FUENTES Y CAÑOS:CON EL CALOR SE LES ECHA MÁS DE MENOS

Muchos son los cambios que ha ido experimentando la ciudad con el fin de ir adaptándose  a los nuevos tiempos. Calles de tierra con charcos donde la lluvia hacía gorgoritos, calles empedradas con piedras sueltas que valían para todo, desagües a nivel del suelo que vertían directamente a la calle, caballerías, carros, carretas, tartanas,…poco a poco la ciudad fue perdiendo lo que tenía, ganando a veces demasiado deprisa lo que llegaba como nuevo, a veces sin tiempo para asimilar correctamente tantos cambios.

Una ciudad o pueblo debe responder al sentir de sus gentes, para ello sus equipos de gobierno han de saber combinar muchos parámetros para que convivan la historia y la actualidad sin desentonar demasiado. A veces las respuestas se transformen en aciertos, otras en errores.

Tenía la ciudad una red de fuentes, caños y grifos para refrescar y saciar la sed de los vecinos que,  coincidiendo con la traída del agua del río y la llegada a todas las casas, fueron desapareciendo poco a poco. Estos días de calor se echan de menos aquellos grifos que estratégicamente situados en una plaza o esquina de una calle suponían una agradable sorpresa.

Hace años el agua venía del nacedero de La Ciñuela, situado en la ladera de los tesos  que hay pasado San Giraldo. Aún quedan el acueducto y los paredones, construcciones para sortear los desniveles en su recorrido.   Pocas eran las casas que tenían el privilegio de tener un grifo en su casa, por lo que  era normal que los vecinos cogiesen su cántara de barro y salir a buscar agua a las fuentes, caños y grifos repartidos por  la ciudad.

El agua, manantial de vida, se merece un recordatorio en la ciudad, son de agradecer los paredones y las fuentes de cañería que aún quedan. Recuerdo las colas de mujeres en la de San Cristóbal, que tenía un poco más de caudal que el que ahora tiene, utilizando una caña larga tardaban lo suyo en llenar las cántaras que tapaban con un tapón de corcho, una la subían a la cabeza protegida con un aro de tela y la otra en la cadera.

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EL 15J

En 1977 habría sido el 15 de junio, pero las tecnologías, esa maquinaria devoradora de palabras y letras, ha quedado la fecha de la efemérides de las primeras elecciones, reducida a la mínima expresión. Han pasado 40 años, ¡se dice pronto! Poco o mucho, depende del color con que se mire, para bien o para mal, han sido años que han dado mucho juego en la historia personal de muchos de los que nacimos en la década de los cincuenta.

Recuerdo con bastante claridad aquel 15 de junio de 1977. No hacía mucho que había terminado la mili, poniendo punto final a una de mis experiencias más negativas. Catorce meses de pura efervescencia política en un Madrid completamente tomado por extremistas de ambos lados.

La convocatoria de las primeras elecciones generales, bajó unos puntos la tensión, pues la campaña electoral y especialmente los mítines, permitieron cierto desfogue. Habían sido demasiados años sin participación política, demasiada violencia, demasiada ilusión puesta en esa fecha mágica, a la que muchos tertulianos llevan días dedicándole muchos minutos mareando la perdiz.

Los más jóvenes estábamos envueltos en una nube, llenos de esperanza, de ilusiones de cambio. Los mayores tenían sus miedos, avivados por los partidos que preferían que todo siguiese igual, siempre con el recuerdo negativo del 36.

Fui nombrado presidente suplente de una de las mesas electores del Arrabal del Puente. Acudí puntual a la cita aquella mañana. El presidente titular era mi antiguo profesor de “Historia memorística”. Se constituyó la mesa con gran solemnidad, cumplimiento a rajatabla toda la normativa de la Junta Electoral, en ella constaba que los suplentes debían estar localizados en todo momento. Al no tener teléfono, implicaba que debía quedarme en las escuelas. Tuve suerte, me examinaba de oposiciones la semana siguiente y mi antiguo profesor se apiadó de mí, dejándome marchar a la huerta, eso sí, haciendo acto de presencia un par de veces y estar en el escrutinio.

Escrutinio, que como no podía ser de otra manera, me hizo bajar de las nubes, aterrizando para ver que por el arrabal y las huertas, eso del cambio político no le había convencido, quedando las cosas más o menos como estaban. Al ser seguidor del atleti, comprendí pronto aquella noche, que debía acostumbrarme a convivir también en la política con las derrotas.

Por supuesto que llegaron vientos del cambio con distintas intensidades y direcciones, llevando a España a integrarse en Europa, rompiendo su aislamiento. También en estos cuarenta años, hemos ido perdiendo por el camino dosis de sentido común, que han traído consigo nuevos problemas, nuevas situaciones, que son difíciles de entender desde aquella óptica lejana del 15J. Antonio Muñoz Molina se refería a ello en su blog, al publicar El País la noticia de la declaración de amor de Bigote Arrocet a María Teresa Campos.

La semana siguiente tuve el examen, arriesgué echando mano del 15J para desarrollar la problemática del siglo XIX en España. Al tribunal le debió sorprender positivamente. Fue el 15J una clase práctica de historia.

15J
Propaganda institucional de las elecciones

 

 

 

 

NAVEGANDO EN UN MAR DE ENCINAS (A la abuela Mari en el día de su cumpleaños)

Las escasas lluvias de mayo, hacen auténticos milagros en la floración de las plantas. Las agradecidas amapolas, rápidamente marcan su territorio, delimitando claramente las parcelas con sus lindes rojas. Los caminos se tiñen de morado, pequeñas flores diminutas se apresuran a tapizar unos días el espacio que queda entre las roderas de los caminos para hacerse notar.

A ambos lados del camino, los jaramagos pintan de amarillo demasiadas parcelas baldías, donde en algunas, pasta el ganado. Caminando hacia Carpio de Azaba, pensaba que mayo es el mes del rojo y amarillo, la bandera de España  y el morado del pendón de Castilla y León. Banderas que tan solo salen a ondear en las fiestas de los pueblos, de ello daban fe en Carpio, cuyas fiestas se habían celebrado recientemente.

La antigua carretera nacional 620 es una buena vía para ciclistas, cogerla en dirección a Portugal te lleva por una penillanura rota por regatos, la vía, pequeños altozanos de hierba ya amarillenta, devorado ya el verde por la pertinaz sequía.

Llegué a Carpio, puerto de embarque hacia el mar de encinas, que deseaba  surcar como  naufrago a la deriva,  siguiendo la estela de caminos y  roderas por donde se movieron  caminantes, carros y carretas.

Dejando atrás el cementerio, el camino te lleva directamente a perderte y disfrutar de un maravilloso paisaje de fincas recubiertas por encinas centenarias. Aldeanueva, Hincapié, Pascualarina, Martihernando,Las Carboneras, son algunas de las fincas que forman este mar de encinas, que la rivera de Azaba se encarga de que tenga un poco de agua.  Quizás le impresionase en su momento a  Miguel de Unamuno, gran aficionado a pasear entre encinares, dedicándole un precioso poema que empieza con esta estrofa:

En este mar de encinas castellano
los siglos resbalaron con sosiego
lejos de las tormentas de la historia,
lejos del sueño.

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COMBUSTIBLE PARA NUESTRO INTERMINABLE PARTIDO

Desde hace muchos años llevo en mi equipaje una raqueta de tenis. Pasión por este deporte, por esta forma de aliñar los días, a base correr detrás de una pelota.  Pensar, lanzar, golpear la pelota y dirigirla lejos del amigo-enemigo, mandarle un regalo envenenado, ver su carrera, su llegada, esperando su desesperada respuesta, muchas veces imposible de responder.

Vuelta a empezar, la bola vuela de un campo a otro, apenas descansa en el suelo, constantemente transportando energía positiva que lleva al otro lado de la red. Enorme tensión, las piernas siempre preparadas para salir escopetadas hacia donde el cerebro ordena. Visto desde el otro lado de la pista, imposible de llegar, pero se llega, se golpea, se devuelve entre líneas, a veces se falla.

No importa, en un tiempo récord hay que planificar la siguiente estrategia, paralelos, dejadas, un globo ante la subida, un revés ajustado a la red, una volea y un golpe de derecha ganador desde media pista. Tanta variedad, tanta ilusión por ganar el siguiente punto, hacen que el tiempo del partido sea un vendaval que pasa en un abrir  y cerrar de ojos.

A pesar de que en Semana Santa procesioné con Ángel tras la pelota varios días, nuestra competitividad, siempre regada por la amistad, a veces necesita ser engrasada.

Por ello, estuve  en Madrid, en la Caja Mágica  -regalo de mis tres chicas- para aprender de las figuras el manejo de la raqueta, sus estrategias, su colocación, sus trucos, para ver a los maestros. Difícil tarea, después de 40 años jugando, nuestra forma de hacerlo no es fácil de cambiar. Es maravilloso ver en directo cómo dirigen la pelota, cómo la golpean, cómo se colocan, fijando su mirada en una pelota a veces caprichosa que le cuesta remontar el vuelo y otras no sabe frenar su caída.

Conocemos nuestra caja mágica de la carretera de Ivanrey con los ojos cerrados. Muchos madrugones bien empleados, el tren que esporádicamente pasa al fondo, los gallos que cantan, bandadas de  pájaros, los frutales en flor, nada nos despista, sólo el vuelo de la pelota que nos llevará a correr tras ella vaya donde vaya.

Esta es la grandeza de nuestro juego, de nuestro tenis: no dar una pelota por perdida. Quizás poco ortodoxo, después de ver a estos monstruos de la raqueta. Tan sólo somos dos entusiastas del tenis, que hace 40 años comenzaron un partido que no se acaba porque SIEMPRE saben cómo alimentarlo.

Disfrutamos un día maravilloso, compartiendo con  Ángel y Jesús como espectadores, la posibilidad de ver varios partidos en directo. A pesar de que cada vez la tecnología consigue llevar a la pantalla con grandes dosis de detalles todos los deportes, contemplar en directo un partido de tenis es muy distinto, especialmente en las pistas donde los tenistas los tienes al lado y la tierra que salta casi te alcanza la cara.

Después de las clases mágicas, hilvanamos los dos unos partidos espectaculares, teniendo en cuenta la década en la que ya nos hemos metido. Al terminar siempre quedamos relajados, habiendo exprimido la mente y el cuerpo, con la sensación de haber disfrutado a tope un tiempo especial, un partido  que sólo nosotros  sabemos apreciar.

¿Quién gana? Fácil respuesta, ganamos siempre los dos, disfrutando de un juego al que llegamos por cosas del azar, construyendo un sendero por el que además de lanzar la pelota, hemos ido  aumentando nuestra amistad, a ella siempre estará asociado el tenis, deporte que representa metafóricamente la vida, con sus golpes, alegrías, desencantos, victorias, derrotas, esfuerzos, caídas, barreras, idas y venidas,…

Últimamente, tengo la suerte de jugar con Manolo en Salamanca, otro fuera de serie de la raqueta y de la amistad. Intercambiamos golpes, entradas de blog, mientras sobrevuelan las aves que en plena carrera él es capaz de reconocer, disfrutando de la misma filosofía: no dar una pelota por perdida.

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Bautista intenta devolver el regalo de Karlovic

RETORTILLO: UNA MINA DE PROBLEMAS E INCOMPRENSIONES

Es difícil de entender que una empresa de nuestras antípodas haya aterrizado en Retortillo, pequeño pueblo del Campo Charro, pues de no ser por su balneario, la inmensa mayoría de salmantinos no sabría localizarlo en el mapa.

Que una empresa australiana haya dado con esta comarca dejada de la mano de Dios, olvidada durante años por políticos y administraciones  de todos los colores, debe ser porque es una presa fácil a la que piensa sacar tajada.

Difícil comprender cómo nada más llegar y comenzar a arañar el suelo milenario, hayan salido en desbandada gran cantidad de problemas que están afectando al maravilloso paisaje de encinares y especialmente a la convivencia de los vecinos de una comarca cada vez más envejecida, y por tanto con menos recursos y habilidades para darle solución.

Incomprensible, que a la vista del tamaño de la cicatriz que ya están asestando al paisaje, la mayoría de la gente permanezcamos insensibles ante un problema de salud que va a afectar a un extenso territorio. La historia una vez más se repite, las palabras  de Bertolt Brecht tienen vigencia: “primero se llevaron ,..ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”. Quizás sea demasiado tarde cuando empecemos a tomarnos en serio la propuesta de STOP URANIO, para decirle a los políticos que no autoricen la mina.

Movilizar a la gente por causas altruistas es una tarea que conlleva altas dosis de amor propio y responsabilidad social. Asistir como espectador a la asamblea del miércoles bajo la sombra del elefante de Barceló y el jueves a las puertas del edificio de la Junta para conseguir frenar en el último suspiro la recalificación del suelo rústico, fue una bonita experiencia para ver de primera mano  un puñado de luchadores, que sacando horas de su tiempo compiten en total desventaja para defender una causa justa.

A primera hora de la mañana, la policía y la guardia civil imponían su presencia ante un pequeño grupo de ciudadanos de a pie, que pretendían que se utilizase el sentido común.

No se comprende  que ya hayan sido taladas centenares de encinas centenarias y la empresa anuncia como buena nueva, la plantación de miles de ellas como si de girasoles se tratara.

Incomprensible que ante una mina a cielo abierto para extraer un elemento radiactivo que sus efectos llegarán a bastante distancia, los pueblos de la zona no se movilicen más y dejen que todo siga su curso. Mientras la energía solar, con toda la inversión realizada, sigue abandonada por el gobierno.

El balneario, isla turística y laboral de la zona, que lleva años utilizando correctamente  el agua con propiedades para curar determinadas dolencias, se verá en un abrir y cerrar de ojos duramente castigado.

Aguas abajo de donde está ocurriendo la barbarie, se conserva en buen estado el castro de Yecla, asentamiento de vetones, donde supieron convivir en armonía con la naturaleza, enseñanzas que han sabido conservar los pueblos siguientes. Será si nadie lo evita, una empresa australiana, la que rompa tanta armonía y belleza en el valle del Yeltes. Vacas  y ovejas pastan los escasos pastos de una corta primavera impuesta por la sequía, mirando asustadas ante tanto ir y venir de camiones.

En el pueblo, para unas familias ha llegado, aunque tarde, el Plan Marshal y para otras ha llegado una plaga. Ojalá el sentido común frene el avance de un proyecto energético que aun suponiendo una gran riqueza, nunca sería suficiente para suturar tantas cicatrices como está dejando en la zona.

“Bajo tu casta sombra”, fue el tema dedicado a la encina,que trabajamos en el taller de escritura de Raúl Vacas. Escribir un texto en recuerdo de las encinas taladas en Retortillo, fue la propuesta de escritura.

Este fue mi homenaje:

¡ADIÓS HERMANA!

¡Quién me iba a decir que con el paso de los años aquel disgusto que me llevé en su momento me salvaría esta mañana la vida!.Y todo ello a pesar de la desgracia. Habíamos nacido hace más de cinco siglos a la par, separadas por apenas los diez metros del camino que pasaba entre nosotras. Crecimos a buen ritmo, pues este terreno es canela en rama para nuestra familia. A pesar de que nuestro crecimiento desespera a los humanos, a nosotras nos pareció que el tiempo y nuestra altura estaban en constante carrera.

Así fue, como una primavera después de un invierno muy lluvioso, nuestras ramas se tocaron por primera vez. A partir de ese momento compartimos cosquillas de hojas que el viento movía, hileras de hormigas que iban y venían una detrás de otra, palomas torcaces devoradoras de bellotas, niños que trepaban por una y bajaban por la otra después de haber jugado al escondite entre las ramas… Sabíamos hasta dónde llegaba nuestro territorio, nos respetábamos. Nos conjurábamos mutuamente cuando llegaba el montaraz con el cortacino buscando leña, con el fin de que no fuéramos sometidas a un desmoche atroz.

Así fueron pasando los años, los siglos, resistimos los terribles vientos huracanados, cuando muchas de nuestras compañeras cayeron arrancadas de cuajo, siendo pronto presas de destrales y serruchos para calentar hogares muy faltos de calor.

Para decir verdad éramos felices, nuestro porte llamaba la atención a los caminantes, nuestras enormes copas ovaladas permitían acarrar grandes  rebaños de ovejas, pastores, gañanes, vaqueros, porqueros, nos utilizaban como comedor, sometiéndose a posteriores siestas reparadoras, aprovechando nuestra sombra de primera calidad.

Un día llegaron bastantes señores desconocidos por nosotras, hablaban de parcelas, de vallas, de caminos…no entendíamos nada. Lo entendimos cuando las motosierras comenzaron a cortar a diestro y siniestro nuestras ramas, quedándonos como patos chapuzados. Era el momento de nuestra separación, las ramas quedaron separadas por mucha distancia, ya no podíamos compartir nada, cercadas por alambre de espino, en medio, el camino acotado.

Muchos disgustos para dos hermanas de mucha edad. Nuestra fortaleza hizo que  pronto nuestras copas fueron adquiriendo forma, una forma caprichosa impuesta por los destrales para evitar encontrarnos.

Esta mañana, al rayar el alba, un gran revuelo de máquinas, me hizo presagiar lo peor. Monstruos de cuatro ruedas, monstruos con cadenas, hombres uniformados, dirigiendo a este ejército con todas las ventajas a su favor, lanzaban órdenes como dardos para derribar rápidamente el mayor número posible de encinas. Un huracán sin viento. Un ciclón con muchos  caballos de de vapor. ¡Terribles máquinas monstruosas!

Vi caer a mi hermana, cómo su enorme cepellón, subió del suelo a la vez que sus ramas topaban con él. Adiós hermana, amiga, compañera, adiós copa cenicienta de atardeceres rojizos, adiós copa blanca de nevadas ocasionales, adiós ramas de curvas caprichosas por donde los niños trepaban, comían la merienda, adiós bellotas dulces que eran de las más cotizadas por los cerdos en la montanera, adiós gran casa, refugio de animales, pastores, vaqueros, gañanes y últimamente de domingueros.

Tu leña, de árbol caído a traición,  calentará hogares, pero de forma deshonesta. En tu solar descarnado, abandonado, irreconocible, ha quedado una cicatriz  que supura  nostalgia.

Imposible cerrar la herida ante tanta barbarie, aunque las máquinas allanen el terreno, tu cicatriz siempre se manifestará de alguna forma.

La valla del camino esta vez me ha salvado. Incongruencias de la vida. Me he quedado huérfana, quizás hubiera sido mejor que la máquina me hubiese llevado por delante. Tal vez pronto empiecen por mi parcela.

Intentaré agarrarme al suelo con todas mis fuerzas para reivindicar y homenajear a todas mis compañeras muertas  violentamente. Soy de las más viejas, con mi tronco robusto intentaré defender a todas las que de momento nos hemos salvado de la quema…

Para terminar, hoy quisiera gritar a los cuatro vientos:

Adiós hermanas

encinas amigas,

se han llevado por delante

muchos siglos de historia,

a un monte azulado,

 a la estrenada primavera,

Huérfanas dejáis

a las abejas sin flores,

a pastores sin sombra,

a cebones sin montanera,

a hogares sin calor,

al viento sin barreras.

Enorme cicatriz en el terreno

de aspecto lunático, dejáis.

Difícil que crezca la hierba,

difícil que extraigan mineral

de una tierra enriquecida

con cascabillos y hojarasca,

herida por máquinas inhumanas.

Adiós paisaje de encinas,

adiós pardos encinares,

adiós polinizadora candela,

adiós troncos retorcidos,

adiós ramas caprichosas,

adiós meriendas y siestas,

adiós ramoneo de vacas y cabras.

Os llevan por la fuerza,

con ruido y violencia,

pero no conseguirán

llevar vuestra memoria.

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CASTELO MENDO, DONDE LOS RELOJES NO MARCAN LAS HORAS

CASTELO MENDO, DONDE LOS RELOJES NO MARCAN LAS HORAS

Desde Vilar Formoso,se puede llegar hasta Castelo Mendo por la vía rápida o utilizando la vía lenta. Por la primera transitan aquellos que sus relojes le marcan las horas puntualmente, siendo su tiempo siempre limitado. La vía lenta discurre por la antigua carretera que hace años recorrerla se convertía en un viaje interminable.

Aunque ha mejorado bastante, conserva su viejo trazado de curvas y más curvas, que no permiten alegrías de velocidad. En cambio sí que permite alegrías emocionales, al poder disfrutar pausadamente del paisaje, del impresionante valle del Coa, al que se le ha añadido el espectacular acueducto por donde pasan los vehículos a grandes velocidades. Los pocos que que utilizamos esta carretera aquella mañana de mayo, con un cielo azul espectacular éramos viajeros con el tiempo enlentecido, autocaravanas, salvo algún repartidor desesperado por adelantar en una carretera con muy pocas opciones para ello.

Al dejar la carretera principal, pronto te sorprende la vista de Castelo Mendo, levantado sobre una pequeña colina, sus casas reformadas, de tejados nuevos de color rojizo, asemejan las uvas de un gran racimo.A falta de gente, nos reciben unas cabras con sus chivos a la puerta de entrada. Las cabras con llevan atadas una pata delantera con una trasera, con el fin de que controlar sus andaduras, esto me recuerda que en mi infancia se le hacía a aquellos animales con conductas difíciles. Estaba claro que llegábamos a un pueblo donde el tiempo quedó  en “stand by” hace mucho.

Dominando la colina, mirando hacia el valle del Coa, el pueblo está rodeado de colinas tapizadas por encinas y alcornoques. Traspasada la muralla, sorprende gratamente la restauración y conservación del pueblo, respetando su arquitectura, dominada por el granito. A pesar de de la poca distancia que separan los pueblos a ambos lados de la raya, las diferencias entre los pueblos españoles y portugueses son muchas, entre ellas destacan el blanco de sus paredes,, la conservación y las flores que adornan casas y calles. Desgraciadamente les une la falta de personas que habiten en ellos.

Habitantes sí que debió tener el pueblo tiempos atrás, a juzgar por las casas y especialmente por las iglesias. Sus casas a las que se accede mediante una escalinata que lleva al porche de entrada, tienen sus ventanas con su cerco perfectamente encalado, sus números todos iguales. El impresionante rollo de la plaza y sus iglesias, junto con sus callejuelas, dan juego para hacer una visita interesante por su pequeño casco histórico.

En la parte alta, las ruinas de las murallas, permiten otro paseo con buenas vistas del valle y los altozanos. El Jálama ofrece una vista distinta, al cono familiar le ha salido una protuberancia: el nuevo camino que este verano descubrimos.

No hay tiendas, ni servicios, un bar que debe funcionar los días de guardia, por lo que los pocos vecinos se las apañarán con las furgonetas ambulantes o viajando a otros pueblos más grandes. En estas condiciones es difícil que la gente se quede a vivir en los pueblos, a pesar de su belleza, de que Mario Soares, siendo presidente de la República vino a visitarlo.

Un camino muy bien señalizado, nos llevó hasta el río Coa. Discurre entre huertos, algunos muy bien atendidos, donde vimos a un vecino con muchas cosechas a sus espaldas, preparando el terreno para la siembra de una nueva. Al terminar los huertos, las encinas y alcornoques se adueñan del paisaje, poco a poco,el pueblo se va alejando ofreciendo una bella vista al fondo del valle, con sus casas blancas de tejados rojos.Las ruinas de un antiguo convento, con su abandonada huerta, nos indican la proximidad de la pequeña vega, fértil en su día, hoy matorrales y zarzas campean a sus anchas.

No lleva mucha agua el Coa, pero son aguas cristalinas, que al pasar entre canatos rodados provocan corrientes y murmullos, que hacen la meta del camino un trofeo espléndido. Es el río de los grabados prehistóricos, un río que nace muy cerca del Águeda y que quiso hacer otro camino, para luego unirse de nuevo a él.Contemplando el valle, pienso que debió suponer un plus de inspiración a aquellos pioneros del arte, que dejaron su obra en las rocas de su orilla.

 

TEJIENDO UN TAPIZ

La naturaleza y la estética, casi siempre van de la mano. Cuando las circunstancias se lo permiten, nos sorprende con imágenes originales de gran contenido estético. Es lo que nos ha ofrecido estos días el río Águeda, que al tener que amarrar su enorme flota procedente de los chopos, en la aduana-rejilla de La Concha, la ha ido depositando clasificándola por capas de colores y textura, tejiendo un tapiz que no ha dejado indiferente a muchos de los de los que caminamos por su orilla.