LAS HUERTAS YA NO SON LO QUE ERAN

( A mi padre cuya prodigiosa memoria atesora un importante archivo del devenir de estas huertas)

“Yo quiero ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas”, con estos versos comenzaba Miguel Hernández su escalofriante elegía a Ramón Sijé. Hoy martes, día de mercado en Ciudad Rodrigo, he cogido la mochila y he recorrido senderos, veredas, roderas y lindes de las huertas de las vegas del Águeda, recordando mi pasado hortelano.

Aunque salí de la huerta hace ya bastantes años, no corté de raíz mi relación con ese entorno en el que crecí y amasó, con la dureza del trabajo y la  falta de tantas cosas, mi personalidad. Pero no es lo mismo una presencia esporádica, de paso, de viajero oportunista, que patear de arriba abajo el valle del río desde Águeda hasta Conejera. Este río tan nuestro, que ha modelado un precioso escenario para que la ciudad sea protagonista, ha dejado en ambas márgenes unas huertas que siempre recordaré como auténticos jardines cuidados por hortelanos y hortelanas con gran esmero.

He comprobado que las huertas han ido envejeciendo conmigo, siempre recuerdo el mes de abril como el mes en que las huertas se despertaban del letargo del duro invierno, florecían, se inundaban de olores y colores. Hoy he visto frutales de pelo canoso como el mío, a los que solo le que quedan unos penachos de ramas florecidas, lejos de aquellos enormes perales, manzanos, cerezos, ciruelos de copas florecidas, grabados en mi memoria. Tan solo en la Torrecilla encontré un tramo de nabos florecidos, cuyo tupido amarillo alegraba el comienzo de otra estación, en la que las tareas se multiplicaban: siembra de patatas, comienzo de la siega con la guadaña, hacer y limpiar regaderas, comienzo de la temporada del riego, aricar, cavar y vuelta a cavar para no dejar que las malas hierbas se comieran a las nuevas plantas.

Ahora, es difícil ver una huerta cultivada, a un hortelano con su almocafre, son islas dentro de una vega adueñada por la pradera artificial, casas de recreo, arbustos y zarzamoras.

También las viejas casas de las huertas han desaparecido, sustituidas por modernas casas, que no tienen entre sí nada en común, guardando poca relación con el entorno. Muy distintas las viejas casas de los hortelanos, con sus bordes de puertas y ventanas encalados, rejas humildes de hierro pintado, tejado de tejas árabes, ventana-trampilla para meter la paja en el desván, al lado construcciones para los animales. La noria y la higuera, completaban una imagen costumbrista, que ha desaparecido en un plis plas. Apenas he visto un par de ellas habitables, las demás están en ruinas o sencillamente han desaparecido.

Y es que una de las sensaciones más negativas que he experimentado durante el  recorrido, ha sido la falta de gente en las huertas. Entonces en todas las casas había una algarabía de niños, casi todas las familias debían ser numerosas, de ahí que en todos pueblos de colonización hubiese escuela, incluso en Las Viñas. Hoy no queda rastro de aquella riqueza y vitalidad humana, tan sólo visitantes de paso, esporádicos, de fin de semana, muchos a llevarle la comida al perro guardián.

Durante muchos años, estas huertas representaron una parte importante de la economía de Ciudad Rodrigo, la mayoría de las frutas y verduras que se consumían procedían de ellas, había numerosas familias dedicadas al duro arte de la huerta. Aprovecho la prodigiosa memoria de mi padre para repasar una serie de ellas: los Merlos, Pechitos, Tripas, Recortaos, Membrilleras, Batiborros, Peranchos, dentro de un enorme abanico de hortelanos.

Siguiendo la clase de mi padre, las huertas más antiguas eran las de Valhondo, la fábrica de la Concha, las Viñas, Pedrotello, todas utilizaban para regar agua de pozos que sacaban burros dando vueltas a la noria.

La construcción del pantano, amplió el regadío, quedando anexionadas las viejas huertas a la vega, a las que le llegaría el agua desde el canal, siendo abandonadas las norias, el nogal y la higuera.

Todos los martes, las hortelanas subían a la ciudad con su puesto ambulante para vender el género en las plazas de Béjar, de Montarco y en la calle El Rollo. Allí las hortelanas colocaban lo mejor de su cosecha, con el suelo como mesa y el bolsillo del mandil como caja registradora, estas hortelanas sabían que el mejor arte para vender estaba en la mercancía, su amabilidad y cercanía. Aunque pocos, aún suben algunos los martes a la Plaza de Béjar.

Volverás a tu huerta y a tu higuera”, dijo el poeta. Hoy siguiendo sus indicaciones, he vuelto a mi huerta, y he visto que mi huerta y mi higuera ya no estaban. Las zarzas, que siempre necesitan una hoz y un calabozo enemigos que frenen su avance, campeaban a sus anchas, las lindes y roderas que delimitaban tramos y sembrados se las han llevado por delante las máquinas, los frutales que rompían la monotonía de la vega han desaparecido, porque sencillamente suponen un estorbo.

La casa vieja donde nací, ha sufrido tantas amputaciones e implantes de mal gusto, que me fue difícil reconocerla. ¡Ay que ver cómo vamos cambiando!, el paso del tiempo llega a hacernos invisibles ante aquellos con los que crecimos.

Después de recorrer 18 Km, regresé con la mochila cargada de recuerdos, realidades distintas, imágenes que ya no eran lo que fueron, me senté ante el ordenador y me puse a hacer esta ensalada con las pocas verduras de la huerta que aún quedaban. ¡Buen provecho!

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5 comentarios en “LAS HUERTAS YA NO SON LO QUE ERAN

  1. Excelente artículo de “ANTONIOCASMO” quien tomando la mochila “recorre senderos, veredas, roderas y lindes de las huertas de las vegas del Águeda”, rerememorando la época de esplendor de las susodichas huertas mirobrigenses con su léxico de “pasado hortelano” (como él se define). Enhorabuena, Antonio.

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  2. Reme

    Me ha llegado al alma este relato, impregnado de nostalgia y desaliento, en el que evocas paisajes y costumbres tan cercanos y que parecen ya de otro tiempo.
    Gracias por compartir estos bellos relatos y nunca dejes de hacerlo, “compañero del alma, compañero”

    Reme

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    1. Gracias Reme por tus ánimos. Este texto me ha traído a la memoria el precioso trabajo que hicimos sobre Miguel Hernández, donde tú nos sorprendiste con una recitación impresionante de la elegía que me ha servido de guía para contar esta historia.

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    1. Razón tienes Chema, es este un relato con sentimientos especiales, los de la infancia, adolescencia y juventud, mezclados con los de ahora al ver cómo el paso del tiempo ha transformado un espacio que para mí fue tan familiar. Gracias

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