TESO MARÍA DE LA O

Siempre tuve verdadera pasión por viajar, quizás porque pasé mi infancia y juventud en un espacio demasiado pequeño, muy acotado entre cTeso 1uatro lindes y roderas, por lo que sólo el hecho de pensar en una salida del recinto tenía una motivación especial.

Como en todas situaciones complejas, la especie humana se busca estrategias para sobrevivir en las mejores condiciones, y así era cómo de vez en cuando solíamos asaltar las barreras y buscar aires de libertad. Y estos aires los encontrábamos casi siempre en las laderas y la cima del teso María de la O.

Desde pequeño me han cautivado siempre las alturas, uno de mis sueños ha sido volar, quizás por ello intentar llegar al punto más alto de una ciudad, de una montaña… ha sido una constante en mi caminar. Y este promontorio al que le he adjudicado múltiples formas, constituyó para mí un monumento natural de primer orden.

ATeso4 veces me parecía un barco varado y atravesado en la bocana del puerto cuando bajaba por un regato de Bodón danubiano, otras la serpiente con el elefante en la barriga de El Principito. Para mi hermano Clemente el teso era un lugar mágico habitado por seres primitivos que tenían allí su refugio, una construcción humana, una especie de talayot de Menorca o tumba funeraria. Son las consecuencias de la imaginación, al observar lo mismo durante tantos años muy repetitivos.

En realidad, es un promontorio atravesado en el valle que ha formado el regato de Bodón y geológicamente, seguro que es bastante más sencillo de explicar. Un simple y humilde plegamiento de materiales sedimentarios. Sea como fuere, su formación, impide desde la muralla divisar todo el valle del regato, convirtiéndose en un baluarte para observar la ciudad y todo el entorno. Desde él se pueden disfrutar una de las mejores vistas de Ciudad Rodrigo.

Han pasado 40 años y hoy he vuelto a subir al Teso María de la O, y como suele pasar, me ha parecido más bajo que entonces, lo he visto cambiado. Los pequeños carrascos de entonces, se han convertido en auténticas encinas, formando un tupido monte, que impide desde la cima la vista limpia y clara del horizonte como cuando subíamos a despejarnos y dejar atrás tantas horas de huerta y agua. El secano de estas tierras era una bendición.

Aprovechábamos los escasos momentos “de no hacer nada” que había en los días de fiesta para organizar la excursión al teso. Solíamos ir en grupo, acompañados de la perra, fiel compañera, atravesábamos la barrera de zarzas que daba acceso a la ladera por un pequeño desfiladero hasta alcanzar el canal de riego.

Tomar la decisión de elegir el camino dependía de la estación y los ánimos para dar el salto, a veces recurríamos al puente del chalet, pocas veces, pues iniciábamos un viaje intruso y éramos fácilmente visibles, por lo que casi siempre lo acometíamos por la ladera norte, menos visible, pues nos tapaba el pequeño teso de la cabaña.Teso2

Además de excusiones, también subíamos a buscar baleo para barrer, escobas y retamas para chamuscar a los cerdos en la matanza. Ir a por baleo en verano era uno de los mejores premios que uno podía obtener, por lo general íbamos por la tarde, por lo que nos liberábamos de tareas vespertinas, encontrar matas que aún no habían sido divisadas por las cabras era como conseguir un pequeño trofeo.

La actuación del hombre no ha dejado muchas huellas visibles, es curioso que con este entorno, nadie haya puesto una imagen, ermita para ir en romería, sí hicieron un camino-carretera para subir con el coche hasta la cima, alguien intentó quemarlo. Ha sido aeropuerto provisional para vuelos sin motor, escondite y refugio de los contrabandistas portugueses, cantera de gorrones para hacer tapias y paredes y por último base de comunicaciones, en él están instaladas las antenas de los móviles por dónde pasan todas las conversaciones de los alrededores.

Ladera abajo, me vienen en cascada gran cantidad de imágenes que golpean mi memoria: el duro trabajo de los gañanes para arañar el escaso suelo y poder sembrar algunas senaras, a las espigadoras recogiendo a escondidas unas cuantas espigas, a los seTeso 3gadores segando y pisando gorrones subiendo y bajando empinadas cuestas, las carreras detrás de los terneros camino del matadero, los olores… Acarrear los haces se convertía en una actividad de equilibrismo arriesgado.

Por último, me quedo con el recuerdo del cierzo rozando la cara los días de marzo de cielo azul, cuando ya olía a primavera y casi se alcanzaba con la mano.

 

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Un comentario en “TESO MARÍA DE LA O

  1. Agustín Ramos

    Bonito relato, me ha gustado de verdad y más que nada lod recuerdos y el uso de palabras que a mi me transportan a mis veranos no muy lejos del Teso, en San ti Spiritus

    Me gusta

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