EL CAMPO DE AGADONES VERDE Y FLORIDO

Escribir y publicar en papel tiene sus ventajas. Si de por sí, al escribir un texto, te sobrevuelan numerosas dudas acerca de su oportunidad, si el texto se publica en papel, hay cierto margen para rectificar. Eso no ocurre si se publica en la nube digital, al darle al último intro, el texto recorre el mundo mundial. A los pocos días de terminar mi primer gran viaje por estas tierras, tuve esa sensación, pues comenzó a llover, cambiando radicalmente el paisaje desolador que me encontré.

Por tanto, me propuse lo antes posible volver para ir poco a poco empapándome del paisaje de esta comarca, en circunstancias más favorables, a ello se sumaron otras circunstancias que fueron aumentando poco a poco mis ansias de volver a pedalear por esta penillanura llena de un atractivo especial.

Llevo un tiempo con los sentidos abiertos de par en par por culpa de Muñoz Molina, que en su último libro, te somete a una auténtica presión para lanzarte a la escritura, él auténtico maestro, se motiva con tan solo andar solitario entre la gente me motiva ese andar solitario por el campo, para poder captar tantas instantáneas preciosas.

Hace unas semanas, aprovechando un día primaveral, llegué al Campo de Agadones utilizando el corredor del pantano hacia Pastores. Duras rampas por un camino labrado sobre pizarras cubiertas de jaras que olían de lo lindo. Por los valles cubiertos de encinas las vacas pastaban hierba fresca con el agua clara entre las pezuñas. Cuando el camino se hace más llevadero, se hace menos interesante, la vegetación escasea, pero la hierba por unos días tapiza la penillanura.

Al girar una curva me topo con una imagen desoladora, toneladas de plásticos almacenadas en medio de las encinas. Ni en medio de la soledad más apartada eres capaz de desprenderte de semejante calaña, a la que Muñoz Molina demoniza constantemente. Menos mal, que con dos pedaladas, alcanzo a divisar la sierra al sur y una preciosa vista de Ciudad Rodrigo al norte.

He llegado al campo base que utilizamos para atacar las cumbres de Gata, quizás pequeñas, pero para mí son mi particular Himalaya. Aquí se siente el cielo más cerca, un cielo que ese día jugaba a formar tormentas, bastantes en esta primavera tardía y lluviosa.

Bonito nombre tiene Pastores, tal vez fuese un homenaje a todos aquellos que se pasaron horas y horas con sus rebaños por estas tierras. Personas con una filosofía de la vida muy particular. Pensaba en ello, cuando interrogué a un vecino. No hubo suerte, ni pizca de filosofía tenía el señor.

Precioso paisaje que se contempla desde la carretera que te lleva hacia La Encina, es un placer divisar toda la sierra en su extensión con su  mantel verde y florido delante. Pueblo que lleva el nombre de un árbol hermoso, sin el que estas tierras no serían lo que son. Asustan las noticias de encinares que se llevan por delante la fitóftora en pocos días, el cambio climático enseña los dientes cada vez más a menudo.

Lo cruzo camino de La Herguijuela, tiene vida en sus calles, incluso están arreglando sus aceras. A los obreros le ha tocado la lotería en forma de trabajo, pues por estos pueblos mucho escasea.

Impresiona la cicatriz que ha excavado el Águeda. Alcanzo, no con poco esfuerzo, el otro lado del risco, lo que me produce una enorme satisfacción, sólo explicable si haces el recorrido encima de una bicicleta. Cambia completamente el paisaje, el río encajonado, lleva un buen caudal que baja velozmente acompañado de enorme ruido. Parece como si las aguas soltadas de la presa de Irueña bajasen con gran alegría al conseguir la libertad, no saben que al coger la curva del fondo, cuando recibe al Agadones, serán de nuevo encarceladas.

Tienen estos pueblos unos entornos espectaculares esta primavera lluviosa, nada que envidiar al norte de España. Me lo confirma una vecina de Herguijuela, que vive en Navarra. Amor a la tierra de la que marchó cuando tenía 13 años.

De regreso, al llegar de nuevo a La Encina, entro también en un terreno de recuerdos y emociones personales. Aquí venía mi madre a escuela desde Robliza, por caminos perdidos, mangada arriba para aprender. Qué bonita lección daban aquellos niños y niñas de las fincas que lloviese o hiciese calor cogían la burra, la fiambrera, la pizarra y el pizarrín, para ir a clase. Bonita lección de los maestros y maestras, que atendían clases abarrotadas, sin medios, mal pagados. Siempre oí hablar a mi madre y mis tías de ellos con gran cariño. ¡Cuánto hemos cambiado! Hoy las escuelas se quedan vacías, a pesar que el próximo curso seguirán abiertas con tan solo 3 niños, una medida que tiene más  de política que de pedagógica, todo sea por salvar los pueblos.

Bajando entre encinas me cuelo en el valle abierto de Valdespino, donde pastan las vacas los pastos más altos, antes de que se sequen. ¡Cuántos recuerdos en estas tierras! En estas casas, muy bien conservadas, vivían mis tíos y alguna vez nos tocaba la lotería, haciendo una excursión a verlos. Subíamos a tierras de secano.

Hoy Valdespino dividida en varios cuartos, es un ejemplo de explotación ganadera, un disfrute para la vista después de las lluvias, a medida que desciendes hacia Ciudad Rodrigo y contemplas la extensa “guadaña”, donde se oye un concierto de miles de grillos. Nada tiene que ver la carretera con aquella empedrada, nada que ver con el trajín que había entonces. Por ella salían gran cantidad de obreros para trabajar en el campo, andando, en caballerías, en bici, para buscar nuevos horizontes… También la utilizaban mi tío César y su enorme bondad. Siempre que iban a la ciudad nos visitaban, era una alegría. Si estábamos comiendo gazpacho, se sentaba como uno más, cogía su cuchara, sin molestar. ¡Qué tiempos sin tantos protocolos, ni cumplidos!

Después el coche, a muchos los llevaría más lejos, muchos no volvieron. Desde entonces los pueblos de esta comarca no levantan cabeza. El paisaje es su gran tesoro.

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CAMINOS DIGITALES

Empecé un nuevo camino va para tres años. En él sigo ora caminando ora pedaleando, a veces acompañado, otras con mi soledad. Muchos caminos he recorrido de aquí y de allá, caminos viejos, caminos nuevos, caminos de quita y pon, caminos perdidos, caminos expropiados, pero la mayoría de ellos eran caminos sin caminantes.

¿Por dónde caminará la gente? No hace falta discurrir mucho para acertar la pregunta. Si desde que las carreteras empezaron a devorar muchos caminos, otros por la desidia, otros porque no comunicaban nada, desde que aparecieron en escena las tecnologías, los caminos virtuales barrieron los antiguos caminos.

Aquello que hace ya bastantes años parecía un mundo de ficción cuando intentaban explicarnos el significado y funcionamiento de las tres w, a mentes demasiado estructuradas y atadas a la realidad, con una velocidad vertiginosa se extendió como la pólvora por todo el planeta, inundando todo de caminos digitales por todos los mundos de dios.

Ahora bien, ¿qué circula por esos caminos? Son los caminos espacios que se recorren para alcanzar algún tipo de objetivo, la mayoría de las veces conllevan esfuerzo, pero también al terminar algún tipo de aprendizaje. ¿Cumplen estos requisitos estos nuevos caminos? Me temo que no. Principalmente porque recorrerlos es muy fácil, muy rápido, apenas sin esfuerzo y sobre todo sin utilizar normas claras.

Si para recorrer un camino, hay que prepararse previamente, hoy en día muchos de los navegantes, como se llaman a los nuevos caminantes, no tienen mucha idea de cómo se camina en la red y sobre todo no saben dónde quieren llegar, lo fundamental de un camino, perdiéndose en la maraña de caminos que se cruzan constantemente en las redes. Pero están aquellos preparados, que saben donde caminar, esos le sacan gran partido a estos caminos de aprendizaje. Para muchos sencillamente, su navegar consiste en lanzar a la nube digital basura, que muchos no son capaces de discernir, tragándosela literalmente con el consiguiente efecto negativo.

¿Cómo podrán convivir en la nube tantos contenidos tan dispares? Ahora que google nos ha echado sus garras, nos controla y sabe tanto de nosotros, que sabe la comida que cada uno necesita, urge ya un paraguas digital eficaz para la lluvia de este camino.

“La educación es un arma de construcción masiva” dice Marjane Satrapi, la utilización de las redes pueden ayudar a conseguir este bonito objetivo, pero también puede llevar al caminante virtual a despeñarse y alejarse de la realidad. Urge señalar bien estos caminos, marcar objetivos definidos informando claramente de su uso, poniendo bastantes señales de stop para marcar los tiempos. ¡Todos saldremos ganando!

CAMINANDO POR EL BOSQUE DE ROBLEDA

En una semana he estado dos veces por el Rebollar. La primera vez entré después de coronar el risco de La Herguijuela, un pequeño letrero lo anunciaba, al lado un viejo sofá destartalado acompañaba la escena, quizás alguien lo colocó para descansar después de la subida o para disfrutar de las vistas. Pedaleé con mi soledad y mi sombra. Esta semana llegué al Rebollar por Robleda, acompañado de Chema, el hijo de Isaac, que me llevó a conocer parte del término del pueblo, ejerciendo de obreros del senderismo por pistas y caminos entre robledales y pinares, ahora que estamos jubilados, coincidiendo con el día del trabajo.

Está claro que los pueblos hay que patearlos para hacerte una idea de cómo son, a pesar de haber entrado alguna vez, especialmente a la consulta de su curandera, no conocía este pueblo, que de entrada destaca por muchos motivos si se compara con la mayoría de los que últimamente estoy recorriendo. A pesar de haber pasado por la carretera muchas veces, no te haces idea de su extensión, de los barrios, del arroyo que los cruza, de los huertos, de su iglesia fortaleza en la colina más alta, la cantidad de casas nuevas, de su plaza mayor cercenada en los años del desarrollismo bestial.

Pero por encima de todo, me sorprendió la presencia humana en sus calles y caminos, algo inusual en la comarca.

Había amanecido en Ciudad Rodrigo un día frío y con niebla, a medida que íbamos subiendo las cuestas de Bodón, la niebla levantaba alas, dejándonos disfrutar de la belleza del campo verde y florido recubierto del rocío de la mañana. Buen día para nuestra profesión de caminantes, temperatura agradable, a veces picando a frío otras a calor, cielo azul con nubes algodonosas impresionantes, que a veces el aire frío rápidamente teñía de gris en la cercana sierra transformándolas en cúmulos tormentosos a los que debimos controlar.

Pretendíamos hacer una ruta circular para alcanzar el Pinar de Descargamaría. Con un guía de excepción, sin preocuparme de mapas y caminos, salimos del pueblo en dirección al molino Granadero. Es curioso caminar por territorios que físicamente no conoces, pero que has oído hablar de ellos, adquiriendo cierta familiaridad. Los excelentes carteles con que el ayuntamiento ha señalizado la ruta, nos recuerdan que estamos en el Rebollar, donde muchos de sus habitantes hablan el robleanu. Gran mérito tiene esta iniciativa para conservar un lenguaje que ha sido utilizado como vehículo de comunicación por muchas generaciones.

Los prados verdes atestiguan la presencia de una primavera especial, vacas y ovejas no dan abasto ante tanto manjar exquisito. Se nota claramente sus efectos en los cuartos traseros. Hay actividad económica por estos caminos, por donde circulan ganaderos, madereros, resineros, desbrozadores,. mostrando la mayoría de las parcelas bien cuidadas, donde destacan las angarillas de madera muy bien hechas, nada de somieres.

Llegamos pronto al molino en el río Olleros. Al salir del bosque sorprende gratamente ver la amplitud del valle, con la sierra al fondo. Los alisos y fresnos con sus hojas relucientes despuntando, permiten ver el azul de un agua limpia y transparente. Los restos del viejo molino, el puente, la pequeña cascada de la presa junto con el verde intenso de la hierba de la pequeña vega, componen una imagen de postal. Tal vez le falten las lavanderas frotando la ropa en los lavaderos de madera o en lajas de pizarra, los niños cogiendo mariposas, los carros cargados de costales vadeando el río camino del molino para completar esta imagen.

Debió ser importante este molino en su tiempo, tener dos muelas lo atestigua.

Subimos por la ladera hasta alcanzar el camino que entre robles y pinos nos llevará de una pista a otra, auténticas autovías forestales por donde se mueven todo tipo de vehículos.

Que vamos al Pinar de Descargamaría está claro, hay carteles por todos los cruces e intersecciones. Dejamos la fuente Colodrero antes de llegar al Chapatal inmenso robledal con un suelo tapizado de hierba abundante donde es fácil ver preciosas violetas, la ausencia de hojas de los árboles permite el juego de luces y sombras.

Alcanzamos el tan anunciado pinar, propiedad de un pueblo extremeño en territorio de Robleda, una especie de Condado de Treviño. Sea como sea el embolado territorial y administrativo, el pinar es impresionante, un placer ver tanto árbol bajo un cielo espectacular. Caminábamos hacia nuestro objetivo final, antes de girar al sur, cuando la tormenta que el viento había cocinado con las nubes estaba lista para servir, decidimos cambiar de dirección, cogiendo otra de las muchas pistas para dirigirnos de nuevo al río. Inmensos pinares, adornados con brezos florecidos y gamones a punto de estallar. ¡Cuántos cabrios, traviesas´, carbón  saldrían de estas tierras! De ello daban fe los carruchinos que se hacían notar cuando pasaban por la carretera.

Estamos en otra zona del río, sigue siendo un maravilloso espectáculo, no me extraña que tenga hasta tres nombres. El agua cantarina parece jugar a esconderse al pasar por un puente de tubos por el que las ovejas corretean alegres, antes de quedar atrapada entre dos filas de alisos. Sigue el paso de gente del pueblo, obreros del campo, que trabajan también el día de su fiesta, para ellos, los días rojos del calendario no existen.

Subimos por la cuesta hacia El Batán, donde hay heridas de la peor de las historias recientes de este país. Mezcla de vegetación mediterránea y atlántica, para alcanzar Los Canalis y el valle de Cantarranas, coqueto arroyo con su ecosistema en su máximo esplendor. Al terminar la pequeña cuesta, nos recibe el Lombo, donde el camino planea, indicando el desvío a los Molinos y cómo no al Pinar de Descargamaría, señal que no falta en todos los puntos del recorrido. (Se ve que han aplicado bien el refrán de que todos los caminos llevan a Roma).

Mucha madera, mucha resina rezuma de pinos resineros con sus heridas chorreando el pringue, vacas y ovejas pastando, huertos cultivados, bastante actividad económica para un pueblo con vida, con colegio, bares, tiendas, mercadillo, centro de salud, residencia … con una tasa de mayores de 65 de las más bajas de los pueblos de la comarca de Ciudad Rodrigo. Ello demuestra que hay cierta calidad de vida.

El camino nos puso delante una vista del pueblo de postal, antes de descender hasta Fuente Miñomingu.  Es la fuente mayor del pueblo al que abasteció durante mucho tiempo, al lado el abrevadero del ganado, hoy lleno de lodo y plantas acuáticas. El riachuelo que se forma a su salida está colmado de moruja, buena prueba de la pureza del agua.

Finaliza el camino entre enormes zarceras, muy apropiado para pasear en el otoño y aprovechar para recoger moras.

Pusimos punto final a la ruta desde el alto de San Juan, con la vista de todo el pueblo, con la sierra de Francia al fondo, ruta entre árboles por un entramado de caminos y pistas muy bien cuidados, poco transitados por personas ajenas a su actividad laboral, pues aparte de nosotros, sólo vimos un veloz zorro cruzarlo.

 

PRIMAVERA MACHADIANA EN LA SIERRA (Entre Madroñal y Cepeda: explosión de la primavera)

Tal vez esté siendo una de las primaveras más machadianas de los últimos años. Quién nos iba a decir hace tan solo dos meses con el panorama meteorológico que teníamos, que íbamos a estar ahora rodeados de paraísos vegetales allá por donde nos movamos.

Decía Machado que por tierras del Duero la primavera tarda y aquí este año ha tardado lo suyo, pues los fríos de un invierno estirado la han tenido a raya.

“…un día me sorprendió la fértil primavera, que en todo el ancho campo sonreía…”   Viajábamos en coche desde Salamanca a la sierra por la carretera que te lleva a Tamames, las borrascas que una tras otras han ido cruzando la provincia han transformado de la noche a la mañana dehesas completamente arrasadas por el estío y el ganado. Grata sorpresa al contemplar un paisaje transformado por la llegada de la fértil primavera que ha comenzado a inundar el campo de color y olor, como antes se han inundado arroyos y charcas que rebosan agua limpia. “ La vega ha verdecido al sol de abril, la vega tiene la verde llama…”

El campo sonreía gracias a “otro milagro de la primavera”. Los cielos encapotados, grises, ocultando el sol y la luz de la mañana. Los peores auspicios se cumplieron bajando las curvas del Zarzoso, desde donde arrancaba una alfombra verde que ascendía hasta el convento, comenzaba a llover, una incómoda compañía para caminantes. Empiezan dudas acerca de continuar o no el viaje. Tomar la decisión y apechugar con ella, es la mejor opción, al cruzar la carretera hacia La Alberca, hasta la lluvia nos resultaba ya buena compañera de viaje para ver los cerezos en flor.

Está Madroñal escondido tras la falda de la sierra de la Alberca, que la carretera va bordeando mediante curvas ajustadas como un corsé. “…brotaban verdes hojas” consiguiendo una mezcla de color al confluir en el trayecto muchas especies tan diversas. También brotaban cascadas, que lanzaban agua hacia la roca para transformarla en espuma blanca y así hacerse ver entre tanta belleza vegetal, tanta que la lluvia hizo un largo paréntesis, para poder disfrutarla.

Pasado el enorme balcón para admirar buena parte de los pueblos, valles y cimas, con la imponente sierra de Béjar envuelta de arriba abajo con la nieve, en una curva cerrada está el desvío hacia Madroñal. Hay que girar rápido, hay mucho que ver tras la arboleda.

“ La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido” Pronunciadas rampas y curvas te llevan lentamente a un paraíso primaveral, donde los cerezos reinan por lo menos igual que en el valle del Jerte. Pero hay diferencias, mientras en tierras extremeñas, caravanas de coches y autobuses, se agolpan para apropiarse temporalmente de miradores, aquí todo el valle entre Madroñal y Cepeda te pertenece: ¡una maravilla sensorial! “la primavera besaba suavemente la arboleda, y el verde nuevo brotaba como una verde humareda”

Está enclavado Madroñal en una ladera orientada al oriente, rodeado de cerezos, plantados en bancales perfectamente labrados, que las lluvias y el sol de la última semana han colmado de flores blancas, un entorno que rápidamente te incita a seguir como caminante los versos de Machado: “Pasead vuestra mutua primavera en los ojos los campos florecidos”

Y la verdad, que con todos los sentidos bien abiertos, recorrimos caminos entre cerezos florecidos en un valle lleno de un colorido y olor especial. A lo lejos, la ladera parecía cubierta de nieve, pequeños regatos de agua saltaban de bancal en bancal formando pequeñas cascadas , fresnos chopos, alisos, castaños, robles, mezclaban sus coloridas hojas y yemas primaverales para no desentonar en el paisaje, un concierto del canto de los pájaros ponía su música.

“A la desierta plaza conduce un laberinto de callejas…”  dijo el poeta en Soledades, así nos recibió Cepeda, a pesar de estar en fiestas, la fiesta estaba en el paisaje y en los bares donde escuchamos más de una conversación inspiradora de algún que otro relato. Cada vez que recorro esta sierra llena de encanto, pienso que sus habitantes deben haber impartido un máster de la vida en habilidades sociales para tratar bien a los visitantes, muchos detalles lo certifican.

Debajo de un cerezo cubierto de flores hasta las entrañas comimos unos bocatas, manjar de caminantes divisando la naturaleza en estado puro y  en esta primavera aún más. Al regresar al punto de partida, la lluvia volvía a hacer acto de presencia en forma de barro, era el cielo grisáceo que habíamos tenido, impidiéndonos ver el azul, todo no se puede tener.

De regreso, la radio pronto nos conectó a la realidad del día a día, que felizmente habíamos desconectado, demasiadas malas noticias para ser digeridas, intentaremos echar mano de los versos del poeta:“Mi corazón espera, también hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”  Faltan nos hacen milagros para atajar tantos frentes.

EXTREMADURA SORPRENDE

Recuerdo tantas veces que al girar hacia la derecha para coger el camino a casa, siempre abandonaba la dirección del indicador de hierro oxidado que te dirigía a Cáceres y al Puente de Guadangil. Quizás fuese ese detalle el que poco a poco me fue inoculando el deseo de viajar a tierras extremeñas. Efectivamente muchos han sido los viajes por Extremadura, territorio que debía cruzar para viajar a Sevilla y muchos otros para conocer una región llena de encantos que constantemente te sorprenden gratamente.

Lo primero que sorprende es el paisaje, bajando el Puerto de Perales, la impresionante helada que helados nos dejó al ver el campo completamente blanco, cual mes de enero, permitía la condensación del abundante vapor de agua, formando nubes blancas rastreando los valles. Poco queda de lo que fue este paisaje hace años, los pirómanos se han encargado de llevarse por delante años y años de crecimiento de pinares, el resto se lo han llevado los camiones hacia las papeleras. Aquí se han quedado horizontes despejados, aptos para extender la vista y repasar picos, pueblos, castillos, embalses,..

Sorprenden los pueblos, ¿cómo puede haber tanta diferencia en tan pocos kilómetros? Cruzar Villasrubias, último pueblo de Salamanca, es cruzar un tiempo anclado en el pasado, del que poco a poco se va desprendiendo la poca vida que le queda, cruzar Perales del Puerto, primer pueblo de Cáceres, es toparte con un pueblo que tiene vida, sus casas blancas, negocios a ambos lados de la carretera, campesinos empezando su jornada, naranjos y limoneros en las aceras, el azahar aún sin abrir…

Sorprende el adelanto de la primavera, el brezo florecido tiñe de color las laderas amortiguando las cicatrices visibles de los incendios, los jaramagos hacen lo mismo en las cunetas y campos abandonados de la mano de dios, que gracias a ellos disfrutan unos días de protagonismo. Las jaras, majuelos y escaramujos aún tendrán que esperar, aunque a medida que se baja hacia el sur, se van abriendo algunas flores.

Sorprenden sus carreteras y autovías, nada más cruzar la delimitación autonómica, el coche rápidamente lo nota, aún más el conductor. En Moraleja, cogimos la autovía autonómica para acercarnos a Monfragüe.

La reducción del tiempo empleado y las guías que a veces dicen cosas bastante alejadas de la realidad, nos llevaron a Malpartida de Plasencia. La iglesia de enormes proporciones  parecía que la habían colocado con calzador entre calles estrechas donde las guías hablaban de pintorescos rincones. ¿Habrían estado allí alguna vez semejantes viajeros? Cuando empiezas un viaje, la frescura te lleva a relativizar todo.

Pero a pesar de todo, también nos sorprendió el pueblo, donde encontramos pinceladas de una gracia que nos recordaba que íbamos hacia el sur. Un cartel anunciaba naranjas “Muy feas pero riquísimas”, en una churrería donde tomamos un café con porras bastante bueno, un cliente al enterarse que había venido su médico, pues tenía consulta con él, pidió un vaso de agua y se tomó las pastillas que sacó del bolsillo, para que no le echase la bronca, saliendo pitando hacia el consultorio.

Es Villarreal de San Carlos una buena entrada al Parque de Monfragüe, perfectamente rehabilitado, acondicionado, ambientado, invita desde el primer momento a disfrutar de una naturaleza en estado puro lanzándote a caminar lo antes posible a través de unos senderos perfectamente señalizados.

Difícil elegir entre todas las opciones. Al final subimos al Monte Gimio, siguiendo el camino por la ladera del valle del regato de Malvecino. Un recorrido lleno de sorpresas naturales perfectamente sincronizadas y encajadas: fresnos despuntando salpicando el bosque de robles desnudos, viejos alcornoques cubiertos por las greñas de líquenes gigantes, troncos de encinas y robles tapizados por un musgo de verde intenso, cascadas continuas de agua clara, puentes de madera cuando el camino se complica, flysch de rocas alineadas bajando desde las cumbres hasta los valles, buitres sobrevolando el cielo,…

Espinas dorsales entre los valles del Tajo y Tiétar, tapizadas por el bosque mediterráneo, con distintos tonos de verde, de una primavera que aún le falta el estallido final. Jaras, cornicabras, majuelos, escaramujos no pueden competir con el cantueso rey del color y del olor junto con la jara.

Pero si para viajar igual que para aprender, es necesario sorprender, la carretera que te lleva a Trujillo, es un cajón lleno de sorpresas, especialmente en primavera. Dejando atrás el salto del Gitano, puerta de salida del parque, poco a poco las crestas van desapareciendo, llenándose la vista de la espectacular dehesa extremeña, cercados con encinas y alcornoques centenarios, cubiertos con matorral mediterráneo y mucha hierba y mucha agua en las charcas y regatos, donde pastan vacas, ovejas, cerdos y cabras. Un paraíso natural.

Buen pueblo Trujillo para inspirar todo tipo de aventuras, especialmente allende los mares. Llegar hasta aquí siempre es una conquista, de un pueblo que ha sabido muy bien entender la filosofía del turismo, la gente que llena terrazas y tiendas lo atestigua. La feria del queso un descubrimiento exportable. Muy agradable es pasear por calles y plazas bien conservadas y mejor rehabilitadas.

La autovía, ese camino de nuestra época, rápido como él solo, pero falto de emoción y sorpresa, nos llevó hasta Mérida, donde hicimos parada y fonda. La Tierra de Barros, nos sorprendía con una gran actividad agrícola, inusual en nuestra provincia.

Es Mérida ciudad suma de tantas cosas que a pesar de ello sigue teniendo su encanto, muchos sumandos para hacer la media, romana, mora, cristiana, extremeña, andaluza, capitalina, pueblerina, agrícola, comercial,… y con todo sigue siendo la pequeña Roma, casi nada. Ver atardecer paseando por el puente romano, con un Guadiana de enorme caudal, a pesar de la plaga del camalote, es muy recomendable.

Aún queda bastante trayecto más al sur de la capital para abandonar estas tierras. La inmensidad de la tierra roja, con las vides brotando, abarca todo el horizonte a ambos lados de la cicatriz por donde viajamos. A la altura de Fuente de Cantos, la ausencia de árboles y vegetación sorprende por la brusquedad del corte. Las tierras de labor han dado paso a enormes pastizales para el ganado, que la primavera ha teñido de verde. Al dejar atrás Monesterio y la sierra de Tentudía, la carretera pica hacia abajo, se nota que la primavera lleva delantera. Andalucía nos recibe con los brazos abiertos y un impresionante olor a azahar, bajando parece una extensión de Extremadura. 300 km para cruzarla de norte a sur, dan para muchas sorpresas.

Así es esta tierra maravillosa, en su momento alejada del Duero, pero hoy tan cercana y siempre con encantos por descubrir. Por último, es difícil entender que sus parámetros económicos, educativos obtengan tan malas notas, hasta la venta de pisos que en todas comunidades aumenta, aquí bajan, pues se percibe que hay vida y calidad, quizás los exámenes que hacen no lo midan.

TELEBASURA

Subí en bici a Zamarra aprovechando que ya se habían ido los forasteros, especialmente los coches, que creo que han ganado a las personas, y así sentir si la primavera al fin estaba despertando.

Tarde ventosa, amenazando lluvia en forma de chubascos, algoritmo que desencadena un pedaleo a cámara lenta. Hay mucha humedad, pero no hay calor en el campo, y sin temperatura la explosión primaveral tardará en llegar. Es cierto que ya hay muchos árboles florecidos, pero por imposición del calendario, no porque hayan tenido el ambiente que necesitan para abrirse las yemas florales.

Ante tal circunstancia, teniendo en cuenta que sigue el camino desnudo ante la falta de hojas que poco van tapando vergüenzas, hice un importante esfuerzo por centrarme en la basura que iba viendo en las cunetas, a orilla de la carretera. El viento racheado no daba para muchas alegrías veloces , por lo que pude a lo largo del trayecto cabrearme hasta la saciedad de la enorme cantidad de basura almacenada a orillas de una carretera precisamente muy poco transitada.

Es difícil de entender cómo hoy día, que la mayoría de los coches tienen climatizador, viajando con las ventanas cerradas, se puedan abrir para lanzar al campo tanta inmundicia. ¡Y hay que ver lo tiran!

El colmo de los colmos me lo topé subiendo las rampas pasada la presa. En una curva con vistas interesantes al embalse rodeado de cerros, con muy mala visibilidad, alguien paró hace un tiempo su furgoneta para dejar allí muchos de sus despojos domésticos. Entre todos, sobresale el viejo televisor, quizás el más indicado y adaptado a la nueva situación, pues tal vez por su pantalla saliese mucha telebasura y muy pocos documentales de concienciación. Pensé que estaría en su salsa, rodeado de ventanas, tubos de estufa, la caja de la camilla, botes de pintura, por supuesto plásticos, sacos de yeso sobrantes,… todo un arsenal de basura totalmente desubicado en un espacio natural.

Recorrí andando el espacio entre curva y curva, menos de 50 metros.  Para mí sorpresa, me fui topando con cantidad de restos lanzados desde los coches al campo. Hay que tener los sentidos muy embotados para no ser conscientes de que ese tipo de objetos además de  desentonar enormemente donde caen, provocan daños irreparables al medio ambiente. Ganan por supuesto las latas y entre ellas la coca-cola, pocos lugares están vírgenes de ella, colillas, bote champú, envoltorios de chucherías, bandejas de empanadas, bidones vacíos de pintura, botellas  y platos de plástico, cajetillas de  tabaco, etc

Una larga lista de compra ya utilizada cuyos restos alegremente han sido lanzados al campo, después de comer en el coche. Con este pequeño ejercicio práctico, es muy fácil comprender la demoledora reflexión que hace Muñoz Molina acerca del futuro de la tierra puesto en peligro por la invasión de los plásticos, una amenaza complicada de frenar. Por los mares ya navegan millones de toneladas, ocupando enormes extensiones como auténticos iceberg.

En un cercado donde pastaban ovejas, sus alambres ya tenían más plásticos enganchados que lana, un ejemplo palpable que también en la costura el territorio lo marcan ellos.

Queda mucho por hacer, a pesar de lo mucho que se intenta desde los centros de enseñanza, ayuntamientos, instituciones, grupos altruistas. Nunca tuvieron que desaparecer de la escuela la educación en valores a través de temas transversales y la educación para la ciudadanía. Es más fácil que un niño sienta el amor a la patria al contemplar la belleza de la naturaleza en cualquiera de sus múltiples manifestaciones que viendo pasar la bandera en un desfile.

Estamos ante los sentimientos, que no se comportan matemáticamente, que necesitan constantemente de detalles, de ejemplos, y ahí sí que desde las pantallas de TV, pueden ejercer un efecto multiplicador, pero ese tipo de programas apenas suman en la absurda carrera de las audiencias.

Al regresar, la flor amarilla de la lechetrezna lucía hermosa entre el asfalto de la carretera, quizás harta de tanta basura en la cuneta decidió dar la vuelta a la tortilla, por algo se empieza.

DE PROCESIÓN POR GATA ENTRE CASCADA Y CASCADA

La puerta natural de entrada a la sierra  de Gata, el risco de Martiago, lleva un tiempo en standby por obras, por lo que hay que redirigir la ruta para acercarse a ese territorio maravilloso. Está claro que todos los caminos llegan a Roma, así que saliendo por la carretera de Bodón y girando en la presa de Irueña se llega a Martiago, quizás incluso antes que por el risco.

Ese enorme mar artificial creado hace unos años, embalsando las aguas copiosas que caen desde Navasfrías hasta el Rebollar, anulando las cascadas de los ríos, tiene las aguas tranquilas cuando cruzamos la presa en dirección a El Sahugo. Los robles totalmente desnudos, dejan a la vista del viajero todo su territorio, formado por prados cercados, donde la hierba recién nacida parece más el césped de un campo de golf, que el manjar exquisito que esperan las vacas que siguen comiendo pasto seco y pienso para disgusto de los ganaderos.

Llevan todos los regatos agua clara, las charcas rebosan por los laterales, donde seguro que la moruja se deja mecer por las aguas cristalinas. La aparición de la llamada ensalada de los pastores, anunciaba el cambio de una dieta invernal, donde aparte de las escarolas, la ensalada se reducía a lo mínimo de lo mínimo.

La carretera hasta Martiago, discurre paralela a la sierra, permitiendo una vista de toda ella, con los contornos delimitados por un sol espléndido, que ejerce como nadie de modulador de luces y sombras. Al cruzar la capital de la comarca de Agadones, giramos hacia al sur, buscando tierras extremeñas. Una carretera sin coches, es hoy día un camino extraño, muchos kilómetros sin cruzarte con nada, hasta alcanzar el puerto Viejo. Aquí, se comienza a bajar hacia Robledillo, las laderas se llenan de brezos ya florecidos y pequeños pinos a los que les cuesta la propia vida tirar para adelante, con lo poco que les costó a los pirómanos quitársela a sus antepasados centenarios.

En la Golosa, base la Bolla Grande, cogimos una pista, autovías forestales que recorren y cercenan estas cumbres y laderas, para acercarnos al camino que nos llevará a Ovejuela en las Hurdes. Caminos perfectamente trazados, aprovechando valles de ríos y regatos, zigzagueando para romper el ritmo de subidas y bajadas, cuando el resuello ya está pidiendo tiempo muerto, caminos que te llevan a un mundo demasiado cercano pero totalmente escondido. Caminos por los que subían y bajaban tantas penurias, por los que hacían tantas estaciones de penitencia, cogiendo castañas, haciendo carbón de brezo, vendiendo aceite, y así conseguir lo mínimo para seguir a duras penas viviendo.

Castaños, pinos y encinas, conviven en esta bajada, que muestra una imagen totalmente distinta del verano. Los helechos secos, los castaños la mayoría abandonados de la mano de dios, parecen esqueletos verticales, cruces de pasión, auténtico calvario sobre el Gólgota, a la espera de  que vuelva a darse otro milagro de la primavera. Más de uno lo tendrá difícil en esta primavera aletargada.

Los brezos ponen la nota de color en el camino, más florecidos en las laderas orientadas al sur. El sonido es de los pájaros y del agua. Cuando el camino pierde altitud, nos reciben las coquetas cascadas del arroyo de la Fuenfría con su musical sonsonete, agua limpia, transparente que golpea sobre pizarras que caprichosamente entorpecen su recorrido.

Nos recuerdan que nos dirigimos a la gran cascada del Chorritero. Se juntan los dos ríos cuando el camino se abre hacia espacios abiertos, bajo un cielo azul. Las dos corrientes vienen alegres, especialmente la que baja desde la Bolla, encajándose cual embarcadero en un canal de pizarras erosionadas por aguas ya pasadas, para lanzarse al vacío, pues no hay posibilidad de marcha atrás.

Caída espectacular, un gran salto de agua, que en esta primavera lluviosa, está dejando imágenes maravillosas. El agua limpia, se transforma en espuma blanca pulverizada, deslizándose por el tobogán de pizarra, cruzándose  caprichosamente para formar  lazos que asemejan perfectamente al número ocho.

Golpea en su caída en el pozo piscina, provocando un sonido melódico cual tambor de procesión, que se rompe al salir disparada el agua cauce abajo entre piedras esculpidas anárquicamente por la fuerza de la corriente. Llegan caminantes por el nuevo camino cual penitentes hasta el monumento, ha perdido el encanto de llegar hasta aquí sorteando la corriente, saltando de orilla a orilla haciendo equilibrios y malabares. A cambio, afortunadamente mucha más gente podrá disfrutar de esta maravilla de la naturaleza.

Nos hacemos la foto del grupo para el recuerdo, antes de iniciar el agradable paseo por el camino paralelo al río. Hasta Ovejuela es una cascada continua, a veces aumentada al saltar las  pesqueras para sacar agua para el riego de bancales plantados de olivos o castaños. Meandros profundos cambian el curso del agua, llevan a confundir el sentido de las corrientes, disfrutando de ellas desde los puentes de madera. Descansa el agua en la piscina natural a la entrada de Ovejuela, donde otra cascada se forma al saltar el agua que rebosa en su salida, día lleno de cascadas, de estaciones de disfrute del mismo agua a lo largo del camino.

Estamos en las Hurdes, los bancales en terraza con sus olivos, las viejas casas de pizarra que aún se mantienen de pie a duras penas nos lo recuerdan. Afortunadamente una mayoría de ellas son nuevas, respetando las calles estrechas y retorcidas, en el campo abierto sobresale una casa señorial, demasiado grande para pueblos tan pequeños, sobre gustos no hay nada escrito. Una señora mayor, en la solana deshojando una berza amarillenta, nos señala la campana camuflada que se nos resistía, contando como suele ocurrir historias de la vida de estos pueblos tan lejos de todo.

Increíblemente, Ovejuela tiene vida, ya quisieran muchos pueblos del sur de Salamanca tener tanto viajero por sus calles, con bar y restaurante incluidos y sobre todo la naturaleza en estado puro. Para amantes del senderismo una buena estación de penitencia, especialmente la subida hasta la cuerda de la sierra desde el pueblo, más dura si se decide pasar de nuevo por el Chorritero.

La subida por la falda más al oeste, permite unas preciosas vistas del valle, de los bancales de la ladera, algunos con olivos muy bien arreglados. De vez en cuando, cruzan el camino pequeños riachuelos que caen formando sonoras cascadas. Al llegar a la cuerda, nos permite saborear quizás aún más todas las sensaciones vividas en el camino, el esfuerzo de la procesión, como el de la procesionaria, nos recompensó con creces.

Aún tuvimos tiempo para acercarnos hasta la última cascada de Gata, el Chorrito de los Ángeles, de bastante más altitud, formada por dos corrientes de agua en caída vertical que se unen antes de alcanzar el vacío, dibujando una escena de gran belleza. Por el cielo azul, con  el fondo de la sierra de Béjar completamente blanca, sobrevolaban los buitres, mostrándonos una espectacular exhibición de aeromodelismo y todo en grata compañía, sin duda un gran día.