LAS MANZANAS SALTARINAS

Subíamos la Puerta de Santiago arreando la burra con las árganas llenas de manzanas, habíamos superado ya una parte complicada del camino y enfilábamos la cuesta con el corazón encogido. Eran años donde la miseria se había instalado en muchas familias campesinas, como los virus en el invierno, pues no había tanta pobreza como la que a veces se exhibía, y este racaneo mísere también lo padecía la burra, ella nunca tenía derecho al herrador y a sus pezuñas siempre le sobraban más de una cuarta, con semejante calzado moverse por la ciudad era harto complicado.

La subida me permitía echar la vista atrás y llenar los pulmones de la satisfacción de haber superado la dura prueba del barrio del puente y los gitanos, allí cualquier provocación, cualquier rebuzno de otro de los muchos burros que pastaban a orillas del río podía provocar un espanto y se produciría el más escandaloso de los desastres posibles: la caída de la burra con las árganas incluidas y las manzanas empezarían a rodar y rodar, un auténtico festín gratis para los gitanos que las mañanas de domingo vagueaban y cotilleaban acodados en el pretil del puente.

Llevábamos  aquella mañana la mejor carga del verano, pues era a mediados de agosto cuando las manzanas que habían resistido los embistes del viento, maduraban en el árbol. Por otra parte los clientes en esas fechas se permitían pequeños excesos, por lo cual mi padre, insistió especialmente que la carga de manzanas la teníamos que entregar sana y salva a mi abuela, que con su delantal, sentada en su tajuela llevaría un tiempo esperando en su improvisado puesto ambulante de la calle el Rollo.

Quizás por el disfrute de haber superado la primera prueba, quizás porque al fondo tenía un espectáculo maravilloso el río y las montañas, dos fenómenos de la naturaleza que han marcado mi vida, la verdad es que me olvidé de la concentración necesaria para la última prueba del camino.

Bordeando la muralla alcanzábamos el basurero municipal, donde las mondas de las patatas y alguna cáscara de fruta mezcladas con la ceniza fermentaban, desprendiendo un olor insoportable, siempre había algún que otro perro husmeando algo que comer, especialmente algún ratón. Esto no tendría mayor importancia de no ser que los perros en cuestión podían ladrar y por consiguiente espantar a la burra, y….. sobre todo despertar a perros, gatos, gallos y gallinas de la familia numerosa alojada en el cuerpo de guardia y empezaría la peor de las batallas posibles.

Y los malos augurios se cumplieron, bastó un kikirikí de un gallo para que el ejército perruno despertara del letargo y a partir de ahí todo se fue encadenando tan rápido que en un plis plas la burra se espantó, en el intento de arreciar el paso tropezó con la maldita pezuña, con el tropiezo puso las rodillas en tierra, con él las árganas salieron volando por delante de sus orejas y por supuesto parte de las manzanas iniciaron una veloz carrera cuerpo de guardia abajo. Como ocurre ante un accidente los primeros momentos son los más decisivos, qué hacer: quedarse atontado mirando el estropicio o empezar frenéticamente a paliar el desaguisado. Elegimos la segunda opción, trabajando en un ambiente poco comprensivo a las desgracias ajenas, los perros nos perseguían, los niños se reían y los mayores se limitaron a subir las árganas y por supuesto a dar su opinión por qué tropezó la burra. Recogimos como Dios nos dio a entender parte de la carga, muchas manzanas estaban golpeadas y con la mayor celeridad posible, intentamos llegar al puesto de la abuela, que ya había rezado la correspondiente dosis de oraciones ante nuestro retraso significativo y poco frecuente.

Por primera vez, aquella mañana de domingo de agosto, entendí lo que eran las ofertas, lo antes posible había que vender las manzanas golpeadas pues con el paso del tiempo el verde amarillento se tornaba marrón y había que rebajarlas de precio.

A partir de ese día, cada vez que pasábamos por el cuerpo de guardia lo hacíamos de puntillas y con la respiración contenida, con todo y con eso siempre en la selva algún animal nos la preparaba.

 

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