DE LAS COCHERAS A LAS ESTACIONES DE AUTOBUSES

 

Siempre he mantenido que la velocidad de movimiento de las gentes que pasan por una estación de autobuses, es directamente proporcional al número de habitantes que la ciudad tiene. Y añadiría más, la iluminación, los servicios, las prestaciones, van decayendo a medida que la localidad pierde vecinos. Teoría que pude comprobar una mañana en la estación de Salamanca. También en Ciudad Rodrigo, ciudad tranquila, donde con el paso del tiempo dicha tranquilidad se está convirtiendo quizás en una carga.

Nada que ver con Madrid Sur, donde las luces de letreros, escaleras, andenes, restaurantes, cafeterías, altavoces, buscar la escalera del metro..te ponen enseguida a velocidades de vértigo, nada más bajarte del autobús. Pero por supuesto nada que ver con la estación de Ciudad Rodrigo, desangelada hasta en el verano, transmitiendo una sensación de soledad y abandono. Después de todo, afortunados los pueblos que aún tienen estaciones, no como otros que sus vecinos han de esperar en la orilla de la cuneta. Por último, quedan aquellos  por los que los autobuses pasan de largo.

Me había acercado a la estación a esperar el autobús que  llegaba de Ciudad Rodrigo, siempre es emocionante recibir a personas queridas. Llegó con bastante puntualidad, otra cosa fue su desalojo. Traía el conductor una importante suma de años, que a la hora de salir de habitáculos no muy aptos para personas mayores, es muy complejo. Primero ponerse de pie y estirarse después de hora y pico empaquetados en su asiento, coger sus bolsas, bastones, paraguas, acceder al pasillo, dirigirse hasta la salida, para más INRI con escaleras repentinas. En este tiempo, ponerse el abrigo, el gorro, los guantes, la bufanda muchos deberes para gente mayor, además con prisas.

Lentamente, empezaron a salir viajeros, todos mayores, excepto un joven que respiró hondo al conseguir pisar el andén y emprender su carrera. El conductor, quizás porque tuviese que regresar de nuevo, se le veía cada vez más nervioso. El patriarca del viaje, que le había costado un triunfo bajar la escalerilla, se lanzó lo más rápido que pudo hacia la salida, olvidando su bolsa depositada en el maletero. El conductor se subía por las paredes.

Por lo que pude escuchar, la mayoría de los viajeros estaban citados para consultas médicas, estaba claro que era un viaje asistencial, como para que haya velocidad en la estación a esa hora. Llegaban ligeros de equipaje, como mucho una bolsa o carpeta donde traían su historial clínico. ¡Qué lástima que no se desplacen también a Salamanca para pasear y disfrutar la ciudad! Seguro que más de una pastilla eliminarían ese día.

Me imagino que los jóvenes que utilizan el autobús para desplazarse desde los pueblos, se pondrán de acuerdo, llegarán juntos a las mismas horas para poder moverse con soltura, aunque siempre se encontrarán a jubilados que utilizan la estación para pasear.

Es curioso ver cómo hay un público muy característico que utiliza estos espacios para quemar su tiempo, la mayoría están cortados por el mismo patrón, sea la estación que sea.

Quizás sea gente aficionada a viajar, siendo una forma de matar el mono, o que no les guste, haciendo como que viajan. Lo que sí son curiosos que se entretienen viendo llegar y salir viajeros con sus equipajes. Nunca faltan los mayores, sobre todo en invierno, buscando el calor y los servicios, ese espacio que a medida que envejeces te va atrapando cada vez más.

Son los servicios de las estaciones, espacios por sí solos para llenar las líneas de un relato. A pesar de los esfuerzos de los administradores, colocando candados en los soportes de papel higiénico, aumentar el servicio de limpieza, la higiene siempre escasea, especialmente por el mal uso que se hace de ellos. (Hoy leo una iniciativa de China, como no podía ser de otra forma, gigantesca, para mejorar los servicios públicos).

Son las estaciones de autobuses, una de las puertas de entrada a la ciudad. Cuenta bastante en el viajero que llega la primera impresión que percibe al poner pie en la ciudad. En ese sentido,  las estaciones de Salamanca y Ciudad Rodrigo no están en consonancia con la belleza que encierran las dos, a ver si pronto se inician las obras de remodelación anunciadas. El abandono y desidia en la mirobrigense es grande, pocos viajeros entran a ella, usan tan solo los andenes.

Me imagino que los técnicos que hayan diseñado las reformas, habrán tenido en cuenta la media de edad de los posibles usuarios, que salvo milagros imposibles, seguirá aumentando, con el fin de conseguir que las estaciones sean espacios más humanos, más accesibles, más cálidos.

A pesar de todo, mucho hemos avanzado en el tema del transporte, nada que ver  los autobuses de ahora con la nostálgica serrana que comunicaba la Sierra de Gata con Ciudad Rodrigo. Por cierto, entonces había muchas estaciones, cada empresa tenía la suya, eran las cocheras.

 

 

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DE MONSAGRO A LA HASTIALA, DONDE EL TERRENO NO ES PARA CRISTIANOS

Que el cambio climático ya está aquí, a pesar de las ocurrencias de Trump, es algo bastante palpable o sino que baje Dios y lo vea.  Nosotros lo comprobamos subiendo desde Monsagro al Copero. Una temperatura primaveral, nada que ver con la que le correspondería por el calendario, un  30 de diciembre lo normal es que haya nieve en las cumbres. Cuánta razón tiene el papa Francisco cuando afirma: “muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico y político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas del cambio climático”

Decidieron Alicia y Olga aparcar la teoría un tiempo para acompañarme, les propuse hacer una ruta con mucho contenido práctico. Llegamos al pueblo, nada más aparcar encontramos al vecino que siempre se necesita al llegar para iniciar la  ruta. Tuvimos suerte, era bastante parlanchín, además había trabajado en la construcción del camino que íbamos a coger. “Vais a unos terrenos que no son para cristianos, por su especial dureza y dificultad”, nos dijo nuestro improvisado guía, que nos hizo un resumen.

Tiene su encanto iniciar un camino dejando atrás poco a poco el pueblo entre huertos cultivados. En pocos pueblos se tiene la oportunidad de contemplar esta escena. Nada más dejar la calle, el horizonte inmenso te abraza, acompañándote durante toda la ascensión. Las nubes perezosas, no consiguen levantarse de las cumbres más altas, por lo que la meta a la que debemos llegar, no es visible, tan solo la intuimos.

Son duras las primeras rampas hasta llegar al depósito de agua que abastece al pueblo. Buen agua disfrutan los monsagreños, a juzgar por la  de sus fuentes, delicia fresca en el verano, agua filtrada de neveros anclados en pedregales por donde se  va colando hasta formar pequeños riachuelos subterráneos.

Los brezos, cantuesos, carquesas, lentiscos, jaras, escobas,..matorrales propios de la montaña, están a punto de zamparse el camino. Está claro que caminantes hay pocos por estas latitudes, una pena que no se disfrute más esta ascensión, mucho más espectacular que la que se realiza desde el Pinarejo por pistas con menos atractivo, aunque sean bastante más cómodas.

Un cementerio de castaños  testigos de  un incendio, me lleva a reflexionar una vez más acerca de la sinrazón de los que prenden fuego al monte, llevándose por delante tanta riqueza paisajística, tanta belleza, tantos años de trabajo. Dos enormes castaños centenarios cruzados en el camino, delimitan el territorio hasta donde hay presencia humana, a partir de ahí la inmensidad de la ladera por la que el camino va ascendiendo lentamente, pertenece a jabalíes, cabras, buitres, cuervos y otras alimañas. Es una delicia observar cómo planean los buitres muy cerca de nosotros,  auténticos  drones naturales, que  nos acompañan durante bastante tiempo.

Monsagro a nuestras espaldas es el mejor programa para medir la distancia recorrida, de vez en cuando, echar la vista atrás y ver el pueblo en la lejanía, iluminado por un sol de invierno con guiños constantes, con toda la sierra de Gata por telón de fondo, es una imagen digna de postal.

A media ladera, los canchales van adquiriendo protagonismo. Buena labor realizada en su momento para ordenar y retirar piedras para que el camino siga su curso. Colonizadas las cuarcitas por ejércitos de líquenes, han conseguido pintarlas de un verde claro que contrasta con la vegetación. Poco a poco, vamos perdiendo por el camino encinas, carrascas, escobas, pero ganamos en amplitud de miras. Impresiona al girar 180º la cadena de sierras y picos que se encadenan unas con otras hasta las Torres de Hernán Centeno en Eljas.

La torre de vigilancia, nos anuncia que estamos en el Copero, puerta de entrada al territorio de la Hastiala, desde allí mirando el valle del Agadón, con Monsagro al fondo, se confirma el excepcional enclave natural del pueblo.

Al sol le cuesta dejar las cumbres al descubierto, parece que ese día las nubes tenían una especie de pegamento o quizás las sierras quisieran exprimirlas para provocar las deseadas lluvias. Impresiona estar delante del gran circo glaciar mirando hacia la Hastiala, máxima elevación de la Sierra de Francia, tiene un porte de montaña de más altitud. Gran comedor para saborear unos bocatas, reflexionando acerca del gran trabajo erosivo al que han sido sometidas las rocas, alguna ayuda recibirá de los rayos para romper rocas, como nos dijo el vecino.

Entre bocado y bocado, avistamos un pequeño rebaño de cabras, siempre es muy es agradable ver estos animales en libertad, haciendo piruetas como que no quiere la cosa. El reloj que no llevaba, me anunció que alcanzar la cima de la montaña llevaba un tiempo que no disponía, por lo que cogimos las mochilas, deshaciendo el camino andado, cambiando de visión panorámica. El cielo azul, al fin, nos inundó de luz la bajada. Tan sólo paramos a colocar y reconstruir algún que otro hito, por lo que, sin darnos cuenta estábamos en la iglesia.

Recorrimos la ruta urbana de las cruzianas, arte natural a base de las huellas de reptación de los trilobites marinos hace más 500 millones años. Está claro que la belleza natural, lleva su tiempo conseguirla. Paseando por la calles del pueblo, se percibe que el tiempo se ha quedado aquí anclado, las prisas y agobios no pegan por estos lares. La pena es que la realidad del día a día es muy distinta. No es lo mismo ir de visita, que vivir de continuo, para ello hay que ser de otra pasta, como lo son el maravilloso paisaje que atesoran.

Bonita clase en contacto con la naturaleza.

 

CAMINOS

Cuántos caminos debe recorrer un hombre, antes de que le llames “hombre” Bob Dylan

Con estas palabras comienza una de las canciones más conocidas del premio Nobel de Literatura. Tiene bastante razón, después de llevar décadas recorriendo caminos, especialmente los últimos años, no dejan de sorprenderme, siendo espacios extraordinarios para el aprendizaje.

Son los caminos espacios reales o virtuales, que nos permiten movernos de un lado a otro. Asociados directamente con la mochila, a través de ellos vamos llenando poco a poco nuestra experiencia vital a la que tantas veces hemos de recurrir para poder seguir avanzando por el camino de la vida, el más importante de todos.

De los sencillos caminos, trazados por personas, animales en su caminar de un pueblo a otro, hemos pasado a caminos mucho más organizados, indicados,  dirigidos, que buscan llegar a la meta con unos intereses muy bien definidos.

Caminos de ida y vuelta, de tierra, de agua, de luz, por el aire, de fuego, penosos, de polvo, de barro, del pasado, hacia el futuro, espaciales, especiales, de amistad, virtuales, de escritura, infinitos caminos que se entrelazan como telas de araña, por donde caminamos y regresamos, hasta que una vez ya no tiene vuelta. Y a pesar de tantos caminos, como dijo el poeta el camino que se hace al andar es la huella personal más importante que dejaremos.

Guarda mucha relación el camino con el arte de la pedagogía. Lleva un tiempo y un aprendizaje previo, su preparación. A pesar de la posibilidad de recrearlos virtualmente antes de recorrerlos, prefiero desarrollar la imaginación. El momento de recrearlo antes, es propiedad de cada caminante. Después sobre el terreno, la realidad podrá mejorar o empeorar, pero ya nadie te quitará de tu archivo las imágenes creadas por ti.

La mochila y unos sentidos abiertos de par en par, es el mejor equipaje para recorrerlos. Todos pueden ser apasionantes, pero quizás los más duros, los que ofrecen mayores dificultades, son los que al final resultan más gratificantes. Lo mismo me pasaba con los cursos, los más complicados, llenos de actividad eran los que mejor  sabor de boca te dejaban. Al contrario, los planos, donde apenas había actividad, te dejaban ni fu ni fa.

Pero si tengo que quedarme con mis caminos favoritos, tengo claro que son los que pican hacia arriba, me sube la adrenalina ver una montaña y alcanzar su cumbre, imaginar el horizonte a divisar, es el mejor combustible que  dulcifica  el esfuerzo. Un esfuerzo, que como siempre dice Martínez de Pisón te compensa con creces la montaña, cuando junto a tu  soledad, la contemplas.

Muchos caminos he recorrido este último tiempo, solo o en compañía, caminos abandonados, caminos colonizados por vegetación invasiva, caminos asaltados por la codicia humana, caminos vallados, caminos con puertas, quizás lo más duro que le pueda pasar a un camino. Todos ellos me han llevado a explorar nuevos espacios, a comprobar la diversidad humana y paisajística tan enriquecedora que nos rodea.

Nacieron los caminos para unir, comunicar, ideando siempre la forma de sortear las barreras naturales. Ahora hay demasiados puentes abandonados, bajo las aguas de los embalses o cayéndose lentamente, como las pocas casillas de los camineros que aún quedan en pie. Bonita profesión, arreglar los caminos.

Estos caminos reales, abandonados de la mano de Dios, han dado paso a carreteras, autopistas, caminos espaciales, caminos virtuales. Por las redes se mueve tanta información, tantos intereses, que constantemente hay cruces de caminos, rompiéndose los puentes, vitales para lograr la comunicación. Algo parecido ha ocurrido en el problema catalán, los dos caminos cada vez se han hecho más divergentes, los puente tendidos han sido dinamitados. Nunca Madrid y Barcelona han estado tan lejos.

Por último, está el camino de la escritura, en el que estoy dando mis primeros pasos, intentando poco a poco avanzar. Afortunadamente, ya hay caminantes que utilizan de vez en cuando este camino, con ellos comparto inquietudes, sentimientos, uno de los principales objetivos de  escribir. Seguiré caminando con la esperanza de que  al final del camino, alguien me llame hombre.

POR ZAMARRA DE COMPRAS

El otoño está tocando su fin, me di cuenta al contemplar desde la ventana todos los árboles sin hojas, el frío invierno está a la vuelta de la esquina. Las cumbres de las montañas ahora parecen más próximas, como que se quisieran colar en el salón, quizás para recordarme que había prometido acercarme a ellas también en otoño y aún no lo había hecho.

Aprovechando que era el último domingo de la estación y también el domingo más comercial del año, cogí la bici, enfilé la carretera en dirección a Zamarra. Día extraño climatológicamente hablando con el que me tuve que batir los pedales: un cielo de azul infinito, un sol radiante tumbado en la carretera, un cierzo, cargado de frío nival de la Peña, azuzando de costado, hielo y carámbano en los pequeños charcos de la orilla sombría del  camino.

A pesar de ello, un placer pedalear, ganando poco a poco kilómetros a la carretera para alcanzar tu destino. Ha bastado  una semana, apara llevarse por delante el paisaje otoñal de la ribera del río que va bordeando la carretera a la derecha. Las laderas de pizarra, en otro tiempo tapizadas de flores de jaras, rezumando sensaciones olorosas, se muestran  hoy más desiertas que nunca, un paisaje inhóspito. El regato del Manco, baja agua limpia, una gran alegría ver correr el agua por un cauce demasiado tiempo seco, hay indicios para la esperanza.

La buena noticia me recarga las endorfinas, afrontando la subida del puerto en buenas condiciones, a ello también contribuyó todo hay que decirlo, el viento que por una vez me soplaba de espalda. El embalse del viejo pantano sigue bajando su nivel, un vertedero incontrolado en una curva interminable; los pastizales secos, muestran  la peor cara del camino.

Los primeros sembrados recién nacidos, anuncian la presencia humana. Un domingo para hacer compras, en media España los comercios están abiertos, especialmente las grandes superficies, en Zamarra, ya hace tiempo que bajaron el cierre. Esta vez, las calles parecían estar cerradas. El cierzo las había dejado desiertas. Recorrí calles sin gente, tan solo el humo de las chimeneas atestiguaba la presencia humana en el pueblo.

Y pensar cómo estarían a esa hora del mediodía los centros de las ciudades, atestadas de riadas humanas, movidas a golpe de empujones o algún que otro bolsazo, y aquí todas la calles para mí. Ello, me llevó a iniciar cómo siempre que aterrizo por allí a reflexionar un poco sobre la vida. El consumo, se convierte en estas fechas en la mejor anestesia de una sociedad ya de por sí anestesiada como muy bien relató Luis García Montero en su artículo “Un país que ronca”.

Antes era difícil no ser presa de las garras consumistas en las grandes ciudades, hoy Internet ha extendido sus redes hasta todos los rincones. Pienso que los pocos habitantes del pueblo, aquí  están más protegidos, aunque solo sea por cómo les llega la señal.

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SOLIDARIDAD CON MAYÚSCULAS

Iba camino del supermercado que me habían adjudicado, caminaba bajo un aguanieve que de golpe y porrazo se presentó sin avisar. El frío húmedo se colaba por todo el cuerpo, a pesar de ello, mis pensamientos, seguían centrados en la misión a la que me iba a enfrentar.

Por primera vez, iba a colaborar como voluntario en la gran recogida de alimentos. Mis recuerdos me llevan hasta la mili, donde siempre estaban pidiendo voluntarios que no salían y terminábamos saliendo siempre forzosos. Quizás, sea por ello, por lo que el voluntariado aún tenga ciertas connotaciones cuartelarias, es más,  muy pocos hacían la mili voluntarios, la mayoría forzosos.

Mis pensamientos se centraban en cómo iba a ser capaz de responder ante una tarea a la que me había ofrecido como voluntario, y tan sólo sabía dónde presentarme y no habría nadie para explicarme mi cometido.

Como suele ocurrir, la realidad siempre es mejor que la ficción. Nada más llegar, pude comprobar la buena organización de la actividad, de forma sencilla, en un folio estaban recogidas las instrucciones a tener en cuenta por los voluntarios.

Con el chaleco identificativo puesto, empiezo mi tarea. La tarde fría, la hora de la siesta, un supermercado con mayoría de clientes ya mayores, me permiten realizar mi trabajo de recogida de forma tranquila, sin agobios, pudiendo conversar con muchos de los que generosamente entregaban sus productos.

En un mundo donde las noticias negativas forman un enjambre siempre a nuestro alrededor, que difícilmente nos lo quitamos de encima, poder comprobar cómo esa tarde constantemente delante de mis ojos iban pasando escenas encantadoras, positivas, todas ellas bajo el sello de la SOLIDARIDAD, es algo muy especial.

Ordenando en las cajas correspondientes los alimentos, no podía menos de pensar en los posibles destinatarios de esta campaña. Cuesta entender, cómo siendo España uno de los países ricos –al menos de eso presumen nuestros dirigentes- que pueda haber una bolsa de pobreza tan grande, que no para de crecer, con muchas personas, sobre todo niños, que no tienen nada para comer. Qué labor tan impresionante hace el Banco de Alimentos junto con otras ONGs para que puedan tener lo mínimo: el alimento.

¿Dónde está el Estado que no aplica los artículos 35 y 39 de la constitución? Difícil de entender, después de comprobar la rapidez y energía que utilizó para aplicar el 155.

Qué dureza pasar hambre, en estos tiempos donde tenemos para tantas cosas superfluas, que nos sobra tanto, que desperdiciamos tanto, que tiramos tanto, que mostramos tanto, que incitamos tanto al consumo, …y convivan con nosotros personas que les falta lo mínimo para seguir malviviendo.

El frío de la tarde se colaba con frecuencia al abrirse las puertas correderas, ello me alegraba, pues significaba que llegaban clientes y con ellos la posibilidad de aumentar la recogida. Muchas historias tuvieron lugar aquella tarde fría en un escenario un tanto desangelado, pero que de vez en cuando se calentaba con el altruismo de la gente. Especialmente de las mujeres, más sensibles, emocionalmente más dispuestas a colaborar que los hombres. Quizás porque también entraron más, se hicieron más visibles. La gente mayor, los que aparentemente tenían menos recursos eran los que más disfrutaban de su generosidad.

Una señora, fue tres veces,  expresamente a donar productos. Se le olvidó cola cao para los niños, ¡qué memoria! Y pensar que va a ser Navidad, y no tengan un dulce navideño que llevarse a la boca, no me lo puedo perdonar, me dijo la señora. Impresionante.

Muy gratificante también, ver las caras de los niños, cómo separaban los alimentos al pasar por la caja y me los entregaban, algunos los habían comprado con sus ahorros. También a mí, se me ensanchaban mis pulmones solidarios cada vez que legumbres, aceite, leche, cambiaban la dirección después de pasar por el lector. Igual que cuando conseguía cerrar con el precinto una nueva caja.

Una pequeña gota de agua en ese mar inmenso del voluntariado. Mucho le queda por hacer en el almacén, hasta que los alimentos lleguen a su destino. El reparto es más complicado que la recogida. Ojalá que consigan atender a todas las familias necesitadas, sean de aquí o de allá, del norte o del sur, el hambre no pide carnet ni pasaporte para meterse en el estómago. Desgraciadamente, hay donantes y otros que se resisten a serlo, que piensan que los de aquí deben estar los primeros en el reparto.

Banco de Alimentos
Gran respuesta.Almacén del Banco de Alimentos (Foto de su página web)