SOL DE OTOÑO

Llegó  cansado de tanto lanzar rayos perpendiculares que se colaron hasta las entrañas de la tierra, después de derretir su dosis  del poco hielo de los polos, habiendo achicharrado plantas que a duras penas sobrevivieron, recluyendo a  los mayores en sus casas para protegerse del temido golpe de calor. El pasado verano lo hizo de lo lindo, con ganas, sin dejar tregua, ni dar un respiro.

Por tanto, cuando llegó el 23 de septiembre, el sol fue recibido  con los brazos abiertos. Al fin, sus rayos inclinados rebotarían gran parte de su luz y calor otra vez a la atmósfera. Su luz consiguió  penetrar a través de las ventanas, iluminando las estancias sin tener que bajar las persianas a plena luz del día.

Su calor más suave, ha ido madurando la fruta lentamente: manzanas, calabazas, membrillos, granadas, higos, uvas… han sido empapados  lentamente de sol de otoño, para transformarse en delicias de sabor, olor y color. Es el sol otoñal un sol especial.

Al mismo tiempo, las hojas de los árboles se convierten en flores antes de caer al suelo, decorando montes y valles  con un impresionante abanico de colores. Su luz está jugando en los amaneceres y atardeceres con el cielo, las aves viajeras forman  en el cielo composiciones de todo tipo, regalándonos imágenes de gran belleza.

Si la lluvia le acompaña, este sol borra pronto el estío y sus secuelas, tapizando de verde el campo, donde de repente, aparecerán las setas para añadir una nueva paleta cromática, ésta aún más impresionista.

Que algo está pasando en la naturaleza, lo sabemos, el sol de este otoño ha seguido con fuerza, nos hemos olvidado de los típicos veranillos otoñales. Sin lluvia durante tantos meses, los árboles a duras penas están aguantando la sequía, parece que esto ya se está convirtiendo desgraciadamente en una situación normal.

El retraso en la llegada de las heladas, ha permitido que este otoño esté siendo especial, lleno de un colorido que aguanta, porque las hojas se han ido cayendo lentamente, ante la ausencia de vendavales otoñales, todo iluminado de la luz de un sol, al que pocos días se le han interpuesto las nubes. Dentro de la angustia de tanta sequía, de tanto camino polvoriento, de tantos árboles secos, podados antes de tiempo y otros sencillamente talados, hemos podido disfrutar de las imágenes otoñales en cualquier momento y lugar.

Caminando  por las orillas del Águeda, del Tormes, con reflejos imposibles bajo cielos de azul intenso. La ruta del agua sin agua en Mogarraz, era la ruta del sol, haciendo unos efectos maravillosos en las laderas del tupido bosque. En Miranda, las cortinas de viñedos aguantan sus hojas más de la cuenta, en las orillas del Duero en los Arribes, los chopos marcan una fina barrera amarillenta entre el agua y la tierra,  la nieve de la sierra de Béjar desprende una luz cegadora, en laderas rocosas de Gredos se reflejan nítidas en la laguna, cristales de hielo ante la gran amplitud térmica.

Algo se está moviendo en la atmósfera desde ayer, el viento ha girado, sopla del sur. Anunciaban lluvias para estos, pero la borrasca a última hora parece que no conseguirá entrar de lleno en tierra firme,¡qué desilusión! Seguirá sin tener tregua el sol de otoño, no descansará. Al campo, a la contaminación de las ciudades, te tocará esperar y ya es mucho esperar a que lleguen las lluvias, las nubes, que llevan tanto tiempo desaparecidas.

Mientras eso acurre, el sol del otoño mantendrá guardada su sinfonía de color después de la lluvia. Poco a poco terminará acostándose en el horizonte, se marchará, dejándonos con la crudeza del invierno.

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TRAS LAS PRIMERAS NIEVES

Cuando aún caminábamos en mangas de camisa y pantalón corto, anormalmente para ser noviembre, una caída brusca del mercurio, nos congeló de golpe a todos. La escasa lluvia de  la semana pasada, nos llenó de falsas esperanzas, fue visto y no visto, dejando tras de sí el frío otoñal y nieve en las cumbres.

Aprovechamos el martes pasado para subir a la montaña. Poco a poco, la exploración del Sistema Central, la estamos desplazando hacia el este. Era el momento de conocer la sierra de Béjar, esa mole inmensa, divisable desde gran parte de la provincia, no en vano ahí está La Ceja, su mayor elevación. Como no podía ser menos, si se quiere disfrutar de la montaña y el paisaje, hay que salir a buscarlos, cuando se vive en entornos urbanos. Hay que recorrer distancias,  que a medida que te vas acercando a tu destino, te aumenta la adrenalina, deseando cuanto antes iniciar la subida.

Llegar a Candelario, siempre es motivador, con razón lleva orgulloso el galardón de ser uno de los pueblos más bonitos de España. Una confusión a la salida del pueblo, nos llevó por una carretera de postal. Tres kilómetros de ida y vuelta con el otoño desplomándose en forma de castaños centenarios que formando un túnel soltaban infinitas hojas para tapizar el asfalto. Una vez más no hay bien que por mal no venga.

Aparcamos el coche, al bajar el frío intenso se hacía notar, por primera vez este año veíamos la manta blanca bajo un cielo completamente azul, el raso de la noche había hecho su trabajo.

El ascenso hacia el Calvitero conlleva bastante astucia, sentido común y equilibrio, ya que se disponen de varios caminos: empinados par los que no quieren marear la perdiz, de ida y vuelta para los que se lo toman con tranquilidad, los que se dirigen al este, al oeste, los que te permiten hacer crecer hitos descomunales,…gracias a ellos se vaya por donde se vaya, te permiten ir ascendiendo, sorteando de la mejor manera primero los pitronchos tiznados  por el fuego, después las espesas retamas pegadas a ras de suelo y al final los enormes peñascales.

La realidad a veces qué distinta es a cómo te la imaginas. Llegaba pensando que me encontraría con una subida más organizada, señalizada, topándome con una completamente anárquica, que por supuesto tiene su encanto aventurero. Alcanzamos bien la cima, después de saborear ricamente las enormes vistas que se alcanzan subiendo.

A pesar de subir por la abrigada, de vez en cuando se colaban ráfagas de un viento helador, anunciándonos lo que nos esperaba al llegar a la cumbre. Un poco antes, el suelo helado dejaba constancia del frigorífico-congelador de la noche. La escasa agua de la las últimas lluvias se había transformado en carámbano, a lo lejos divisamos por primera vez la nieve, con razón el agua cristalina de la fuente bajaba heladora.

La cumbre de esta sierra es un enorme salón-mirador con ventanas abiertas a los cuatro puntos cardinales, justificando de sobra la larga y pedregosa subida serpenteante. Hacia el este surge Gredos, macizo imponente ya con las cumbres teñidas de blanco nieve, lo mismo que la Ceja que tenemos de frente. Pisamos por primera vez la nieve, una sensación siempre estimulante, su  sonido amortiguador en las botas, queriendo ser atrapadas, dejando la huella clara y limpia. Un  cielo azul, limpio llenaba de luz el inmenso horizonte que divisábamos.

La nieve  es un maravilloso pincel, que en un plis plas decora el paisaje con toques de gran expresividad, especialmente cuando estás en un entorno montañoso con sus cumbres blancas. Así estaba la Ceja, adueñada de la mayor cantidad que por ello tiene la máxima altitud.

Ladera abajo, un sendero serpenteante lleva hasta las lagunas del Trampal que ocupan socavones de la fractura del terreno, un alivio medioambiental en medio de tanta aridez. Sol, agua, nieve y cielo azul intenso, configuran un espacio de gran belleza.

De regreso, a medida que iniciábamos el descenso, la nieve agazapada en la brigada hacia el norte resistía con la ayuda de la helada. El sábado aún aguantaba las altas temperaturas, era visible desde Mogarraz. Esperemos que esta a primera visita le sigan otras con nevadas copiosas que cubran cumbres y valles, llenando la mejor despensa de agua que tenemos. Y por supuesto, que no sea necesario subir tanto para dejar sus huellas en ella.

EL MISTERIO DE LAS TORMENTAS

Cuando viajas, por mucho que intentes reducir el equipaje, siempre llevas a cuestas la mochila de tus recuerdos. Quieras o no, la realidad que tienes delante de los ojos, se mezcla con tu experiencia, rescatando de  la memoria imágenes guardadas, muchas de ellas empolvadas por el paso del tiempo, pero que  de golpe y porrazo las tienes delante de ti.

Mientras pedaleaba camino de La Atalaya, el cielo se iba llenando de nubes blancas, cumulonimbos que según soplase el viento, se hinchaban, se esfumaban, se coloreaban de gris, se oscurecían anticipando la tormenta que se formaría por la tarde.

Son las tormentas un fenómeno meteorológico que no deja indiferente a nadie, bastante temidas por los estragos materiales, a veces humanos, que van dejando a su paso. ¿Qué ocurre en la atmósfera para que se formen estas nubes cargadas con electricidad?

Un misterio, suele amanecer despejado, como esa mañana, los días tormentosos. Poco a poco, comienzan a formarse pequeños cúmulos blancos, de formas caprichosas, que en cielo azul intenso, hacen las delicias de la vista. Es el viento del este, el que consigue a gran ritmo que crezcan las masas de algodón, pero ha de ocurrir algo especial, para que de golpe y porrazo, en un abrir y cerrar de ojos, una de ellas comience a oscurecerse y convertirse en el germen de la tormenta.

Siempre me pareció ese pequeño punto negro como la levadura del pan, pues en muy poco tiempo, toda la nube reacciona a gran velocidad, devorando a todas las nubes que tiene a su alrededor. Eso sí, si el viento se cambia, en un plis plas ese embrión desaparece. Parecía el cielo esa mañana un verdadero galimatías de nubes, unas subían hacia arriba, otras en forma de animales que escapaban de sus depredadores, árboles que cobijaban en sus ramas a peces despistados, caminos que se precipitaban al vacío antes de desaparecer,…

Mi memoria me advirtió, que a pesar del cambio climático, la formación de las tormentas sigue el mismo proceso que hace años contemplaba en el campo, donde realmente las tormentas impresionan. A lo largo del recorrido, varias veces intentaron nubes aisladas formar la tormenta, pero aún no debía haber las condiciones eléctricas adecuadas, pues rápidamente desaparecía la amenaza. Gracias a ello, pude disfrutar de un cielo espectacular.

Por toda la sierra, especialmente por La Canchera, ascendían vellones de algodón, quedando merced al viento, que jugueteaba con ellos, hasta desplazarlos hacia el oeste. Como casi siempre ocurría, por estas tierras, las grandes tormentas se forman en la sierra, especialmente en la Peña de Francia. También ese día, después de tantos intentos, la tormenta prendió en el este. Cuando regresaba, desde el monasterio de La Caridad, los nubarrones negros tenían ya bastante entidad, cubriendo en una hora el cielo de Ciudad Rodrigo.

Desde nuestra infantil ignorancia, las tormentas serían atraídas por el teso María de la O, que guardaba elementos misteriosos, aparcándose sobre su cima, para sobrecogernos con sus relámpagos y truenos, que enmudecían y oscurecían el valle del regato. Son las tormentas en el campo un espectáculo impresionante, especialmente de noche, donde los relámpagos culebrean en la oscuridad, lo difícil es tener serenidad  para contemplarlas.

Cobijados en la casa, desde la pequeña ventana, de reojo, hacíamos su seguimiento, viendo su poder devastador, que luego comprobaríamos in situ, cuando comenzaba a amainar. Fruta en el suelo golpeada, campos anegados, nabos recién sembrados que había que volver a resembrar, cosecha esperando la siega trillada sin pasar por ella, albañales tupidos, corrales convertidos en piscinas. En la ciudad árboles podados antes de tiempo, locales inundados, calles con balsas de agua, tiendas encharcadas, sirenas y  alarmas, ocupando el espacio visual-sonoro dejado por los relámpagos y los truenos.

Apenas aparezca una lejana posibilidad de que se forme tormenta, en muchas personas crea sensaciones de ansiedad y zozobra, agarrándose a muchos amuletos para conjurarla, especialmente las oraciones a Santa Bárbara. Como siempre, en medio de la tempestad, aparecían conductas altruistas que arriesgando, lanzaban bombas para romper la carga eléctrica de las nubes. A veces lo conseguían.

Su halo misterioso debe hacerlas  difíciles de doblegar, de poder canalizar, de rentabilizar su enorme cantidad de energía. De momento el pararrayos de Franklin sigue siendo el mejor invento para estar a salvo de sus rayos mortíferos.

TRAS EL OTOÑO ENTRE LAS HUERTAS

Al fin la lluvia había hecho acto de presencia, eso sí tímidamente, un poco asustadiza, explicable, después de tantos meses desaparecida. El agua y el viento de la mañana limpiaron una atmósfera saturada de mucha basura volante, dejando la tarde radiante de luz y contrastes.

Era el primer día otoñal, de un otoño hasta ese día desaparecido, estaba claro que había que salir a su encuentro. Afortunadamente, no hace falta desplazarse demasiado en nuestra ciudad, para encontrarlo. Asomarme al gran mirador de la batería esa tarde fue empaparme de un otoño que al fin despertaba, después de llevar mucho tiempo sumido en profunda siesta.

Comenzaba desde las alturas una ruta que me llevaría a disfrutar del otoño, desde la inmensidad de la maravillosa vista que se alcanza desde ahí, hasta contemplar pequeños detalles otoñales perdido por caminos y roderas que sortean huertos y huertas a la orilla del río. Muchas tonalidades de color se divisan de este a oeste, siguiendo el curso del río, la sequía también ha marcado sus tiempos biológicos en las plantas, que han resistido como han podido la falta de agua. Mientras se observan choperas de color verde intenso, hay otras que apenas le quedan algunas hojas amarillentas en lo más alto de sus copas, componiendo preciosas imágenes de postal. A las de La Moretona y Las  Tenerías no les dio tiempo para ponerse su traje otoñal, antes de que llegase la guadaña-sierra, llevándose por delante una de las imágenes otoñales más bellas.

Tendrá que ser así, los técnicos lo sabrán, habría muchos enfermos, pero llevarse a hecho tantos árboles en estos tiempos que tanta falta hacen, como que cuesta comprenderlo.

Impresionante vista se contempla desde el puente, al mirar hacia la pesquera con la sierra al fondo. Las huertas de la Artesa, han sufrido una adaptación a la modernidad, mostrando una cara de ocupación y mantenimiento que no se encuentra en otras zonas, la cercanía del río adorna de manera especial el trayecto hacia la autovía.

Caminando por los viejos caminos que aún se conservan, de vez en cuando te sorprende esta estación a derecha e izquierda. Puede ser  un peral cuyas ramas caprichosamente han enrojecido unas y amarilleado otras, un ciruelo bicolor, con hojas amarillas y verdes, que aparece despistado en su camino otoñal. La luz ilumina de golpe las hojas de un chopo nacido a la orilla del camino, las parras abrazan las casetas de herramientas con guirnaldas naturales, unas patacas florecidas reivindican su primavera, es el otoño más hortelano.

Son la autovías enormes cicatrices que cercenan dividiendo huertas y caminos, acercan pueblos unas veces, pero también separan y rompen caminos, fincas y senderos. A pesar de haber crecido por estas tierras, hay momentos de duda acerca de qué se corresponde con cada espacio.

Desde la Torrecilla, la ciudad iluminada por el sol de la tarde muestra la mejor cara. Los pocos nogales que quedan, la mayoría de gran porte, amarillean de lo lindo, las granadas brillan como lámparas incandescentes, dentro de un bosque de ramas. Una enorme parva de manzanas traza un círculo perfecto bajo el árbol, está claro que nadie quiere la fruta irregular, con coqueras, arrugada, golpeada,…pero con un sabor que es un delito desperdiciar.

Llego  hasta territorio familiar, las huertas de Pedrotello. Cruzadas por el regato de Bodón adquieren en otoño un encanto especial. Chopos, mimbreras, fresnos, cañaverales, sauces,  vestidos de un otoño precipitado destacan sobre las laderas del teso cubierto de encinas.

Grandes calabazas aborregadas se extienden sobre el suelo decorando tierras la mayoría estériles, donde los cenizos y estramonios resisten como pueden la pertinaz sequía. Un poco más arriba, en el barbecho los palitroques de los hinojos de color amarillo verdoso, custodian un terreno que parece no tener dueño.

Apenas quedan caminos, roderas, lindes que unían huertas, hay que moverse obligatoriamente a través de las pistas de tierra paralelas a la autovía. Va cambiando el paisaje según avanzo por el sendero del canal hacia el oeste. La última luz del día enciende las hojas de las choperas que cada vez ralean más, a causa del azote del viento.

Membrillares abandonados de la mano de Dios, cargados de membrillos, rompen un paisaje demasiado falto de actividad. Apenas unos maizales, listos para cosechar, pequeños huertos familiares con las últimas hortalizas aún produciendo ante la falta de hielos, certifican que hay presencia humana.

Regreso por la vereda a orilla del río, las bandadas de tordos se mueven con gran algarabía buscando acomodo nocturno, quizás estén celebrando la vuelta de la lluvia. Por ahora cuatro gotas, incapaces de formar charcos, ni dar tempero a estas tierras para iniciar la sementera. Subí de nuevo a la batería para ver la puesta de sol otoñal y así poner broche final a una ruta cercana, que demuestra que a veces, no hace falta ir tan lejos. Hay que empezar disfrutando de lo que tenemos al lado, siendo para muchos desconocido.

SEQUÍA:¿HASTA CUÁNDO?

El tiempo meteorológico siempre anda desencajado, sin acomodo, en boca de todo el mundo y pocos  están conformes con él. Y esto ha sido así siempre, aunque últimamente el nivel de desencuentro esté subiendo muchos enteros, además se está creciendo, por lo que si nadie lo remedia, el tiempo se convertirá, si ya no lo es en el gran protagonista de nuestras vidas.

Que se lo digan a las cadenas de televisión, que se han adueñado de nuestro personaje, protagonizando uno de los espacios con mayor audiencia. Lo recrean con mapas de todo tipo, de estadísticas, gráficos, fotografías, vídeos, dejando las previsiones para el final, como para entretener a los espectadores, antes de escuchar el diagnóstico, muchas veces no fiable y que pocas veces contenta a todos. Quizás por ello, los hombres y mujeres del tiempo han de ser actores más que meteorólogos, para hacer más digerible el diagnóstico. ¡Qué distintos de los hermanos Medina! Anunciaban el tiempo lo mismo que Arias Navarro anunció la muerte de Franco.

Llevamos ya mucho “tiempo”, que su uso como recurso “link” en las conversaciones de la calle, en los medios, está más que justificado. Ya son bastantes meses que las predicciones meteorológicas pronostican las mismas recetas o parecidas en la mayor parte del mapa peninsular. Soles, algún que otro huevo frito sin mayor incidencia, ausencia de lluvia, alguna nube despistada que termina devorada por los soles amarillentos y para terminar todo aliñado con temperaturas elevadísimas, siempre por encima de la media del mes correspondiente.

Ello ha provocado una sequía de dimensiones enormes, con tantos frentes abiertos, que está provocando grandes estragos en el equilibrio de nuestro ecosistema, rompiendo demasiados eslabones de la cadena vital. Vivimos en una zona de la península donde las sequías constituyen una seña de identidad del medio ambiente. Todos los que ya llevamos una mochila cargada de años, recordamos años de sequía muy dura, que se llevaba por delante la cosecha, sequía que seguía campeando tranquilamente a pesar de que subíamos a la plaza  a hacer rogativas a San Isidro Labrador. Muchas han sido las sequías que acompasadamente en el tiempo hemos tenido que ir superando, siempre con medidas excepcionales para tapar la hemorragia, nunca para curar la herida.

Pero esta sequía que padecemos ahora está tomando tintes de ser una sequía descontrolada, a la que se le han ido sumando muchos factores para enquistarla permanentemente en nuestro devenir. Justificada siempre bajo el paraguas de: “esto siempre ha pasado”, “el tiempo está loco”, “siempre llueve sobre mojado”, las administraciones atajan la sequía con declaraciones de zonas catastróficas, quedan muy bien entregando migajas a pueblos y comarcas sedientas, que dependen del camión cisterna de turno para tener agua para beber.

Somos afortunados los vecinos de Ciudad Rodrigo, podemos abrir el grifo cuantas veces queramos y sentir el sonido del agua al correr, al regadío le sobra agua. Pero esto no nos debe, para nada, hacernos desentender de este problema global. La atmósfera está saturada de contaminación que todos contribuimos a aumentar, la basura parece competir en calles, cunetas como auténtica recordman olímpica, los coches no tienen sosiego, para las bicis nunca es el  momento, quizás con pequeños gestos sumados, podríamos para empezar, desplazar el anticiclón de las Azores, para que se abra la puerta de entradas a las ansiadas borrascas.

Cuando escribo esta humilde reflexión, observo  en el aire rumbos distintos, me llevan a la conclusión que  barrunto lluvia, ojalá esas nubes aún estériles traigan agua, pues llevamos demasiados meses que las nubes pasan de largo, la lluvia solo es de estrellas, de arroz, de millones, ácida, radiactiva, de críticas, dejándonos con la miel en los labios, sin esnifar el olor a tierra mojada.

RIO FRANCIA
Desolador el río Francia a su paso por Miranda

UNA SUBIDA HACIA EL CIELO

Viajar hacia el este a primeras horas de la mañana, cuando al sol otoñal le cuesta alzar el vuelo, es una tarea más complicada que la que normalmente te espera al finalizar el viaje. Viajábamos hacia El Maíllo, el sol inundándonos el habitáculo con sus rayos. Conducir en esas condiciones, requiere una gran concentración, no pudiendo disfrutar plenamente de un camino siempre muy interesante, con toda la sierra a tu derecha.

Un alivio dejar aparcado el coche, coger la mochila y enfilar el sendero para ascender a La Peña de Francia por la ladera norte. Arranca el camino en los restos de la Casa Baja, convento que los frailes tenían para invernar, cuando la nieve hacía presencia en las alturas. La ruta perfectamente señalizada, se adentra pronto en el monte de robles y pinos albar, con el suelo tapizado por helechos.

Caminamos ascendiendo hacia el sur, los rayos del sol se cuelan entre las ramas, produciendo contraluces variados, las telarañas tejidas por la noche, recubiertas con pequeñas gotas de rocío, señalan los límites de la presencia humana, más de una cinta cortamos en nuestra ascensión. La sequía se deja sentir en esta ladera, situada a la umbría, los cauces de las torrenteras vacíos, los helechos luchan por abandonar su verde intenso lentamente, para pintar de color el paisaje. Muchos no resisten, están secos, de color marrón apagado, clara señal de que la vida sin agua deja a muchos tirados en la cuneta.

Poco queda de aquel antiguo sendero zigzagueante, empedrado, por donde subían y bajaban los monjes según la estación. Por la pendiente de algunos repechos y su estrechez, cuesta comprender que subiesen frailes con hábitos hasta los pies y estómagos por debajo de la cintura. Seguro que confiaban en los milagros, más de uno debió recurrir a ellos para realizar el trayecto.

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DONDE EL DUERO SE ENTREGA AL MAR (Por tierras de Portugal)

Me imagino la cara que se le pondrá un día sí y otro también a los pasajeros que llegan diariamente a la estación de San Bento de Oporto para ir a trabajar. Turistas solitarios, por parejas y especialmente agrupados en torno al guía que muestra su señuelo, ocupan todo el espacio del maravilloso vestíbulo, por donde han de cruzar estos trabajadores, que como en todas las grandes ciudades llevan tras de sí su espada de Damocles: la falta de tiempo.

Difícil de resolver este dilema que plantea en muchas ciudades el turismo. Las masas humanas, cual enormes riadas vamos invadiendo las aceras, las calles, las plazas, para movernos lentamente, por espacios urbanos que han sido literalmente tomados por los turistas.

El fenómeno si lo has ido observando en una ciudad poco a poco, a pesar de lo que supone, no es tan impactante como cuando vuelves a una ciudad después de un tiempo y compruebas que aquella ciudad que conociste ya no la reconoces.

Quizás fuese Oporto una de las ciudades más impactantes para mí cuando llegué a ella hace 40 años. Una ciudad con tanta riqueza arquitectónica, con tantos contrastes, con tantos tonos de colores, con tantos olores, con iglesias de fachadas azulejadas, mostrando su mejor cara a un río que llega ahí arrastrando mucha cultura, con tanta riqueza y miseria conviviendo de la mano.

Entonces, apenas sin turismo, alejada de grandes circuitos, pero desde la última visita cuestión de 12 años, la ciudad sufre diariamente la invasión de los turistas que recorren sus calles como serpientes, deambulando, llevadas por el influjo de la marcha, pero la mayoría lo hacen sin disfrutar la ciudad. Y no disfrutan porque para ser turista de verdad hay que estar entrenado, preparado para aguantar horas caminando de pie, las inclemencias del tiempo, a esperar,.. Y esos días en Oporto, había demasiadas colas para esperar, demasiados restaurantes llenos para probar una francesinha, demasiados espacios abarrotados, colas para entrar en la librería Lello, para tomar café en Majestic, subir a la torre de Los Clérigos, para cruzar andando el Duero, atascos kilométricos en el puente de la Arrábida, …

Llegamos a la ciudad, empapados de los maravillosos paisajes que ofrece el Duero con las vides tapizando sus laderas, llenas de un adelantado colorido otoñal. El agua apenas sin velocidad, cargada de tanta cultura arrastrada desde Soria, parece querer retardar su entrega al Atlántico. Mucho choque al entrar en una ciudad repleta de coches, con demasiada velocidad recorriendo sus calles.

El viaje por el Duero, adquiría si cabe ahora más belleza aún en nuestra memoria. Recorrer desde Viseu una autopista apenas sin coches, te permite disfrutar del paisaje constantemente ondulado y forestal que llena todo Portugal, desgraciadamente año tras año quemado. Hasta 15 incendios contabilicé desde Vilar Formoso hasta Lamego, unos pequeños, otros habían dejado una gran mancha tiznada en las laderas verdes, trayendo a la memoria el gran incendio de este verano, tierras al sur.

Me imagino que la gran mayoría de ellos han sido provocados. Cuesta entender este tipo de comportamientos en una población tan sensible, si no hubiera detrás unos claros intereses económicos. Han sabido los portugueses adaptarse al progreso, conservando gran cantidad de su acervo cultural, tanto a nivel arquitectónico, de gastronomía, de tradiciones, quizás esté siendo éste el reclamo para que esté atrayendo a tanta gente del arte y la cultura que han decidido fijar aquí su residencia, el último Muñoz Molina. Viajando, caminando por ciudades y pueblos, te sorprenden muchas cosas auténticas, las artísticas aceras y calles de adoquines (en cualquier otra parte, la máquina se las habría llevado por delante).

Pero ante todo está el trato humano. Llegamos hasta la iglesia de San Pedro de Balsemao, por un camino estrecho, entre viñas, en bancales y mucha vegetación, bordeando un pequeño río que desemboca en el Duero. Sorpresa agradable cuando la distancia prevista parece estirarse, el camino no llega a buen puerto y de repente te topas con la iglesia que buscabas, sin previo aviso. Pero más agradable fue la explicación de una señora voluntaria que de forma altruista nos explicó esa coqueta joya visigoda con todo tipo de detalles, son cosas que ocurren en Portugal.

Y la mayoría, entendiendo y chapurreando bastante bien el español, nosotros estando siempre en fuera de juego. Preguntar es una delicia, se desviven en las oficinas de turismo, en la calle, un jubilado quiso subirse al coche para llevarnos donde pretendíamos, ahí tienen GPS humanos con más sensibilidad que los tecnológicos.

Tiene Portugal en los pueblos y su paisaje un reclamo importante para los viajeros, ojalá den con la solución ideal para compatibilizar el turismo y equilibrio, especialmente ahora que este país empieza a estar de moda. A nivel político están dándonos una lección de cómo se puede trabajar en equipo, dejando al margen posturas enfrentadas, los resultados están siendo evidentes. Esos días había campaña electoral, mucho ambiente y participación de militantes, en un tono alegre y festivo, especialmente respetuoso.

En este viaje, nos prendaron Amarante, Lamego, Mateus, Vila Real, cada uno con una historia detrás, muy marcada por la cultura del vino y el Duero, muy bien utilizada para atraer a los viajeros. De todos ellos sobresale Amarante, cruzado por el río Támega, es un ejemplo de integración perfecta del río en la ciudad, el otoño que ya hacía sus pinitos, nos dejó unas imágenes espectaculares de la ciudad. El museo de Souza Cardoso, pintor contemporáneo de Picasso, completa una interesante oferta cultural.

Pero como todo en esta vida, también Portugal debe hacer deberes para mejorar la atención de los que allá vamos, especialmente el sistema de pago de las autovías. Entras en el país cargado de ilusión y la primera parada para introducir la tarjeta de pago, te baja a la realidad, no hay forma de que la máquina lea nada, será el idioma. A pesar de ello, en ese espacio tan desangelado, solos ante la máquina, recibimos la primera ayuda sincera de un viajero. Volveremos, a pesar de ello.