SEQUÍA:¿HASTA CUÁNDO?

El tiempo meteorológico siempre anda desencajado, sin acomodo, en boca de todo el mundo y pocos  están conformes con él. Y esto ha sido así siempre, aunque últimamente el nivel de desencuentro esté subiendo muchos enteros, además se está creciendo, por lo que si nadie lo remedia, el tiempo se convertirá, si ya no lo es en el gran protagonista de nuestras vidas.

Que se lo digan a las cadenas de televisión, que se han adueñado de nuestro personaje, protagonizando uno de los espacios con mayor audiencia. Lo recrean con mapas de todo tipo, de estadísticas, gráficos, fotografías, vídeos, dejando las previsiones para el final, como para entretener a los espectadores, antes de escuchar el diagnóstico, muchas veces no fiable y que pocas veces contenta a todos. Quizás por ello, los hombres y mujeres del tiempo han de ser actores más que meteorólogos, para hacer más digerible el diagnóstico. ¡Qué distintos de los hermanos Medina! Anunciaban el tiempo lo mismo que Arias Navarro anunció la muerte de Franco.

Llevamos ya mucho “tiempo”, que su uso como recurso “link” en las conversaciones de la calle, en los medios, está más que justificado. Ya son bastantes meses que las predicciones meteorológicas pronostican las mismas recetas o parecidas en la mayor parte del mapa peninsular. Soles, algún que otro huevo frito sin mayor incidencia, ausencia de lluvia, alguna nube despistada que termina devorada por los soles amarillentos y para terminar todo aliñado con temperaturas elevadísimas, siempre por encima de la media del mes correspondiente.

Ello ha provocado una sequía de dimensiones enormes, con tantos frentes abiertos, que está provocando grandes estragos en el equilibrio de nuestro ecosistema, rompiendo demasiados eslabones de la cadena vital. Vivimos en una zona de la península donde las sequías constituyen una seña de identidad del medio ambiente. Todos los que ya llevamos una mochila cargada de años, recordamos años de sequía muy dura, que se llevaba por delante la cosecha, sequía que seguía campeando tranquilamente a pesar de que subíamos a la plaza  a hacer rogativas a San Isidro Labrador. Muchas han sido las sequías que acompasadamente en el tiempo hemos tenido que ir superando, siempre con medidas excepcionales para tapar la hemorragia, nunca para curar la herida.

Pero esta sequía que padecemos ahora está tomando tintes de ser una sequía descontrolada, a la que se le han ido sumando muchos factores para enquistarla permanentemente en nuestro devenir. Justificada siempre bajo el paraguas de: “esto siempre ha pasado”, “el tiempo está loco”, “siempre llueve sobre mojado”, las administraciones atajan la sequía con declaraciones de zonas catastróficas, quedan muy bien entregando migajas a pueblos y comarcas sedientas, que dependen del camión cisterna de turno para tener agua para beber.

Somos afortunados los vecinos de Ciudad Rodrigo, podemos abrir el grifo cuantas veces queramos y sentir el sonido del agua al correr, al regadío le sobra agua. Pero esto no nos debe, para nada, hacernos desentender de este problema global. La atmósfera está saturada de contaminación que todos contribuimos a aumentar, la basura parece competir en calles, cunetas como auténtica recordman olímpica, los coches no tienen sosiego, para las bicis nunca es el  momento, quizás con pequeños gestos sumados, podríamos para empezar, desplazar el anticiclón de las Azores, para que se abra la puerta de entradas a las ansiadas borrascas.

Cuando escribo esta humilde reflexión, observo  en el aire rumbos distintos, me llevan a la conclusión que  barrunto lluvia, ojalá esas nubes aún estériles traigan agua, pues llevamos demasiados meses que las nubes pasan de largo, la lluvia solo es de estrellas, de arroz, de millones, ácida, radiactiva, de críticas, dejándonos con la miel en los labios, sin esnifar el olor a tierra mojada.

RIO FRANCIA
Desolador el río Francia a su paso por Miranda
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UNA SUBIDA HACIA EL CIELO

Viajar hacia el este a primeras horas de la mañana, cuando al sol otoñal le cuesta alzar el vuelo, es una tarea más complicada que la que normalmente te espera al finalizar el viaje. Viajábamos hacia El Maíllo, el sol inundándonos el habitáculo con sus rayos. Conducir en esas condiciones, requiere una gran concentración, no pudiendo disfrutar plenamente de un camino siempre muy interesante, con toda la sierra a tu derecha.

Un alivio dejar aparcado el coche, coger la mochila y enfilar el sendero para ascender a La Peña de Francia por la ladera norte. Arranca el camino en los restos de la Casa Baja, convento que los frailes tenían para invernar, cuando la nieve hacía presencia en las alturas. La ruta perfectamente señalizada, se adentra pronto en el monte de robles y pinos albar, con el suelo tapizado por helechos.

Caminamos ascendiendo hacia el sur, los rayos del sol se cuelan entre las ramas, produciendo contraluces variados, las telarañas tejidas por la noche, recubiertas con pequeñas gotas de rocío, señalan los límites de la presencia humana, más de una cinta cortamos en nuestra ascensión. La sequía se deja sentir en esta ladera, situada a la umbría, los cauces de las torrenteras vacíos, los helechos luchan por abandonar su verde intenso lentamente, para pintar de color el paisaje. Muchos no resisten, están secos, de color marrón apagado, clara señal de que la vida sin agua deja a muchos tirados en la cuneta.

Poco queda de aquel antiguo sendero zigzagueante, empedrado, por donde subían y bajaban los monjes según la estación. Por la pendiente de algunos repechos y su estrechez, cuesta comprender que subiesen frailes con hábitos hasta los pies y estómagos por debajo de la cintura. Seguro que confiaban en los milagros, más de uno debió recurrir a ellos para realizar el trayecto.

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DONDE EL DUERO SE ENTREGA AL MAR (Por tierras de Portugal)

Me imagino la cara que se le pondrá un día sí y otro también a los pasajeros que llegan diariamente a la estación de San Bento de Oporto para ir a trabajar. Turistas solitarios, por parejas y especialmente agrupados en torno al guía que muestra su señuelo, ocupan todo el espacio del maravilloso vestíbulo, por donde han de cruzar estos trabajadores, que como en todas las grandes ciudades llevan tras de sí su espada de Damocles: la falta de tiempo.

Difícil de resolver este dilema que plantea en muchas ciudades el turismo. Las masas humanas, cual enormes riadas vamos invadiendo las aceras, las calles, las plazas, para movernos lentamente, por espacios urbanos que han sido literalmente tomados por los turistas.

El fenómeno si lo has ido observando en una ciudad poco a poco, a pesar de lo que supone, no es tan impactante como cuando vuelves a una ciudad después de un tiempo y compruebas que aquella ciudad que conociste ya no la reconoces.

Quizás fuese Oporto una de las ciudades más impactantes para mí cuando llegué a ella hace 40 años. Una ciudad con tanta riqueza arquitectónica, con tantos contrastes, con tantos tonos de colores, con tantos olores, con iglesias de fachadas azulejadas, mostrando su mejor cara a un río que llega ahí arrastrando mucha cultura, con tanta riqueza y miseria conviviendo de la mano.

Entonces, apenas sin turismo, alejada de grandes circuitos, pero desde la última visita cuestión de 12 años, la ciudad sufre diariamente la invasión de los turistas que recorren sus calles como serpientes, deambulando, llevadas por el influjo de la marcha, pero la mayoría lo hacen sin disfrutar la ciudad. Y no disfrutan porque para ser turista de verdad hay que estar entrenado, preparado para aguantar horas caminando de pie, las inclemencias del tiempo, a esperar,.. Y esos días en Oporto, había demasiadas colas para esperar, demasiados restaurantes llenos para probar una francesinha, demasiados espacios abarrotados, colas para entrar en la librería Lello, para tomar café en Majestic, subir a la torre de Los Clérigos, para cruzar andando el Duero, atascos kilométricos en el puente de la Arrábida, …

Llegamos a la ciudad, empapados de los maravillosos paisajes que ofrece el Duero con las vides tapizando sus laderas, llenas de un adelantado colorido otoñal. El agua apenas sin velocidad, cargada de tanta cultura arrastrada desde Soria, parece querer retardar su entrega al Atlántico. Mucho choque al entrar en una ciudad repleta de coches, con demasiada velocidad recorriendo sus calles.

El viaje por el Duero, adquiría si cabe ahora más belleza aún en nuestra memoria. Recorrer desde Viseu una autopista apenas sin coches, te permite disfrutar del paisaje constantemente ondulado y forestal que llena todo Portugal, desgraciadamente año tras año quemado. Hasta 15 incendios contabilicé desde Vilar Formoso hasta Lamego, unos pequeños, otros habían dejado una gran mancha tiznada en las laderas verdes, trayendo a la memoria el gran incendio de este verano, tierras al sur.

Me imagino que la gran mayoría de ellos han sido provocados. Cuesta entender este tipo de comportamientos en una población tan sensible, si no hubiera detrás unos claros intereses económicos. Han sabido los portugueses adaptarse al progreso, conservando gran cantidad de su acervo cultural, tanto a nivel arquitectónico, de gastronomía, de tradiciones, quizás esté siendo éste el reclamo para que esté atrayendo a tanta gente del arte y la cultura que han decidido fijar aquí su residencia, el último Muñoz Molina. Viajando, caminando por ciudades y pueblos, te sorprenden muchas cosas auténticas, las artísticas aceras y calles de adoquines (en cualquier otra parte, la máquina se las habría llevado por delante).

Pero ante todo está el trato humano. Llegamos hasta la iglesia de San Pedro de Balsemao, por un camino estrecho, entre viñas, en bancales y mucha vegetación, bordeando un pequeño río que desemboca en el Duero. Sorpresa agradable cuando la distancia prevista parece estirarse, el camino no llega a buen puerto y de repente te topas con la iglesia que buscabas, sin previo aviso. Pero más agradable fue la explicación de una señora voluntaria que de forma altruista nos explicó esa coqueta joya visigoda con todo tipo de detalles, son cosas que ocurren en Portugal.

Y la mayoría, entendiendo y chapurreando bastante bien el español, nosotros estando siempre en fuera de juego. Preguntar es una delicia, se desviven en las oficinas de turismo, en la calle, un jubilado quiso subirse al coche para llevarnos donde pretendíamos, ahí tienen GPS humanos con más sensibilidad que los tecnológicos.

Tiene Portugal en los pueblos y su paisaje un reclamo importante para los viajeros, ojalá den con la solución ideal para compatibilizar el turismo y equilibrio, especialmente ahora que este país empieza a estar de moda. A nivel político están dándonos una lección de cómo se puede trabajar en equipo, dejando al margen posturas enfrentadas, los resultados están siendo evidentes. Esos días había campaña electoral, mucho ambiente y participación de militantes, en un tono alegre y festivo, especialmente respetuoso.

En este viaje, nos prendaron Amarante, Lamego, Mateus, Vila Real, cada uno con una historia detrás, muy marcada por la cultura del vino y el Duero, muy bien utilizada para atraer a los viajeros. De todos ellos sobresale Amarante, cruzado por el río Támega, es un ejemplo de integración perfecta del río en la ciudad, el otoño que ya hacía sus pinitos, nos dejó unas imágenes espectaculares de la ciudad. El museo de Souza Cardoso, pintor contemporáneo de Picasso, completa una interesante oferta cultural.

Pero como todo en esta vida, también Portugal debe hacer deberes para mejorar la atención de los que allá vamos, especialmente el sistema de pago de las autovías. Entras en el país cargado de ilusión y la primera parada para introducir la tarjeta de pago, te baja a la realidad, no hay forma de que la máquina lea nada, será el idioma. A pesar de ello, en ese espacio tan desangelado, solos ante la máquina, recibimos la primera ayuda sincera de un viajero. Volveremos, a pesar de ello.

EL MATRIMONIO PERANCHO : DOS DE LOS ÚLTIMOS HORTELANOS

Es Daniel a la plaza de Béjar los martes, como Conrado a la plaza mayor en carnavales. Es curioso cómo los dos, salvando la diferencia de edad entre uno y otro, guardan bastante parecido físico.

La espesa mata de pelo blanco, teñido a golpe de años, su tez morena esculpida por el escoplo de la intemperie, de sol a sol, bregando con la tierra para exprimirle lo mejor de ella, le han dado un toque de campesino auténtico, de los de “moquero” anudado por sombrero.

Lleva muchos años, este hortelano, junto a su esposa Mª Luz, haga frío, calor, llueva, ventee, ocupando su puesto en la plaza del mercado, ofreciendo su “género” a los clientes, clientes que con el paso del tiempo han ido cambiando, cómo ellos, que no han tenido más remedio que cambiar sus cultivos para ser competitivos.

Me acerqué a  su huerta una tarde del mes de septiembre, con bastante calor aún. Me los imaginaba cavando con el almocafre, ese apero en forma de pico de rapaz que te obliga a doblarte hasta conseguir que tu columna forme la curva de la herramienta, pero era lunes, día de preparar el género para el martes y no tocaba cavar. Por otra parte, Daniel anda delicado de salud, y para usar esa herramienta hay que estar al 100%. Por ello no me pudo atender como él quisiera.

A pesar de ello, pude disfrutar de su huerta. Situada en la zona de Las Viñas, donde poco queda de aquel jardín hortofrutícola del pasado siglo, siendo su huerta una isla en medio de tanta zarza, tanta pradera, tantos juncos y cañaverales, tanto abandono, tanta agua desbocada que ladera abajo terminará en las cunetas formando un auténtico regato de agua desperdiciada. Si supieran los hortelanos del Levante cómo se despilfarra aquí el agua, seguro que a más de uno le sacaban los colores.

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DEMASIADOS PUENTES PARA TAN POCA AGUA ( Apuntes veraniegos en Zamarra)

He subido hasta Zamarra varios días del verano, en julio  cuando el sol parecía dar una pequeña tregua en su verano abrasador. Había  pasado su buena factura en los fresnos sedientos del regato de El Manco, los matorrales resecos, las zarzamoras con sus frutos maduros antes de tiempo, los membrillos ya amarillentos, frutales desnudos de hojas con la fruta al aire, un nivel elevado de síntomas que huelen cada vez más a cambio climático. Debería darse un paseo por estas tierras el señor Trump  para rebatirle su estúpida idea de que no existe el cambio climático.

El embalse muestra su peor cara, sale embarrada el agua después de golpear la compuerta, pero al fin se ve agua por estos lares. Mucho ha cambiado el paisaje subiendo, a duras penas las escobas, jaras y brezos logran mantener sus hojas verdes, pero un verde apagado, sediento, mortecino, se impone el tono del estío. ¡Qué distinto del paisaje primaveral!

Antes de llegar al pueblo, cuando al fin la carretera te permite un respiro, diviso el huerto de Goyo, que también ha sufrido una transformación, esta vez muy positiva. Como pude comprobar, confirmándomelo un vecino, éste es uno de los afortunados huertos que aún producen hortalizas en Zamarra. Estos terrenos, siempre se cultivaban con el objetivo de proveer de fruta y hortalizas a las familias. Eso es lo que tiene el huerto, frutales donde la fruta ya ha hecho acto de presencia, patatas, el cultivo más numeroso, tomates, calabazas, puerros, calabacines…alrededor como una auténtica valla natural, el maíz, mucho más estético que la plaga de palets y somieres que se ha ido adueñando de los huertos.

Aguantan como pueden las plantas la falta de agua, el maíz enrosca las hojas para reducir su pérdida, a pesar de los transgénicos de Monsanto, se sigue comportando como siempre ante la sequía.

Parece otro pueblo, que el que me encontré en la primavera. Los huertos abandonados, cubiertos de pasto seco y zarzas le dan un toque de más abandono. Justo cuando más se iba borrando la imagen del pueblo en otras estaciones, apareció un vecino, cuya casa es un jardín vertical, que con su amabilidad como todos con los que he hablado, regresé a la buena opinión que tengo del pueblo.

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LOS COCHES HAN VUELTO AL COLEGIO

Esta mañana a la hora de entrar al colegio, los alrededores del CEIP Miróbriga fueron literalmente tomados por una auténtica avalancha de coches, cuyos conductores intentaban conseguir un espacio lo más cerca posible para bajar a los niños, que precisamente hoy empezaban su nuevo curso.

La imagen escenificaba la vuelta al cole de los coches, más que de los niños, pues los que llegaban andando, de la mano de sus padres, abuelos, se las veían y deseaban para sortear la marabunta de coches que por un lado y por otro circulaban, algunos demasiado deprisa. Esta imagen de la vuelta al cole de los coches, desgraciadamente no sólo es patrimonio de esta ciudad, seguro que esta mañana se ha grabado en la retina de muchos espectadores de pueblos y ciudades del territorio nacional. Las imágenes del telediario lo certificaban, incluida la reina.

Ausencia de bicis, de sosiego, de calma, mucha prisa, velocidad para llegar puntual el primer día de clase. Primer día tan importante para alumnos y maestros, pues iniciar bien la salida del nuevo curso escolar, ayudará a no quedarse descolgado desde el primer día. A la educación, como a otras muchas cosas, no le sientan bien las prisas. Esta mañana, seguro que muchos niños han llegado a clase acelerados, saliendo del coche a toda pastilla, sin darle tiempo de verse en el patio con sus amigos tranquilamente.

En las ciudades, quizás tenga cabida el mundo de la prisa, pero en esta ciudad no, es ésta una ciudad para disfrutarla andando, en bici, es una pena ver cómo los coches se han adueñado de ella.

Ahora que el cambio climático no es un espejismo, algo que planteaban personas demasiado exigentes con el medio ambiente, más que nunca escuela y familia han de trabajar conjuntamente para inculcar a los niños valores y actitudes para hacer un uso responsable de nuestro maravilloso planeta.

Las maestras de infantil tienen maravillosas estrategias para conseguir que sus alumnos desde muy pequeños adquieran hábitos encaminados a tal fin, pues siempre obedecen los consejos de sus adoradas tutoras. Llegar a la escuela caminando, en vez de en coche, puede ser un buen objetivo para empezar el nuevo curso.

LLEGA SEPTIEMBRE

Amancer en septiembre
Amanecer en septiembre

Paseaba por la calle Santa Clara de Zamora, entre un examen y otro, contemplando sus espléndidos edificios modernistas, cuando en un momento dado percibí con intensidad la presencia de septiembre. En efecto, el fresco se hacía notar, y vaya cómo lo hacía, en la cara, dejando atrás los bochornosos días de julio y agosto, peatones con cara de acudir al trabajo, otros, especialmente mujeres con demasiados tirantes luciendo el moreno y sus tatuajes vacacionales.

Es septiembre un mes especial, compite cada vez más con diciembre para ser un mes de comienzo, de hacer muchas promesas que el tiempo se encargará de gestionar, arrinconándose muchas  por falta de combustible. Un mes donde el verbo volver adquiere mucho protagonismo. Una vez detectada la presencia de septiembre, mi caminar estuvo dirigido por él, cual guardia de tráfico en la sombra.

En los kioskos se apilaban cantidades enormes de coleccionables, con sus correspondientes reclamos publicitarios, cromos de futbolistas de la recién comenzada liga, coches, motos, fascículos, libros,…realmente, ¿hay todavía en la población aficionados a coleccionar? Sinceramente, pienso que estos reclamos son como bálsamos para despistar y entretener los primeros días de vuelta al trabajo, a las tareas escolares, a la rutina, con el fin de hacerlo más llevadero, pasados unos días, la mayoría se olvida de recoger el coleccionable, abandonando la colección.

Las tiendas, supermercados, mostraban sus pequeñas reformas, la mayoría consistentes en cambiar la caja de sitio, los productos más necesarios, con el fin de fastidiar un poco, algunos dirán que necesarios para activar las neuronas. Han desaparecido los carteles de las rebajas, en su lugar se anuncian saldos en el interior. Otro grupo de caminantes, mayoritariamente femenino, ya en edad de haber alcanzado el retiro, va a fisgonear, a ver la nueva moda para situarse en primera línea de salida.

Y qué decir de las academias, gimnasios, colegios, todos utilizan reclamos para volver, para la mayoría volver a empezar un compromiso con el aprendizaje eterno del inglés, con rebajar los kilos traídos de las vacaciones. Los colegios, institutos, ya habían empezado su actividad,  salían alumnos de recoger las notas, por sus caras, con distintos resultados, muchos hacían promesas delante de la familia, es septiembre un mes de compromiso para volver a empezar, para corregir errores.

Abuelos reenganchados a la vida laboral como cuidadores infantiles, entretenían a sus nietos en el parque, muy cerca del colegio, quizás saboreando que pronto septiembre le libere del trabajo, volviendo a recuperar su jubilación en pausa estacional.

Durante el viaje de vuelta, septiembre me acompañó, revolviendo mis pensamientos, más que las respuestas marcadas en la plantilla de los exámenes. Los campos ya resecos, eran dueños del amplio horizonte de penillanuras de la Tierra del Vino, tan solo pequeñas viñas rompían su uniformidad amarillenta. Tiempo de vendimia, cada vez anticipándose más, como carrera a ver quién llega antes, adaptándose a los nuevos tiempos donde la velocidad marca las horas.

En mi mundo campesino el tiempo era muy lento, todo se retrasaba, tardaba en llegar a veces demasiado, como llegada de las primeras borrascas, que tan felices nos hacían dejando el duro trabajo de regar, como el tiempo de sacar las patatas, de recolectar las últimas frutas, quizás por ser las últimas las más sabrosas, los melocotones y pavías nos llenaban a septiembre de olor y sabor.

Patacas a punto de florecer en Sanjuanejo
Patacas a punto de florecer en Sanjuanejo

Tiempo de calabazas maduras de amarillo brillante, tiempo para florecer las patacas, adornando la huerta después de que la mayoría de las plantas hubiese terminado su ciclo, bien de forma natural o que el hacha de un hielo prematuro, que los hay en septiembre, adelantase su final. Terminaba septiembre con el maíz amarillento, aguardando el descamisar de sus mazorcas, estructuras de hileras de maíz de un precioso  amarillo oro.

Maizales
Maizales

Tiempo para volver al colegio, tiempo de reencuentros, de nuevos espacios para la amistad, para el aprendizaje, también para la zozobra, que de todo hay en la viña del señor, para volver a pisar hojas por las calles, para contemplar amaneceres y atardeceres de ensueño, para volver a sentir el viento del sur anunciando la llegada al fin de alguna borrasca.

Por último, tiempo para empezar la cuenta atrás para que llegue el próximo verano.