SOLIDARIDAD CON MAYÚSCULAS

Iba camino del supermercado que me habían adjudicado, caminaba bajo un aguanieve que de golpe y porrazo se presentó sin avisar. El frío húmedo se colaba por todo el cuerpo, a pesar de ello, mis pensamientos, seguían centrados en la misión a la que me iba a enfrentar.

Por primera vez, iba a colaborar como voluntario en la gran recogida de alimentos. Mis recuerdos me llevan hasta la mili, donde siempre estaban pidiendo voluntarios que no salían y terminábamos saliendo siempre forzosos. Quizás, sea por ello, por lo que el voluntariado aún tenga ciertas connotaciones cuartelarias, es más,  muy pocos hacían la mili voluntarios, la mayoría forzosos.

Mis pensamientos se centraban en cómo iba a ser capaz de responder ante una tarea a la que me había ofrecido como voluntario, y tan sólo sabía dónde presentarme y no habría nadie para explicarme mi cometido.

Como suele ocurrir, la realidad siempre es mejor que la ficción. Nada más llegar, pude comprobar la buena organización de la actividad, de forma sencilla, en un folio estaban recogidas las instrucciones a tener en cuenta por los voluntarios.

Con el chaleco identificativo puesto, empiezo mi tarea. La tarde fría, la hora de la siesta, un supermercado con mayoría de clientes ya mayores, me permiten realizar mi trabajo de recogida de forma tranquila, sin agobios, pudiendo conversar con muchos de los que generosamente entregaban sus productos.

En un mundo donde las noticias negativas forman un enjambre siempre a nuestro alrededor, que difícilmente nos lo quitamos de encima, poder comprobar cómo esa tarde constantemente delante de mis ojos iban pasando escenas encantadoras, positivas, todas ellas bajo el sello de la SOLIDARIDAD, es algo muy especial.

Ordenando en las cajas correspondientes los alimentos, no podía menos de pensar en los posibles destinatarios de esta campaña. Cuesta entender, cómo siendo España uno de los países ricos –al menos de eso presumen nuestros dirigentes- que pueda haber una bolsa de pobreza tan grande, que no para de crecer, con muchas personas, sobre todo niños, que no tienen nada para comer. Qué labor tan impresionante hace el Banco de Alimentos junto con otras ONGs para que puedan tener lo mínimo: el alimento.

¿Dónde está el Estado que no aplica los artículos 35 y 39 de la constitución? Difícil de entender, después de comprobar la rapidez y energía que utilizó para aplicar el 155.

Qué dureza pasar hambre, en estos tiempos donde tenemos para tantas cosas superfluas, que nos sobra tanto, que desperdiciamos tanto, que tiramos tanto, que mostramos tanto, que incitamos tanto al consumo, …y convivan con nosotros personas que les falta lo mínimo para seguir malviviendo.

El frío de la tarde se colaba con frecuencia al abrirse las puertas correderas, ello me alegraba, pues significaba que llegaban clientes y con ellos la posibilidad de aumentar la recogida. Muchas historias tuvieron lugar aquella tarde fría en un escenario un tanto desangelado, pero que de vez en cuando se calentaba con el altruismo de la gente. Especialmente de las mujeres, más sensibles, emocionalmente más dispuestas a colaborar que los hombres. Quizás porque también entraron más, se hicieron más visibles. La gente mayor, los que aparentemente tenían menos recursos eran los que más disfrutaban de su generosidad.

Una señora, fue tres veces,  expresamente a donar productos. Se le olvidó cola cao para los niños, ¡qué memoria! Y pensar que va a ser Navidad, y no tengan un dulce navideño que llevarse a la boca, no me lo puedo perdonar, me dijo la señora. Impresionante.

Muy gratificante también, ver las caras de los niños, cómo separaban los alimentos al pasar por la caja y me los entregaban, algunos los habían comprado con sus ahorros. También a mí, se me ensanchaban mis pulmones solidarios cada vez que legumbres, aceite, leche, cambiaban la dirección después de pasar por el lector. Igual que cuando conseguía cerrar con el precinto una nueva caja.

Una pequeña gota de agua en ese mar inmenso del voluntariado. Mucho le queda por hacer en el almacén, hasta que los alimentos lleguen a su destino. El reparto es más complicado que la recogida. Ojalá que consigan atender a todas las familias necesitadas, sean de aquí o de allá, del norte o del sur, el hambre no pide carnet ni pasaporte para meterse en el estómago. Desgraciadamente, hay donantes y otros que se resisten a serlo, que piensan que los de aquí deben estar los primeros en el reparto.

Banco de Alimentos
Gran respuesta.Almacén del Banco de Alimentos (Foto de su página web)
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GEÑO CASTAÑO: POPULAR Y CERCANO

Camina acompasadamente con su pequeña cojera, desde que hace unos años le operaron la cadera. Parece que llevase conviviendo con ella toda su vida, al ver cómo se ha adaptado perfectamente a su nueva situación. Este pequeño detalle, resume la vida de Geño Castaño.

Quedamos en vernos en el hogar Social de Caja Duero para celebrar su cumpleaños.  Después de tomarnos un café con espuma que David prepara con trabajo artesanal, nos fuimos a dar una vuelta a la muralla, cómo no, le dimos un repaso a una vida que no te deja indiferente. Al final nos hicimos unas fotos.

Personaje conocido en muchos ambientes de la ciudad, ha ido sorteando los baches de su camino vital, con gran entereza y sabiduría, quizás mucho mejor que aquellos caminos que debía coger para llegar a su finca de Casasola, que más de una vez hacían agua, siendo complicado llegar a la hora de estar en el tajo. Ha sido su vida una constante adaptación a las embestidas vitales que le han ido llegando, consiguiendo superar con nota cada una de las pruebas.

Motivos ha tenido de sobra para mirar a la vida con el ceño fruncido, pero su carácter bondadoso se ha convertido en su mejor velero para navegar de forma airosa, aprovechando el viento que mejor soplaba en cada amanecer.

Muchos son los vientos que soplan en el altozano de Casasola, tierras desprovistas de vegetación, con demasiadas puertas abiertas a la intemperie, a las que desde muy pequeño no tuvo más remedio que hacerle frente. El ser el mayor de los hermanos, en el campo, lleva consigo el hacerte mayor antes de tiempo, asumiendo responsabilidades y especialmente trabajos que no te corresponden por tu edad.

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DESDE LA ESCUELA ES POSIBLE (25 de noviembre. Día Internacional contra la Violencia de Género)

Quizás sin quererlo, fuiste protagonista de una película de las que desgraciadamente se ruedan demasiadas. Ibas camino de la escuela. Como siempre tu curiosidad te ponía en constante alerta para captar lo que iba sucediendo a tu alrededor.

De un portal salieron un estruendo de gritos, voces y amenazas, anunciando una película dramática. Sin pensarlo, rápidamente, pensaste que en ella tenías el papel principal, siendo así como llegaste justo cuando comenzaba a rodarse.

Los actores secundarios ya estaban actuando, no habían esperado al protagonista, había tanta violencia en el hombre hacia aquella mujer indefensa que su fuerza había abierto la puerta del piso, por donde rápidamente tú te colaste sigilosamente.

No fue fácil, acallar tantos gritos y palabras sin sentido, a pesar de tus intentos por hacerte notar, la fiera humana desencajada tardó un tiempo en calmarse, estuviste demasiado valiente, teniendo en cuenta que el contenido y especialmente el escenario de la película no era apto para menores.

Llevabas siendo delegado de curso tres años consecutivos, durante los cuales habías destacado por tu gran facilidad a la hora de exponer propuestas, defender tus opiniones, expresar tus sentimientos, que en ese momento utilizaste como un resorte para acallar tanta violencia de género. De ella también sabías, pues a ella llevabais dos cursos dedicándole mucho esfuerzo para que el colegio fuese un espacio donde toda la comunidad educativa se respetase, especialmente los chicos y las chicas.

Quizás fuese tu media lengua o tu mirada pícara, la que en un momento hizo de claqueta para darte la señal de ¡ACCIÓN! y acallar a unos actores que ya habían consumido mucho más tiempo del que les correspondía en aquel acto. Demostraste una madurez apabullante ante las dos miradas que te enviaban dardos envenenados, cuando te salieron las primeras palabras, comenzó a salir de tu boca una auténtica cascada de frases con mensajes conmovedores que demasiado pronto ablandaron a las fieras.

Les explicaste que como dijo Sancho, la razón no es más grande porque se diga a gritos, que lo hay que hacer es dialogar, que en tu clase lo lleváis haciendo dos cursos y una frase colgada en la pared nos lo recuerda constantemente: “Si dialogamos no nos peleamos”. El silencio sepulcral en el que quedaron adormecidos aquel par de seres violentos, especialmente él, te llevó a saborear las mieles del éxito, subiendo el tono de tu voz que inconscientemente hizo que se oyese en el pasillo como una voz en busca de auxilio.

Cuando llegó el vecino del 5º, le costó entender la película, a través de la puerta escuchó explicar que sin respeto no hay convivencia, sin convivencia la vida tiene poco sentido, que, ante todo, nada se puede resolver con violencia hacia el otro sexo.

Ibas camino a la escuela y te encontraste esa mañana de repente impartiendo la clase de tu vida, cuando llegó la policía a realizar sus tareas sucias, tú habías puesto en práctica el proyecto del cole: “aprendemos a vivir juntos”. Por supuesto que llegaste bastante tarde a clase, había merecido la pena tu retraso, precisamente, ese día tenías reunión de delegados y mediadores. Cuando comenzó la reunión sonó un aplauso ensordecedor, tu hazaña se había extendido como la pólvora en el cole. Dijiste gracias, desde la escuela lo conseguimos.

SOL DE OTOÑO

Llegó  cansado de tanto lanzar rayos perpendiculares que se colaron hasta las entrañas de la tierra, después de derretir su dosis  del poco hielo de los polos, habiendo achicharrado plantas que a duras penas sobrevivieron, recluyendo a  los mayores en sus casas para protegerse del temido golpe de calor. El pasado verano lo hizo de lo lindo, con ganas, sin dejar tregua, ni dar un respiro.

Por tanto, cuando llegó el 23 de septiembre, el sol fue recibido  con los brazos abiertos. Al fin, sus rayos inclinados rebotarían gran parte de su luz y calor otra vez a la atmósfera. Su luz consiguió  penetrar a través de las ventanas, iluminando las estancias sin tener que bajar las persianas a plena luz del día.

Su calor más suave, ha ido madurando la fruta lentamente: manzanas, calabazas, membrillos, granadas, higos, uvas… han sido empapados  lentamente de sol de otoño, para transformarse en delicias de sabor, olor y color. Es el sol otoñal un sol especial.

Al mismo tiempo, las hojas de los árboles se convierten en flores antes de caer al suelo, decorando montes y valles  con un impresionante abanico de colores. Su luz está jugando en los amaneceres y atardeceres con el cielo, las aves viajeras forman  en el cielo composiciones de todo tipo, regalándonos imágenes de gran belleza.

Si la lluvia le acompaña, este sol borra pronto el estío y sus secuelas, tapizando de verde el campo, donde de repente, aparecerán las setas para añadir una nueva paleta cromática, ésta aún más impresionista.

Que algo está pasando en la naturaleza, lo sabemos, el sol de este otoño ha seguido con fuerza, nos hemos olvidado de los típicos veranillos otoñales. Sin lluvia durante tantos meses, los árboles a duras penas están aguantando la sequía, parece que esto ya se está convirtiendo desgraciadamente en una situación normal.

El retraso en la llegada de las heladas, ha permitido que este otoño esté siendo especial, lleno de un colorido que aguanta, porque las hojas se han ido cayendo lentamente, ante la ausencia de vendavales otoñales, todo iluminado de la luz de un sol, al que pocos días se le han interpuesto las nubes. Dentro de la angustia de tanta sequía, de tanto camino polvoriento, de tantos árboles secos, podados antes de tiempo y otros sencillamente talados, hemos podido disfrutar de las imágenes otoñales en cualquier momento y lugar.

Caminando  por las orillas del Águeda, del Tormes, con reflejos imposibles bajo cielos de azul intenso. La ruta del agua sin agua en Mogarraz, era la ruta del sol, haciendo unos efectos maravillosos en las laderas del tupido bosque. En Miranda, las cortinas de viñedos aguantan sus hojas más de la cuenta, en las orillas del Duero en los Arribes, los chopos marcan una fina barrera amarillenta entre el agua y la tierra,  la nieve de la sierra de Béjar desprende una luz cegadora, en laderas rocosas de Gredos se reflejan nítidas en la laguna, cristales de hielo ante la gran amplitud térmica.

Algo se está moviendo en la atmósfera desde ayer, el viento ha girado, sopla del sur. Anunciaban lluvias para estos, pero la borrasca a última hora parece que no conseguirá entrar de lleno en tierra firme,¡qué desilusión! Seguirá sin tener tregua el sol de otoño, no descansará. Al campo, a la contaminación de las ciudades, te tocará esperar y ya es mucho esperar a que lleguen las lluvias, las nubes, que llevan tanto tiempo desaparecidas.

Mientras eso acurre, el sol del otoño mantendrá guardada su sinfonía de color después de la lluvia. Poco a poco terminará acostándose en el horizonte, se marchará, dejándonos con la crudeza del invierno.

TRAS LAS PRIMERAS NIEVES

Cuando aún caminábamos en mangas de camisa y pantalón corto, anormalmente para ser noviembre, una caída brusca del mercurio, nos congeló de golpe a todos. La escasa lluvia de  la semana pasada, nos llenó de falsas esperanzas, fue visto y no visto, dejando tras de sí el frío otoñal y nieve en las cumbres.

Aprovechamos el martes pasado para subir a la montaña. Poco a poco, la exploración del Sistema Central, la estamos desplazando hacia el este. Era el momento de conocer la sierra de Béjar, esa mole inmensa, divisable desde gran parte de la provincia, no en vano ahí está La Ceja, su mayor elevación. Como no podía ser menos, si se quiere disfrutar de la montaña y el paisaje, hay que salir a buscarlos, cuando se vive en entornos urbanos. Hay que recorrer distancias,  que a medida que te vas acercando a tu destino, te aumenta la adrenalina, deseando cuanto antes iniciar la subida.

Llegar a Candelario, siempre es motivador, con razón lleva orgulloso el galardón de ser uno de los pueblos más bonitos de España. Una confusión a la salida del pueblo, nos llevó por una carretera de postal. Tres kilómetros de ida y vuelta con el otoño desplomándose en forma de castaños centenarios que formando un túnel soltaban infinitas hojas para tapizar el asfalto. Una vez más no hay bien que por mal no venga.

Aparcamos el coche, al bajar el frío intenso se hacía notar, por primera vez este año veíamos la manta blanca bajo un cielo completamente azul, el raso de la noche había hecho su trabajo.

El ascenso hacia el Calvitero conlleva bastante astucia, sentido común y equilibrio, ya que se disponen de varios caminos: empinados par los que no quieren marear la perdiz, de ida y vuelta para los que se lo toman con tranquilidad, los que se dirigen al este, al oeste, los que te permiten hacer crecer hitos descomunales,…gracias a ellos se vaya por donde se vaya, te permiten ir ascendiendo, sorteando de la mejor manera primero los pitronchos tiznados  por el fuego, después las espesas retamas pegadas a ras de suelo y al final los enormes peñascales.

La realidad a veces qué distinta es a cómo te la imaginas. Llegaba pensando que me encontraría con una subida más organizada, señalizada, topándome con una completamente anárquica, que por supuesto tiene su encanto aventurero. Alcanzamos bien la cima, después de saborear ricamente las enormes vistas que se alcanzan subiendo.

A pesar de subir por la abrigada, de vez en cuando se colaban ráfagas de un viento helador, anunciándonos lo que nos esperaba al llegar a la cumbre. Un poco antes, el suelo helado dejaba constancia del frigorífico-congelador de la noche. La escasa agua de la las últimas lluvias se había transformado en carámbano, a lo lejos divisamos por primera vez la nieve, con razón el agua cristalina de la fuente bajaba heladora.

La cumbre de esta sierra es un enorme salón-mirador con ventanas abiertas a los cuatro puntos cardinales, justificando de sobra la larga y pedregosa subida serpenteante. Hacia el este surge Gredos, macizo imponente ya con las cumbres teñidas de blanco nieve, lo mismo que la Ceja que tenemos de frente. Pisamos por primera vez la nieve, una sensación siempre estimulante, su  sonido amortiguador en las botas, queriendo ser atrapadas, dejando la huella clara y limpia. Un  cielo azul, limpio llenaba de luz el inmenso horizonte que divisábamos.

La nieve  es un maravilloso pincel, que en un plis plas decora el paisaje con toques de gran expresividad, especialmente cuando estás en un entorno montañoso con sus cumbres blancas. Así estaba la Ceja, adueñada de la mayor cantidad que por ello tiene la máxima altitud.

Ladera abajo, un sendero serpenteante lleva hasta las lagunas del Trampal que ocupan socavones de la fractura del terreno, un alivio medioambiental en medio de tanta aridez. Sol, agua, nieve y cielo azul intenso, configuran un espacio de gran belleza.

De regreso, a medida que iniciábamos el descenso, la nieve agazapada en la brigada hacia el norte resistía con la ayuda de la helada. El sábado aún aguantaba las altas temperaturas, era visible desde Mogarraz. Esperemos que esta a primera visita le sigan otras con nevadas copiosas que cubran cumbres y valles, llenando la mejor despensa de agua que tenemos. Y por supuesto, que no sea necesario subir tanto para dejar sus huellas en ella.

EL MISTERIO DE LAS TORMENTAS

Cuando viajas, por mucho que intentes reducir el equipaje, siempre llevas a cuestas la mochila de tus recuerdos. Quieras o no, la realidad que tienes delante de los ojos, se mezcla con tu experiencia, rescatando de  la memoria imágenes guardadas, muchas de ellas empolvadas por el paso del tiempo, pero que  de golpe y porrazo las tienes delante de ti.

Mientras pedaleaba camino de La Atalaya, el cielo se iba llenando de nubes blancas, cumulonimbos que según soplase el viento, se hinchaban, se esfumaban, se coloreaban de gris, se oscurecían anticipando la tormenta que se formaría por la tarde.

Son las tormentas un fenómeno meteorológico que no deja indiferente a nadie, bastante temidas por los estragos materiales, a veces humanos, que van dejando a su paso. ¿Qué ocurre en la atmósfera para que se formen estas nubes cargadas con electricidad?

Un misterio, suele amanecer despejado, como esa mañana, los días tormentosos. Poco a poco, comienzan a formarse pequeños cúmulos blancos, de formas caprichosas, que en cielo azul intenso, hacen las delicias de la vista. Es el viento del este, el que consigue a gran ritmo que crezcan las masas de algodón, pero ha de ocurrir algo especial, para que de golpe y porrazo, en un abrir y cerrar de ojos, una de ellas comience a oscurecerse y convertirse en el germen de la tormenta.

Siempre me pareció ese pequeño punto negro como la levadura del pan, pues en muy poco tiempo, toda la nube reacciona a gran velocidad, devorando a todas las nubes que tiene a su alrededor. Eso sí, si el viento se cambia, en un plis plas ese embrión desaparece. Parecía el cielo esa mañana un verdadero galimatías de nubes, unas subían hacia arriba, otras en forma de animales que escapaban de sus depredadores, árboles que cobijaban en sus ramas a peces despistados, caminos que se precipitaban al vacío antes de desaparecer,…

Mi memoria me advirtió, que a pesar del cambio climático, la formación de las tormentas sigue el mismo proceso que hace años contemplaba en el campo, donde realmente las tormentas impresionan. A lo largo del recorrido, varias veces intentaron nubes aisladas formar la tormenta, pero aún no debía haber las condiciones eléctricas adecuadas, pues rápidamente desaparecía la amenaza. Gracias a ello, pude disfrutar de un cielo espectacular.

Por toda la sierra, especialmente por La Canchera, ascendían vellones de algodón, quedando merced al viento, que jugueteaba con ellos, hasta desplazarlos hacia el oeste. Como casi siempre ocurría, por estas tierras, las grandes tormentas se forman en la sierra, especialmente en la Peña de Francia. También ese día, después de tantos intentos, la tormenta prendió en el este. Cuando regresaba, desde el monasterio de La Caridad, los nubarrones negros tenían ya bastante entidad, cubriendo en una hora el cielo de Ciudad Rodrigo.

Desde nuestra infantil ignorancia, las tormentas serían atraídas por el teso María de la O, que guardaba elementos misteriosos, aparcándose sobre su cima, para sobrecogernos con sus relámpagos y truenos, que enmudecían y oscurecían el valle del regato. Son las tormentas en el campo un espectáculo impresionante, especialmente de noche, donde los relámpagos culebrean en la oscuridad, lo difícil es tener serenidad  para contemplarlas.

Cobijados en la casa, desde la pequeña ventana, de reojo, hacíamos su seguimiento, viendo su poder devastador, que luego comprobaríamos in situ, cuando comenzaba a amainar. Fruta en el suelo golpeada, campos anegados, nabos recién sembrados que había que volver a resembrar, cosecha esperando la siega trillada sin pasar por ella, albañales tupidos, corrales convertidos en piscinas. En la ciudad árboles podados antes de tiempo, locales inundados, calles con balsas de agua, tiendas encharcadas, sirenas y  alarmas, ocupando el espacio visual-sonoro dejado por los relámpagos y los truenos.

Apenas aparezca una lejana posibilidad de que se forme tormenta, en muchas personas crea sensaciones de ansiedad y zozobra, agarrándose a muchos amuletos para conjurarla, especialmente las oraciones a Santa Bárbara. Como siempre, en medio de la tempestad, aparecían conductas altruistas que arriesgando, lanzaban bombas para romper la carga eléctrica de las nubes. A veces lo conseguían.

Su halo misterioso debe hacerlas  difíciles de doblegar, de poder canalizar, de rentabilizar su enorme cantidad de energía. De momento el pararrayos de Franklin sigue siendo el mejor invento para estar a salvo de sus rayos mortíferos.

TRAS EL OTOÑO ENTRE LAS HUERTAS

Al fin la lluvia había hecho acto de presencia, eso sí tímidamente, un poco asustadiza, explicable, después de tantos meses desaparecida. El agua y el viento de la mañana limpiaron una atmósfera saturada de mucha basura volante, dejando la tarde radiante de luz y contrastes.

Era el primer día otoñal, de un otoño hasta ese día desaparecido, estaba claro que había que salir a su encuentro. Afortunadamente, no hace falta desplazarse demasiado en nuestra ciudad, para encontrarlo. Asomarme al gran mirador de la batería esa tarde fue empaparme de un otoño que al fin despertaba, después de llevar mucho tiempo sumido en profunda siesta.

Comenzaba desde las alturas una ruta que me llevaría a disfrutar del otoño, desde la inmensidad de la maravillosa vista que se alcanza desde ahí, hasta contemplar pequeños detalles otoñales perdido por caminos y roderas que sortean huertos y huertas a la orilla del río. Muchas tonalidades de color se divisan de este a oeste, siguiendo el curso del río, la sequía también ha marcado sus tiempos biológicos en las plantas, que han resistido como han podido la falta de agua. Mientras se observan choperas de color verde intenso, hay otras que apenas le quedan algunas hojas amarillentas en lo más alto de sus copas, componiendo preciosas imágenes de postal. A las de La Moretona y Las  Tenerías no les dio tiempo para ponerse su traje otoñal, antes de que llegase la guadaña-sierra, llevándose por delante una de las imágenes otoñales más bellas.

Tendrá que ser así, los técnicos lo sabrán, habría muchos enfermos, pero llevarse a hecho tantos árboles en estos tiempos que tanta falta hacen, como que cuesta comprenderlo.

Impresionante vista se contempla desde el puente, al mirar hacia la pesquera con la sierra al fondo. Las huertas de la Artesa, han sufrido una adaptación a la modernidad, mostrando una cara de ocupación y mantenimiento que no se encuentra en otras zonas, la cercanía del río adorna de manera especial el trayecto hacia la autovía.

Caminando por los viejos caminos que aún se conservan, de vez en cuando te sorprende esta estación a derecha e izquierda. Puede ser  un peral cuyas ramas caprichosamente han enrojecido unas y amarilleado otras, un ciruelo bicolor, con hojas amarillas y verdes, que aparece despistado en su camino otoñal. La luz ilumina de golpe las hojas de un chopo nacido a la orilla del camino, las parras abrazan las casetas de herramientas con guirnaldas naturales, unas patacas florecidas reivindican su primavera, es el otoño más hortelano.

Son la autovías enormes cicatrices que cercenan dividiendo huertas y caminos, acercan pueblos unas veces, pero también separan y rompen caminos, fincas y senderos. A pesar de haber crecido por estas tierras, hay momentos de duda acerca de qué se corresponde con cada espacio.

Desde la Torrecilla, la ciudad iluminada por el sol de la tarde muestra la mejor cara. Los pocos nogales que quedan, la mayoría de gran porte, amarillean de lo lindo, las granadas brillan como lámparas incandescentes, dentro de un bosque de ramas. Una enorme parva de manzanas traza un círculo perfecto bajo el árbol, está claro que nadie quiere la fruta irregular, con coqueras, arrugada, golpeada,…pero con un sabor que es un delito desperdiciar.

Llego  hasta territorio familiar, las huertas de Pedrotello. Cruzadas por el regato de Bodón adquieren en otoño un encanto especial. Chopos, mimbreras, fresnos, cañaverales, sauces,  vestidos de un otoño precipitado destacan sobre las laderas del teso cubierto de encinas.

Grandes calabazas aborregadas se extienden sobre el suelo decorando tierras la mayoría estériles, donde los cenizos y estramonios resisten como pueden la pertinaz sequía. Un poco más arriba, en el barbecho los palitroques de los hinojos de color amarillo verdoso, custodian un terreno que parece no tener dueño.

Apenas quedan caminos, roderas, lindes que unían huertas, hay que moverse obligatoriamente a través de las pistas de tierra paralelas a la autovía. Va cambiando el paisaje según avanzo por el sendero del canal hacia el oeste. La última luz del día enciende las hojas de las choperas que cada vez ralean más, a causa del azote del viento.

Membrillares abandonados de la mano de Dios, cargados de membrillos, rompen un paisaje demasiado falto de actividad. Apenas unos maizales, listos para cosechar, pequeños huertos familiares con las últimas hortalizas aún produciendo ante la falta de hielos, certifican que hay presencia humana.

Regreso por la vereda a orilla del río, las bandadas de tordos se mueven con gran algarabía buscando acomodo nocturno, quizás estén celebrando la vuelta de la lluvia. Por ahora cuatro gotas, incapaces de formar charcos, ni dar tempero a estas tierras para iniciar la sementera. Subí de nuevo a la batería para ver la puesta de sol otoñal y así poner broche final a una ruta cercana, que demuestra que a veces, no hace falta ir tan lejos. Hay que empezar disfrutando de lo que tenemos al lado, siendo para muchos desconocido.