UN PARTIDO INTERMINABLE

(A Ángel Vallejo)

En mi tardía infancia y la juventud, el deporte tuvo un hueco en mi desarrollo personal, ante la imposibilidad de practicarlo, el seguirlo a través de la prensa, radio y TV, supuso una afición a la que dediqué las pocas horas de tiempo libre que disponía. Me gustaban y me siguen gustando casi todos los deportes, pero entre todos ellos sobresalía el tenis. Tal fue mi afición que en época de torneos y copa Davis hacía auténticos malabares organizativos cuando estaba regando en verano, para seguir los maratonianos partidos de la Copa Davis por TV.

En aquellos años, soñaba con tener una raqueta, sueño que tardó bastantes años en hacerse realidad. Mientras, me conformaba con darle la vara a mis hermanos y ponerle nombres a las vacas: Arilla, Santana, Orantes, Gisbert,..eran de la familia.

Ahora que guardé el reloj, el tiempo está descontrolado, en aquellos años los días parecían semanas, las semanas meses y los años una eternidad. Pero a pesar de todo, pasaron los años, comencé a trabajar y mira por cuánto, pronto recibo como regalo una raqueta de tenis. El detalle lo tuvo Pepi, mi compañera y esposa del alma. Precisamente con ella comencé a jugar al frontenis en la pared de la iglesia de Fuenteguinaldo.

Una buena tarde de julio, estando en la zona del Vado con unos amigos, me presentan a una persona y a los cinco minutos estábamos ya dándole a las raquetas. Son energías de los sueños que están en la mente acumuladas, y en un abrir y cerrar de ojos se encienden y ya no hay quien las pare.

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En la cumbre del Jálama

 

Y efectivamente, después de 37 años aún no se han consumido. La persona que conocí aquella tarde de verano es Ángel Vallejo, no nos conocíamos de nada, bastaron cuatro raquetazos para saber que teníamos una historia que contar y escribir. Y así fue como empezamos al día siguiente en el viejo frontón de Maura a las 8 de la mañana a jugar el mejor partido de todos los que he jugado. A pesar de los años y de los interminables tie-break, aún seguimos empatados y no somos capaces de terminarlo porque sencillamente no nos interesa, siempre cuando tenemos el último punto ganado echamos fuera la pelota.

¿Cómo es posible que nos haya dado de sí tanto aquel lejano partido que empezamos el verano de 1978?. La respuesta es bien sencilla, además de correr detrás de una pelota, – situación absurda para los que no disfrutan del deporte-, iniciamos un camino bastante más interesante, el camino de la amistad.

Comenzamos jugando al frontón, primero nuestro partido individual, después por parejas, recuerdo a Doro y José, mayores que nosotros, con los que congeniamos y disfrutábamos enormemente. Posteriormente nos pasamos al tenis, llegábamos de vacaciones y el primer oficio era contactar uno con el otro para quedar al día siguiente, siempre madrugando, no nos ha importado, a veces jugábamos el mismo día antes de marcharnos a Madrid y Sevilla donde trabajábamos.

Nunca hemos jugado un partido formal, lo nuestro ha sido el peloteo, en el buen sentido de la palabra, corriendo todas las pelotas, siempre esquinadas, haciendo puntos imposibles, alargando partidos hasta la extenuación. Todos los partidos los terminamos empatados en la pista, pero de vuelta a casa siempre sabemos quién lo ha ganado.

Como la vida, se ha pasado muy pronto el partido, pero aún tenemos la suerte de seguir jugando y disfrutando de este juego que nos apasiona y que en gran medida nos ha dejado huellas en nuestras vidas.

Han sido muchas horas las que hemos compartido y nunca hemos tenido ni el más mínimo atisbo de enfrentamiento, discusión, malas caras, lo nuestro ha sido un triunfo de la deportividad y amistad, y éste es el mejor trofeo que nos damos.

A lo largo de estos años, he jugado con mucha gente al frontenis, tenis y pádel, reconozco que como los partidos con Ángel ninguno, espero que a pesar de que vamos sumando años con una velocidad de vértigo, podamos seguir disfrutando de este deporte que para los dos es una auténtica pasión.

Hemos empezado el año como siempre, jugando un maravilloso partido, en la pista apenas notamos el paso del tiempo, mantenemos una buena forma, no necesitamos hacer propósitos nuevos para este año, nos vale el mismo de siempre, no lo cambiamos por nada: seguir jugando.

Y cuando llegue el día lejano que haya que colgar la raqueta, siempre nos quedará la montaña, el paseo, las cervezas, la conversación…el valor de la amistad por encima de todo prevalecerá.

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