RETORTILLO: UNA MINA DE PROBLEMAS E INCOMPRENSIONES

Es difícil de entender que una empresa de nuestras antípodas haya aterrizado en Retortillo, pequeño pueblo del Campo Charro, pues de no ser por su balneario, la inmensa mayoría de salmantinos no sabría localizarlo en el mapa.

Que una empresa australiana haya dado con esta comarca dejada de la mano de Dios, olvidada durante años por políticos y administraciones  de todos los colores, debe ser porque es una presa fácil a la que piensa sacar tajada.

Difícil comprender cómo nada más llegar y comenzar a arañar el suelo milenario, hayan salido en desbandada gran cantidad de problemas que están afectando al maravilloso paisaje de encinares y especialmente a la convivencia de los vecinos de una comarca cada vez más envejecida, y por tanto con menos recursos y habilidades para darle solución.

Incomprensible, que a la vista del tamaño de la cicatriz que ya están asestando al paisaje, la mayoría de la gente permanezcamos insensibles ante un problema de salud que va a afectar a un extenso territorio. La historia una vez más se repite, las palabras  de Bertolt Brecht tienen vigencia: “primero se llevaron ,..ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde”. Quizás sea demasiado tarde cuando empecemos a tomarnos en serio la propuesta de STOP URANIO, para decirle a los políticos que no autoricen la mina.

Movilizar a la gente por causas altruistas es una tarea que conlleva altas dosis de amor propio y responsabilidad social. Asistir como espectador a la asamblea del miércoles bajo la sombra del elefante de Barceló y el jueves a las puertas del edificio de la Junta para conseguir frenar en el último suspiro la recalificación del suelo rústico, fue una bonita experiencia para ver de primera mano  un puñado de luchadores, que sacando horas de su tiempo compiten en total desventaja para defender una causa justa.

A primera hora de la mañana, la policía y la guardia civil imponían su presencia ante un pequeño grupo de ciudadanos de a pie, que pretendían que se utilizase el sentido común.

No se comprende  que ya hayan sido taladas centenares de encinas centenarias y la empresa anuncia como buena nueva, la plantación de miles de ellas como si de girasoles se tratara.

Incomprensible que ante una mina a cielo abierto para extraer un elemento radiactivo que sus efectos llegarán a bastante distancia, los pueblos de la zona no se movilicen más y dejen que todo siga su curso. Mientras la energía solar, con toda la inversión realizada, sigue abandonada por el gobierno.

El balneario, isla turística y laboral de la zona, que lleva años utilizando correctamente  el agua con propiedades para curar determinadas dolencias, se verá en un abrir y cerrar de ojos duramente castigado.

Aguas abajo de donde está ocurriendo la barbarie, se conserva en buen estado el castro de Yecla, asentamiento de vetones, donde supieron convivir en armonía con la naturaleza, enseñanzas que han sabido conservar los pueblos siguientes. Será si nadie lo evita, una empresa australiana, la que rompa tanta armonía y belleza en el valle del Yeltes. Vacas  y ovejas pastan los escasos pastos de una corta primavera impuesta por la sequía, mirando asustadas ante tanto ir y venir de camiones.

En el pueblo, para unas familias ha llegado, aunque tarde, el Plan Marshal y para otras ha llegado una plaga. Ojalá el sentido común frene el avance de un proyecto energético que aun suponiendo una gran riqueza, nunca sería suficiente para suturar tantas cicatrices como está dejando en la zona.

“Bajo tu casta sombra”, fue el tema dedicado a la encina,que trabajamos en el taller de escritura de Raúl Vacas. Escribir un texto en recuerdo de las encinas taladas en Retortillo, fue la propuesta de escritura.

Este fue mi homenaje:

¡ADIÓS HERMANA!

¡Quién me iba a decir que con el paso de los años aquel disgusto que me llevé en su momento me salvaría esta mañana la vida!.Y todo ello a pesar de la desgracia. Habíamos nacido hace más de cinco siglos a la par, separadas por apenas los diez metros del camino que pasaba entre nosotras. Crecimos a buen ritmo, pues este terreno es canela en rama para nuestra familia. A pesar de que nuestro crecimiento desespera a los humanos, a nosotras nos pareció que el tiempo y nuestra altura estaban en constante carrera.

Así fue, como una primavera después de un invierno muy lluvioso, nuestras ramas se tocaron por primera vez. A partir de ese momento compartimos cosquillas de hojas que el viento movía, hileras de hormigas que iban y venían una detrás de otra, palomas torcaces devoradoras de bellotas, niños que trepaban por una y bajaban por la otra después de haber jugado al escondite entre las ramas… Sabíamos hasta dónde llegaba nuestro territorio, nos respetábamos. Nos conjurábamos mutuamente cuando llegaba el montaraz con el cortacino buscando leña, con el fin de que no fuéramos sometidas a un desmoche atroz.

Así fueron pasando los años, los siglos, resistimos los terribles vientos huracanados, cuando muchas de nuestras compañeras cayeron arrancadas de cuajo, siendo pronto presas de destrales y serruchos para calentar hogares muy faltos de calor.

Para decir verdad éramos felices, nuestro porte llamaba la atención a los caminantes, nuestras enormes copas ovaladas permitían acarrar grandes  rebaños de ovejas, pastores, gañanes, vaqueros, porqueros, nos utilizaban como comedor, sometiéndose a posteriores siestas reparadoras, aprovechando nuestra sombra de primera calidad.

Un día llegaron bastantes señores desconocidos por nosotras, hablaban de parcelas, de vallas, de caminos…no entendíamos nada. Lo entendimos cuando las motosierras comenzaron a cortar a diestro y siniestro nuestras ramas, quedándonos como patos chapuzados. Era el momento de nuestra separación, las ramas quedaron separadas por mucha distancia, ya no podíamos compartir nada, cercadas por alambre de espino, en medio, el camino acotado.

Muchos disgustos para dos hermanas de mucha edad. Nuestra fortaleza hizo que  pronto nuestras copas fueron adquiriendo forma, una forma caprichosa impuesta por los destrales para evitar encontrarnos.

Esta mañana, al rayar el alba, un gran revuelo de máquinas, me hizo presagiar lo peor. Monstruos de cuatro ruedas, monstruos con cadenas, hombres uniformados, dirigiendo a este ejército con todas las ventajas a su favor, lanzaban órdenes como dardos para derribar rápidamente el mayor número posible de encinas. Un huracán sin viento. Un ciclón con muchos  caballos de de vapor. ¡Terribles máquinas monstruosas!

Vi caer a mi hermana, cómo su enorme cepellón, subió del suelo a la vez que sus ramas topaban con él. Adiós hermana, amiga, compañera, adiós copa cenicienta de atardeceres rojizos, adiós copa blanca de nevadas ocasionales, adiós ramas de curvas caprichosas por donde los niños trepaban, comían la merienda, adiós bellotas dulces que eran de las más cotizadas por los cerdos en la montanera, adiós gran casa, refugio de animales, pastores, vaqueros, gañanes y últimamente de domingueros.

Tu leña, de árbol caído a traición,  calentará hogares, pero de forma deshonesta. En tu solar descarnado, abandonado, irreconocible, ha quedado una cicatriz  que supura  nostalgia.

Imposible cerrar la herida ante tanta barbarie, aunque las máquinas allanen el terreno, tu cicatriz siempre se manifestará de alguna forma.

La valla del camino esta vez me ha salvado. Incongruencias de la vida. Me he quedado huérfana, quizás hubiera sido mejor que la máquina me hubiese llevado por delante. Tal vez pronto empiecen por mi parcela.

Intentaré agarrarme al suelo con todas mis fuerzas para reivindicar y homenajear a todas mis compañeras muertas  violentamente. Soy de las más viejas, con mi tronco robusto intentaré defender a todas las que de momento nos hemos salvado de la quema…

Para terminar, hoy quisiera gritar a los cuatro vientos:

Adiós hermanas

encinas amigas,

se han llevado por delante

muchos siglos de historia,

a un monte azulado,

 a la estrenada primavera,

Huérfanas dejáis

a las abejas sin flores,

a pastores sin sombra,

a cebones sin montanera,

a hogares sin calor,

al viento sin barreras.

Enorme cicatriz en el terreno

de aspecto lunático, dejáis.

Difícil que crezca la hierba,

difícil que extraigan mineral

de una tierra enriquecida

con cascabillos y hojarasca,

herida por máquinas inhumanas.

Adiós paisaje de encinas,

adiós pardos encinares,

adiós polinizadora candela,

adiós troncos retorcidos,

adiós ramas caprichosas,

adiós meriendas y siestas,

adiós ramoneo de vacas y cabras.

Os llevan por la fuerza,

con ruido y violencia,

pero no conseguirán

llevar vuestra memoria.

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CASTELO MENDO, DONDE LOS RELOJES NO MARCAN LAS HORAS

CASTELO MENDO, DONDE LOS RELOJES NO MARCAN LAS HORAS

Desde Vilar Formoso,se puede llegar hasta Castelo Mendo por la vía rápida o utilizando la vía lenta. Por la primera transitan aquellos que sus relojes le marcan las horas puntualmente, siendo su tiempo siempre limitado. La vía lenta discurre por la antigua carretera que hace años recorrerla se convertía en un viaje interminable.

Aunque ha mejorado bastante, conserva su viejo trazado de curvas y más curvas, que no permiten alegrías de velocidad. En cambio sí que permite alegrías emocionales, al poder disfrutar pausadamente del paisaje, del impresionante valle del Coa, al que se le ha añadido el espectacular acueducto por donde pasan los vehículos a grandes velocidades. Los pocos que que utilizamos esta carretera aquella mañana de mayo, con un cielo azul espectacular éramos viajeros con el tiempo enlentecido, autocaravanas, salvo algún repartidor desesperado por adelantar en una carretera con muy pocas opciones para ello.

Al dejar la carretera principal, pronto te sorprende la vista de Castelo Mendo, levantado sobre una pequeña colina, sus casas reformadas, de tejados nuevos de color rojizo, asemejan las uvas de un gran racimo.A falta de gente, nos reciben unas cabras con sus chivos a la puerta de entrada. Las cabras con llevan atadas una pata delantera con una trasera, con el fin de que controlar sus andaduras, esto me recuerda que en mi infancia se le hacía a aquellos animales con conductas difíciles. Estaba claro que llegábamos a un pueblo donde el tiempo quedó  en “stand by” hace mucho.

Dominando la colina, mirando hacia el valle del Coa, el pueblo está rodeado de colinas tapizadas por encinas y alcornoques. Traspasada la muralla, sorprende gratamente la restauración y conservación del pueblo, respetando su arquitectura, dominada por el granito. A pesar de de la poca distancia que separan los pueblos a ambos lados de la raya, las diferencias entre los pueblos españoles y portugueses son muchas, entre ellas destacan el blanco de sus paredes,, la conservación y las flores que adornan casas y calles. Desgraciadamente les une la falta de personas que habiten en ellos.

Habitantes sí que debió tener el pueblo tiempos atrás, a juzgar por las casas y especialmente por las iglesias. Sus casas a las que se accede mediante una escalinata que lleva al porche de entrada, tienen sus ventanas con su cerco perfectamente encalado, sus números todos iguales. El impresionante rollo de la plaza y sus iglesias, junto con sus callejuelas, dan juego para hacer una visita interesante por su pequeño casco histórico.

En la parte alta, las ruinas de las murallas, permiten otro paseo con buenas vistas del valle y los altozanos. El Jálama ofrece una vista distinta, al cono familiar le ha salido una protuberancia: el nuevo camino que este verano descubrimos.

No hay tiendas, ni servicios, un bar que debe funcionar los días de guardia, por lo que los pocos vecinos se las apañarán con las furgonetas ambulantes o viajando a otros pueblos más grandes. En estas condiciones es difícil que la gente se quede a vivir en los pueblos, a pesar de su belleza, de que Mario Soares, siendo presidente de la República vino a visitarlo.

Un camino muy bien señalizado, nos llevó hasta el río Coa. Discurre entre huertos, algunos muy bien atendidos, donde vimos a un vecino con muchas cosechas a sus espaldas, preparando el terreno para la siembra de una nueva. Al terminar los huertos, las encinas y alcornoques se adueñan del paisaje, poco a poco,el pueblo se va alejando ofreciendo una bella vista al fondo del valle, con sus casas blancas de tejados rojos.Las ruinas de un antiguo convento, con su abandonada huerta, nos indican la proximidad de la pequeña vega, fértil en su día, hoy matorrales y zarzas campean a sus anchas.

No lleva mucha agua el Coa, pero son aguas cristalinas, que al pasar entre canatos rodados provocan corrientes y murmullos, que hacen la meta del camino un trofeo espléndido. Es el río de los grabados prehistóricos, un río que nace muy cerca del Águeda y que quiso hacer otro camino, para luego unirse de nuevo a él.Contemplando el valle, pienso que debió suponer un plus de inspiración a aquellos pioneros del arte, que dejaron su obra en las rocas de su orilla.

 

TEJIENDO UN TAPIZ

La naturaleza y la estética, casi siempre van de la mano. Cuando las circunstancias se lo permiten, nos sorprende con imágenes originales de gran contenido estético. Es lo que nos ha ofrecido estos días el río Águeda, que al tener que amarrar su enorme flota procedente de los chopos, en la aduana-rejilla de La Concha, la ha ido depositando clasificándola por capas de colores y textura, tejiendo un tapiz que no ha dejado indiferente a muchos de los de los que caminamos por su orilla.

HASTA SAELICES ENTRE ENCINARES EN FLOR

Pedaleaba al iniciar la ruta, cuando me crucé con Santos que venía de su finca Al Mariego, a buen seguro que llevaba consigo un montón de sensaciones, buenas y malas, que en el campo hay de todo. Los escasos sembrados de cereal que hay antes de subir hacia el secano, delataban una impresionante falta de agua, el trigo ya encañado, a punto de echar la espiga, suspiraba por una semana de abundantes lluvias. En cambio el cierzo, azote del mes de abril, no dejaba de soplar  un momento, llevándose por delante la poca humedad que quedaba.

Hice la ruta el 25 de abril, festividad de San Marcos, el rey de charcos, ni la humedad de lo que pudo haber sido un charco me encontré en todo el recorrido. Al llegar a la finca de Ivanrey, el camino pica hacia arriba, sorprendiendo con una dura rampa con desnivel considerable. Alcanzada la pequeña meseta, es momento de disfrutar unas vistas espectaculares de la ciudad, ´del río con sus vegas, la sierra y el comienzo de los encinares en flor.

A partir de ese momento el camino serpentea entre encinares donde pasta plácidamente el ganado, principalmente vacas y caballos, componiendo imágenes costumbristas de gran belleza. La sequía va delimitando claramente su territorio, los altozanos empiezan a cambiar el verde por el marrón amarillento de los pastos, demasiado pronto para que el ganado deje el festín del pasto fresco.

Me imagino que Santos se llevaría estas dos sensaciones a casa. Vivir del campo, qué distinto de disfrutar del campo, a lo que últimamente me dedico con intensidad. A pesar de ello, mis raíces campesinas, no se olvidan de las penurias que se pasan en el campo: siempre mirando al cielo, los precios, las enfermedades, los impuestos, las plagas,…

La vía férrea es una gran cicatriz, que divide y complica la organización de las fincas. Mediante túneles y porteras, han conseguido sortear la barrera, por donde apenas pasan trenes de mercancías y alguna locomotora. No se entiende que una vía que está en tan buen estado no se utilice para transportar mercancías. A lo lejos, se divisa la autovía, como siempre dominada por el rosario de camiones que van y vienen de Portugal.

El Águeda, poco a poco va viendo disminuir su fértil vega. Pasando el viejo molino Carbonero, sus orillas ya no se cultivan, sus pequeñas praderas, de pasto fresco, rodeadas de fresnos centenarios van despidiendo poco a poco el lento curso del río. A partir de Pizarral, éste comenzará a encauzarse hasta su desembocadura.

Precioso comedor, a la orilla del río con los fresnos ya vestidos con su mejor traje, rodeado de encinas, para saborear las delicias de un bocata y un trozo de hornazo.

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A LOS INVISIBLES DE LA CRISIS

Me dirigía  al taller de escritura con “miradas millasianas”, con el fin de llegar a clase motivado: caras conocidas que me cruzaba, color de coche que a esa hora predominaba, si conducían más hombres o mujeres… cuando al pasar un paso de cebra, me topé con un cartel que me bajó de las alturas a la realidad.

Una caseta de electricidad estaba  decorada con un vítor que dice: “A LAS FAMILIAS QUE SOBREVIVEN EN EL UMBRAL DE LA POBREZA”.  A partir de ahí mi camino urbano cambió por completo de sentido. El ser pobre o no, te permite tener unas señas de identidad que te ayudan a desenvolverte socialmente sin muchos esfuerzos añadidos a lo que supone vivir el día a día. Lo malo es estar entre Pinto y Valdemoro, estar en el umbral, luchando por no pasarlo.

Qué detalle más bonito acordarse de estas familias que tanto están sufriendo con la crisis y haberle hecho un vítor para que quede constancia de su enorme esfuerzo para seguir adelante. Colocado en un lugar estratégico, al cruzar la avenida te topas con el letrero, tú que vas tranquilamente después de haberte tomado unas cañas, haber hecho unas compras, o sencillamente estás vagueando por la ciudad y de repente el cartel te remueve las entrañas.

Es difícil mantenerse en constante equilibrio subido en el umbral, no estar ni dentro ni fuera, convirtiéndote en invisible, no  eres pobre,  pero tampoco rico. A partir de ese momento, comenzaron a pasar por mi mente, situaciones de familias, que en ese momento estarían haciendo virguerías  para mantenerse en el umbral sin caer en el abismo de la pobreza.

Los que ya han superado el umbral, instalándose en la pobreza permanente, son visibles, nos llaman la atención en las calles, en los medios de comunicación, pero los del umbral no los vemos, porque ellos hacen lo indecible para que no sean estigmatizados por una sociedad que los ha condenado a su situación.

Veía-imaginaba familias que salían del supermercado después de comprar utilizando la lista de las ofertas, promociones, puntos, donde los caprichos estaban depurados. Salían con ropa de marca sin pagar la marca, después de recorrer tiendas y más tiendas, rebuscando, regateando para estirar al máximo los pocos euros del sueldo de miseria.

Siempre luchando para que los vecinos, familiares, en el cole, no noten demasiado las carencias, por hacerse invisibles.

Quizás muchos de mi generación nos movimos en ese umbral sin saberlo, con menos presión social que la que tienen ahora las familias. Hemos puesto listones muy altos para el materialismo, hay que dar siempre la talla, estar a la última,  mientras, hemos derribado los pedestales de la solidaridad, de la tolerancia, del respeto.

¿Cuántas familias habrían dejado el umbral de la pobreza con los millones defraudados por Ignacio González y sus secuaces?IMG_20170422_134532278

LOS LIBROS TOMAN LA CALLE EL ROLLO

Durante muchos años, los domingos era día de mercado en la calle El Rollo. Los hortelanos se acercaban a vender frutas y verduras los domingos por la mañana, colocando su mercancía en el suelo, utilizando su calidad como herramienta publicitaria. La llegada de nuevos hábitos de consumo y comerciales se llevaron por delante estas actividades, que además de llevar a los bolsillos de los sufridos hortelanos unas pesetillas, conseguían que en la calle hubiese vida.

Buena idea ha tenido el ayuntamiento de ubicar la feria del libro en esta calle. Calle que reúne gran cantidad de puntos  a su favor para celebrar este tipo de eventos. Tiene amplitud, desde  La Glorieta hasta la Encañería (donde se iba a buscar agua utilizando una larga caña hueca) es una calle que invita a pasear.  Tiene actividad diariamente, está situada entre la ciudad y los arrabales, lugar de paso de mucha gente y por último ahora es calle de librerías.

Han salido los libros a la calle, es importante que muchos de sus personajes la vuelvan a pisar, pues  desde que su autor los dejó en la editorial, para pasar después a las librerías, a las bibliotecas, a los hogares de los lectores, la mayoría viven alejados de la realidad. Durante dos días han convivido con la gente de la calle, con autores, con músicos, creando un espacio cultural muy interesante. Esta era la opinión de la mayoría de la gente que se ha acercado a la calle El Rollo.

Y lo más importante, es que muchos libros que salieron de las librerías, no volvieron a las estanterías, viajando de la mano de los visitantes, para iniciar nuevas aventuras. En estos tiempos donde el papel pierde fuelle, que los libreros digan que ha sido buena feria, es una muy buena noticia.

La Aldea, también aportó su grano de arena a la feria. Instalada su carpa delante del antiguo café Moderno, quizás pretendiese con sus pasapoemas, sus tarjetas mensajeras, su música… remover los viejos espíritus del viejo café, para que también saliesen a contemplar su calle, pues no en vano en este lugar, convivieron durante muchos años personajes perfectamente entrenados para protagonizar la próxima novela de cualquier escritor.

Actividades de radio, talleres para niños, Katua teatro y las flores pusieron brillo a una actividad cultural donde los protagonistas fueron los libros, autores y músicos de aquí. Cuando hay imaginación y ganas, con poco lo mucho que se consigue, me imagino que el presupuesto ha sido pequeño para lo bien que ha resultado.

Con actividades de este tipo la trama Gürtel habría tenido poco recorrido.

POR TIERRAS DEL CAMPO DE ARGAÑÁN

Dejándote llevar por el curso del Águeda, éste te conduce hacia el oeste, a Portugal, a la comarca del Campo de Argañán. La vieja carretera de Gallegos se ha convertido en una maravillosa vía para senderistas y ciclistas, formando parte de una ruta BTT que llega hasta Almeida.

Mi tendencia natural por acercarme a la montaña o la sierra, ha hecho que esta zona de Ciudad Rodrigo haya estado muchas veces relegada a un segundo plano a la hora de iniciar una nueva ruta. ¿Tiene su encanto? Pues vaya que sí lo tiene.

La recorrí un día de cielo azul intenso, tan sólo salpicado por cigüeñas, milanos, palomas, zorzales y especialmente mariposas de un blanco  inmaculado que parecían hacer el doblaje de las nubes blancas que ese día no actuaban.

Los chopos rebosaban brotes de hojas recién salidas de yemas días atrás engordadas a pasos agigantados. Su color marrón rojizo por la falta aún de clorofila, dejaban pasar entre las ramas el cielo azul, ofreciendo una preciosa imagen. Al lado un pequeño tramo de nabos florecidos, testigos mudos de un tiempo lejano, pero que a veces es demasiado cercano, pues de ello se encarga ahora la colza.

En el suelo las yemas malogradas me recordaban su pringue que utilizábamos para pintarnos las uñas, una forma de aligerar el largo tiempo, cuando te tocaba el turno de pastorear ovejas o vacas. Abril sigue siendo el mes para preparar las huertas para la siembra y la plantación, es tiempo de estercar, varios hortelanos-parceleros lo hacían.  Por el camino habían dejado un reguero de estiércol, perfumándolo.

Al llegar a Conejera, otro de los poblados que surgieron cuando se transformaron tierras de secano en regadío, desaparecen las huertas y comienza el territorio de las vacas, justo cuando el agua sobrante del canal vuelve al río a través del regato. La ligera subida del camino, mirando de reojo, permite divisar lentamente la sierra en toda su dimensión y la ciudad con una de las mejores vistas. La nieve en la sierra de Béjar se une a las mariposas en su afán de romper la uniformidad del cielo azul.

Ya no hay tierras de labor en estas fincas donde el cereal era un monocultivo, los lejanos políticos europeos diseñaron para estas tierras un mapa donde las vacas se han convertido en las reinas y señoras desde Conejera a Gallegos. Negras moruchas, pardas auténticas, rojas limusinas, blancas charolesas, de raza pura y con exceso de cruces, campean  por besanas reconvertidas en prados cercados, ahora cubiertos de una fina capa de hierba, que en los altos,  con los primeros calores de verano se convertirán en un auténtico secarral.

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