LA VACA DEL JÁLAMA

Varios han sido los lectores que han preguntado por ti, unos para saber de tu porte y envergadura, otros dudando de tu existencia. Es cierto que cuando comienzas un relato, a veces, se te descontrola, se sale del camino y por más que lo intentas no lo puedes reconducir, dando rienda suelta al aluvión de palabras que en ese momento luchan por salir y tener protagonismo.DSC05669.JPG

La protagonista

Esta vez, la vaca existió, una vaca morucha negra que gracias a los siempre curiosos lectores, tendrá protagonismo en forma de anexo al relato anterior. No era una vaca cualquiera, de entrada era una vaca negra entre vacas rojas como lo son casi todas que pastan en las laderas del Jálama. Una vaca como diría mi padre con una cabeza fea, con pequeña cornamenta no muy apta para ser uncida en el yugo y en caso de domarla habría sido muy difícil hacer un surco derecho con ella con ese levante de cabeza, es más no creo  que el arado hendiera la tierra.

De cuadriles impresionantes, una pose bien aprendida, cabeza muy levantada, sin apenas inmutarse, clavando fijamente la mirada, reivindicando en todo momento que estaba allí. Quién le iba a decir a ella que después de haber saltado el ruinoso alambrado para ponerse las botas con los pastos frescos del camino, llegaríamos nosotros a fastidiarle el banquete. Al verla en la foto, su mirada desafiante lo dice todo. Delante del alambrado destartalado, preparada para iniciar una veloz carrera, impone. La ficción, casi siempre es más dura que la realidad. Se movió un par de veces con carreras muy cortas, dándose la vuelta enseguida, porque no quería perdernos de vista.

Es curioso cómo respondemos de distinta manera a los estímulos. Evidentemente, al verla de lejos todos pensamos que ni se inmutaría ante nuestra presencia como el resto de sus compinches, o que a la voz o amenaza del palo saldría en desbandada,  pero eso no fue así. Al momento, cada uno reaccionamos de forma distinta, calculando metros a recorrer, lugares donde colocarnos a salvo, velocidad a la que podíamos lanzarnos, posibles recortes… muchas conjeturas en poco tiempo.

No hizo falta activar la alarma, ni habría hecho falta reaccionar, en caso de embestir, el único peligro lo tenía en las patas, no sería capaz de cornear con su  cabeza altanera y unos cuernos paralelos al suelo. Sencillamente, con tumbarnos en el suelo, habría sido suficiente. Qué bien se dice la teoría, la realidad habría sido de otra manera.

Desde el camino, la vi a lo lejos entre las ramas de los robles, seguía en la misma aptitud, era ella la que debía protagonizar el momento y nosotros se lo quitamos, había iniciado una aventura que nosotros aquella mañana casi le abortamos.

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Vacas pastando en la ladera

 

 

 

 

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