DE MADRID AL CIELO

Comprendo la poca originalidad que tiene el título de este relato, pero después de caminar varios días por la capital, ver en bastantes vallas publicitarias la manoseada frase, no he sido capaz de de resistir  la tentación de utilizarla.

Madrid es una ciudad que atrapa sentimentalmente, quizás sea porque yendo desde el oeste, nada más pasar el túnel te deslizas por un tobogán, siendo en ese momento engullido por un ritmo de vida tan distinto que te envuelve mientras dura tu aventura madrileña.

Tres veces en muy poco tiempo, he cruzado el túnel y las tres me he dado cuenta de que el cielo de Madrid estaba profanado, la niebla, la calima, el bochorno aliñado como siempre con la contaminación …ofrecía al viajero un cielo esperpéntico, nada de azul, nada de nubes blancas, nada de contrastes, todo uniformado por el gris frío y desangelado. Quizás aquí esté la primera realidad de la quimera del cielo, constituir un velo para tapar tantas realidades que tratan de convivir en una ciudad donde habitan muchas personas con demasiados intereses contrapuestos.

Atrapado en la caravana, siempre he pensado en el gran estómago de la ciudad para poder tragarse tantos coches todos los días. A veces como nos pasa con la comida se le atragantan algunos coches, pues de otra forma, no se entiende cómo de momento la caravana se para y luego comienza de nuevo a moverse sin que haya una causa que explique la parada, sin que tenga que actuar la guardia civil. ¡Siempre hay huesos duros de roer!

Aunque para impresión, la causada cuando circulas en sentido contrario a la caravana, saliendo hacia Alcorcón, de 7 a 9 de mañana no cabe un coche en ninguno de los carriles de la autovía. ¿Dónde encontrarán acomodo tantos coches? A la ciudad, con cirugías más o menos agresivas, la han ido dotando de arterías, venas, cañerías, túneles y más túneles, para distribuir todo lo que le llega. Me recuerda la imagen de las vacas, ovejas, cabras que al finalizar el día, llegaban al pueblo todas juntas después de haber pastado en prados comunes y comenzaban a enfilar las correspondientes calles hasta llegar a su corral respectivo.

¡De Madrid al cielo!, qué efecto tan cautivador ha debido tener la frase, especialmente en los años sesenta, para  atraer a tanta gente, que viviendo en un pueblo perdido, abandonaba todo, siendo absorbida por la ciudad. Reflexionaba al circular por el paseo de Extremadura, donde en bloques de pisos miniatura justo al lado de la autovía, la ciudad recibió a tantos pueblerinos llegados con su maleta de cartón piedra en una mano y el gallo de corral en la otra, pensando que habían llegado al paraíso. Lo mismo pienso, al practicar una de mis aficiones: vaguear dando caminatas sin rumbo a primera hora por una ciudad que empieza a desperezarse, esta vez por Alcorcón.

Hacía 40 años que no había vuelto a esta ciudad dormitorio, auténtico enjambre artificial para alojar entonces a extremeños, castellanos, andaluces que huían de la miseria y quizás sin saberlo se metieron en la pobreza. Hay que ver lo que cambiamos en 40 años, nosotros y las ciudades, me costó un esfuerzo importante reconocer la calle Mayor, la principal, entonces para mí, recluta pueblerino, una quinta avenida como la de Nueva York, cuando venía al piso que mi prima Marisa me ofreció para desprenderme el olor de la mili.

Calle Mayor de Alcorcón
Calle mayor de Alcorcón

Debo reconocer el esfuerzo que han hecho los ayuntamientos por edulcorar la realidad de estas localidades asépticas, sin identidades relevantes, haciendo calles peatonales, plantando árboles, pero que no pueden desprenderse  de esa fealdad arquitectónica que los arquitectos de aquellos años utilizaron para diseñar ciudades que ellos sabían que no iban a sufrir.

Si en los años 60, llegaron los inmigrantes nacionales, que abandonando sus señas de identidad, sus raíces, debiendo adaptarse a una realidad amorfa, ahora sucede lo mismo con los extranjeros. Qué difícil debe ser superar la ruptura con tu mundo, solo explicable por estar viviendo situaciones desesperadas. Y encima que sean motivo de risa , de burla , de desprecio, aquellos eran los paletos, estos son los sudacas, moros, rumanos…

Quizás la televisión, que tantas cosas metió en los cuartos de estar, fue la anestesia que ayudó a superar la adaptación en los sesenta y hoy sean los móviles y las redes sociales, las que laven demasiado el cerebro para que superen su situación.

Madrid y sus realidades, hay tantas como barrios, todas muy dispares. A veces muy cerca unas de otras, separadas por una calle, que al cruzarla te sumerges en otro mundo, como si de un viaje se tratara. Ocurre con la Castellana, separa Chamartín de Tetuán, el barrio rico y el barrio humilde.

He callejeado estos días por los dos, cruzando varias veces de uno al otro. Qué diferencia, las callejuelas estrechas, bulliciosas de Tetuán, donde la gente vive en la calle; nada tienen que ver con las avenidas anchas y señoriales de Chamartín por donde la gente va de paso al trabajo.

El Viso una isla urbanística dentro de la ciudad, es un espacio sin gente en la calle, las mansiones con vallas hasta el cielo, les aíslan de sus ciudadanos, apenas comparten las calzadas para llegar a sus casas, también los ricos tienen sus inconvenientes para vivir, al ver a los inmigrantes pasear por Tetuán con su algarabía, es éste un barrio triste. Hasta los mendigos aquí son distintos, una anciana con el síndrome de Diógenes, enjoyada con sus perlas rebuscaba en el contenedor por si encontraba un poco de calor humano que el barrio no tiene.

Un poco más al sur, la Residencia de Estudiantes, escondida entre árboles centenarios, tiene un encanto especial. Los artistas, además de su ingenio, siempre han sabido rodearse de un entorno favorecedor para que fluya más fácilmente. Este entorno lo tiene, edificios de ladrillo mudéjar con una orientación perfecta, habitaciones muy acogedoras, jardines bien trazados, hacen del lugar un paraíso terrenal, donde poetas, pintores, cineastas, novelistas, dramaturgos… comenzaron su carrera artística.

R. de Estudiantes
Fachada de la Residencia de Estudiantes

Pienso en las puestas de sol desde las ventanas (fuente de inspiración), para ellos tiene más sentido la frase de Madrid al cielo. También a nosotros nos inspiró la residencia, de vuelta a casa, salimos escopetados hacia la Moraña, para disfrutar del mudéjar y del cielo azul de Ávila, pero ésta es otra aventura.

 

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