dos organizadoras cogió el micro para informar de la ruta. Bonita actividad, de explicar antes lo que se va a visitar. Una voz poderosa, acostumbrada a impartir lecciones, nos envolvió con un resumen muy elaborado de la ruta, donde la resina se dejó pronto ver como la protagonista.

Ya en el bar tomando un  café con rosquillas artesanas de la panadería del pueblo, conocería  a  Mari Leo, que es maestra, con una buena amiga en común, “de casta le viene al galgo”. Hecho el avituallamiento, colocadas las correspondientes capas para evitar “engarañarse”, poco a poco, el pelotón fue cogiendo forma desplazándose por las calles del pueblo en busca del campo.

Cuando lo encontramos, el sol libraba una batalla con los pinos para colarse entre las ramas y comenzar a barrer la impresionante escarcha que cubría los prados de blanco. Rayos de luz que formaban infinitos reflejos entre las zarzas del camino, sombras blancas bajo las encinas, a medida que íbamos avanzando y el sol iba teniendo más fuerza. En un plis plas, alcanzamos uno de los puntos más interesantes: el río Olleros. Justo al desaparecer por un momento los pinares, aparece el cauce del río que en ese lugar ha formado una curva caprichosa entre alisos que se reflejan en sus aguas cristalinas. Un río cargado de historia de este pueblo, al que iban a lavar las mujeres y los hombres a moler el grano, que entonces la igualdad era una palabra hueca.

Cruzamos el puente, desde él la vista del cauce es espectacular, en la presa el agua forma una cortina blanca, acompañada de un sonido delicioso, enorme antídoto para dejar tensiones aquellos caminantes que las hayan traído de la ciudad. Las secuelas de la última gran crecida se notan en la orilla, así como en los árboles donde, como no, se ha colado algún plástico.

Está el pasto helado, las toperas duras como las piedras, nada que ver con la anterior visita, es el duro invierno que congela hasta el aliento. A partir de ese momento, la temperatura sufrirá muchas oscilaciones, dependiendo de la orientación por la que vayamos y de la profundidad del valle, que en general son pocos metros, pero suficientes, para que el pelotón se estirase y la cabeza tuviese que hacer alguna que otra parada.

Salimos del valle por un camino alfombrado de hojas de roble y acículas de pino, llevándonos en volandas hasta el pinar de Descargamaría, la estrella de la ruta, todos los caminos conducen a él, te dirijas donde te dirijas. Y mira que están bien señalizados los caminos en este pueblo. Explicó muy bien Mari Leo la historia de este enclave maravilloso, un territorio robleano que pertenece a un pueblo extremeño, pues a pesar de ello, más de uno se hizo un lío mezclando geografía con la administración. En esos momentos pensaba cómo en la escuela, a veces intentamos que los niños aprendan cosas para las que no tienen aún herramientas. Sería mejor una excursión en bici hasta la caseta del Pelujo en primavera para aprender muchas cosas “in situ”, más que saber a quien pertenece  este pinar.

Precisamente, en la caseta vivía su guarda. El misterio que tanto me había motivado, se desvaneció pronto al ver que de caseta nada de nada, una casa convencional y un establo de ganado con todas las comodidades formaban la intervención humana de uno de los objetivos de la ruta. El tiempo que todo lo cambia, había dejado casa y establo cerrados a cal y canto. En cambio, me sorprendió gratamente la presencia de un almez de gran porte, dejándose notar como náufrago en medio del mar de pinos.

Después de  pequeña parada para reponer fuerzas delante de una enorme explanada cubierta de hierba, cambiamos el sentido de la marcha, buscando de nuevo el río, que bajaba a toda pastilla de La Malena, agua limpia que sortea cantos rodados y demasiada fusca que ha quedado atrapada en el cauce junto a troncos muertos. Nos sorprendieron a todos las marcas que dejó la crecida, impresionaba la altura que debió alcanzar el nivel del río.

El grupo decide por abrumadora mayoría comer a campo, a esas horas el sol ya tenía fuerza, solo era cuestión de encontrar una solana. Pronto nos topamos con ella a la orilla del río, con piedras que hicieron de banco, de mesa y hasta de cama. Un comedor con ventanas abiertas a los cuatro puntos cardinales, música cantarina,  algún que otro milano y más arriba los grandes pájaros metálicos que todos los días cruzan el cielo de estas tierras trazando paralelas blancas a la famosa “Raya”. Poco a poco, el grupo se dirige al camino para emprender la marcha, Robleda casi se siente. El Jálama nos acompaña por la izquierda, a la derecha, aparecen manchas importantes de pinos resineros, con las llagas sangrantes, cuya resina parece haberse congelado. Una materia prima  de la que se obtienen gran cantidad de productos, una buena lección impartida en el entorno. ¿Aprovecharán los maestros estos recursos? o ¿preferirán que sus alumnos hagan ejercicios y más ejercicios del libro? Lo  necesario que es un cambio de metodología en educación, más prioritario que cambiar leyes y leyes…

Nos colamos hacia el pueblo atajando por la “fuenti Virtuis”, dejando atrás el regalo que  la CHD le hizo por la presa de Irueña. Atrás quedaban 20 km de caminata, disfrutando del paisaje, del aire limpio, del frío agradable en la cara, de la charla, de los bocatas, de los nombres de los lugares, del calor humano de un grupo con el que desde el primer momento no te sientes extraño. Gracias de nuevo por permitirme compartir con vosotros la ruta.