EL PAÍS VASCO, UN PARAÍSO PARA PERDERSE

El desfiladero de Pancorbo visto a lo lejos tiene forma de embudo, a medida que te vas acercando, sientes cómo te va atrapando, a pesar de que aún falta un trecho para llegar al destino, está claro que pasado el desfiladero nada será igual a los pelados cerros y llanuras sin árboles que hemos quedado atrás.

Parece increíble cómo este pequeño país triangular pueda ofrecer al viajero tantas sensaciones agradables, haciendo del viaje una gratísima experiencia. Para viajar hay que informarse, preparar bien la mochila y especialmente amueblar bien la cabeza, no dejando espacio para los bulos, comentarios, de gente retorcida, que sin conocer una región o país, intentan desprestigiarlo, utilizando estrategias malintencionadas. Viajar, significa abrir la mente y dejarte llevar por el ritmo de un país, una ciudad, un paisaje, empapándote de lo nuevo, analizando lo positivo, criticando lo que no te guste de forma correcta, de lo contrario, mejor quedarse en casa.

Viajar en compañía de gente con la compartes muchas cosas es como llegar al paraíso, mezclando paisajes, pueblos, ciudades, museos, gastronomía, costumbres, un buen gazpacho digerible cien por cien.

Por estas tierras de Castilla, a veces un tanto rancias, los vascos en general no tienen muy buena prensa, sería muy largo explicar las razones, pero no se entiende cómo una tierra que acogió a tantos emigrantes salidos de esos pueblos no sea ahora bien vista. Quizás sea un poco de envidia, combinada con la falta de pedagogía en el período de creación del estado autonómico, que no fue capaz de transmitir a los españoles el valor de lo diferente, es una suerte que sin salir de España, podamos compartir distintos paisajes, costumbres, lenguas, cultura.

Y es que nada más llegar impresiona su verde, sus carreteras, sus pueblos y  ciudades y sobre todo su gente, gente que aferrándose a su historia como su mejor patrimonio, han sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En la década de los 80, sufrieron una brutal reconversión industrial, comenzando a partir de entonces una transformación de las carreteras, autovías (en lucha), las ciudades, especialmente Bilbao, ojalá que los pasos que se están dando sigan en la buena dirección reconviertan definitivamente la violencia en un espacio de convivencia.

Es Vitoria su capital, una ciudad verde cien por cien, una ciudad acogedora, que al pasear por sus calles no da la sensación de ser una ciudad con tantos habitantes. El arbolado, los parques y jardines, sus corredores verdes, en un espacio ya de por sí verde, te envuelven en una agradable sensación. Tiene esta ciudad cantidad de iglesias, palacios, plazas, para llenar el tiempo del viajero, para perderse por callejuelas del casco histórico, hoy complementado con murales impresionantes para tapar el paso del tiempo en determinadas zonas de la ciudad que la crisis inmobiliaria dejó al desnudo de la noche a la mañana.

Por primera vez en el viaje tomamos contacto con la cultura de los “pintxos” y el txiquiteo, rito gastronómico en el que participan todos los días riadas humanas a eso del mediodía, alargando la velada tanto como algunos bares han debido estirar su barra para poder exhibir tanta cantidad de pinchos de una gran calidad. Aquí también impresiona cómo en un país donde la gran mayoría utilizan el euskera para comunicarse, en el momento que pides una cerveza, rápidamente se cambian al español con una rapidez que ya querría el traductor de google.

Impresiona especialmente en los pueblos donde la lucha independentista ha sido fuerte, cómo cuelgan de ventanas, balcones, puertas, pancartas, banderas, mensajes,…reclamando e informando al viajero de su problemática.

Impresiona el valor que le dan a lo suyo, a la cultura, sus tradiciones, los 3 museos que visitamos tenían un espacio importante dedicado a la cultura vasca. En Oyarzun, intentando buscar lo auténtico como le gusta a Alicia, nos encontramos con un partido de pelota vasca adaptada al pádel, increíble la imaginación.

Nos alojamos en una casa rural en pleno monte vasco, en la ladera del valle completamente verde, los viejos caseríos los han reconvertido en casas rurales para un turismo rural de calidad, amanecer envuelto en una nube entre una vegetación exuberante en pleno mes de julio, donde media España estaba en alerta por altas temperaturas es una experiencia muy agradable.

Impresiona su naturaleza tan bien cuidada, respetada y amada. Sus espacios naturales son auténticas joyas que atesoran gran cantidad de especies arbóreas, pinos, alerces, hayas, helechos, formando un tupido bosque recorrido por senderos señalizados por los que gran cantidad de vascos se echan diariamente al monte, una de sus pasiones.

Impresiona su costa, recorrerla desde Hondarribia, preciosa ciudad que ha reconvertido sus casa marineras en auténticos museos gastronómicos, donde la forasteros y locales degustan sus delicias, hasta Bermeo es un recorrido de muchos quilates. Ello debió ver también Martínez-Lázaro para tomar en este recorrido escenas de “8 apellidos vascos”. La subida al Jaizkibel permite unas vistas del Cantábrico únicas; al fondo Hendaya con su enorme costa, el contorno de Francia, con unos pueblos que en la distancia ya el viajero intuye preciosos, especialmente cuidados. En la bajada, al terminar el bosque, recuerdo a Induráin, cuando se jugaba el tipo bajando a gran velocidad, por esta carretera estrecha llena de cerrada curvas en la clásica de San Sebastián.

Nos recibe Pasaia, una calle estrecha entre el mar y la montaña que se ensancha en una pequeña plaza abierta a la bahía. Lugar con encanto, un poco abandonada, demasiado utilizada por grafiteros y portadores de pancartas. Estaban en fiestas, los jóvenes a ritmo de música de charanga agitaban sus banderas  subidos en el balcón del ayuntamiento. A veces, hay que hacer un esfuerzo para comprender las distintas tradiciones de los pueblos.

San Sebastián está literalmente tomada por los turistas, la Concha y su paseo kilométrico, el barrio antiguo es un ir y venir de riadas humanas en busca de bares, detalles de calles bien conservadas, del Kursal, los puentes sobre el Urumea, hoteles de cine, palacios, catedral, la nueva ciudad, Urgull e Igueldo, y sobre todo el txikiteo. Mucho y bueno tiene que ver esta ciudad con un enclave maravilloso, vista desde Igueldo es un derroche de armonía, donde hasta el viento se peina, tan sólo roto por una torre de especulación inmobiliaria, a la que ya le tienen puesto fecha de caducidad.

La señorial Zarauz tiene una playa extensa, inusual en estas tierras de playas encogidas al abrigo de una bahía, caseríos de alto porte avisan de que ahí veranea lo mejor de la burguesía vasca. Pasando Guetaria, la carretera se acerca cada vez más al mar, entrando en el parque geológico de Zumaya-Deba, un fenómeno enormemente original llamado flysch nos sorprenderá gratamente. Estratos caprichosamente formados por calizas, areniscas y arcillas a modo de sandwich se sumergen hasta la playa, formando auténticos costillares acuchillados , que a la puesta de sol recubiertos por el sol dorado adquieren una belleza espectacular.

Pueblos pesqueros, donde las redes, barcos y gaviotas , te reciben a la vuelta de una curva;bellas estampas marineras con los barcos saliendo del puerto a faenar, tocando sus sirenas para hacerse a la mar. Bajando desde Lequeitio se cruza la reserva de la biosfera de Urdaibai , un paraíso natural, donde la carretera tiene infinitas curvas, quizás para llevarte a conocer mejor  la reserva.

Guernica siempre merece una parada, no solo por su valor histórico-sentimental, sino también por su rico patrimonio. Enclavada en un entorno privilegiado, al terminar de bajar y ver la amplitud del valle, con el pueblo de casas de piedra y tejados rojos te produce una sensación visual especial, después de kilómetros con el horizonte acotado. Nunca falla Guernica al viajero, sus parques de tilos y robles centenarios, tapizados césped y de flores, los balcones de las casas a reventar de geranios en flor. No pudimos acceder al recinto donde se reunían las Juntas Generales de Vizcaya, Urcullu se reunía con las fuerzas políticas vascas para decidir la convocatoria de elecciones. El entorno transmite sensaciones de paz y concordia, al nuevo roble aún le faltan primaveras para dar sombra a tantos políticos como hay ahora. Nos sorprendió el recorte que se han hecho, la longitud de sus coches oficiales: utilitarios Ford Focus, eso sí, de la gama más alta.

Anímicamente afectados al recordar lo que le tocó sufrir a esta ciudad, salimos en dirección a Bilbao.

La reconversión de esta ciudad sí que impresiona. Ir hace años a Bilbao como turista, era una aventura con poco sentido, hoy es una ciudad con gran cantidad de estímulos para el viajero, la vieja ría del Nervión, ha dado paso a un paseo maravilloso, lleno de una arquitectura totalmente vanguardista, integrando plenamente el casco viejo. El Guggenheim, destaca de manera especial, sus placas de titanio, se han convertido en una auténtica estrella, sobre la que inevitablemente debían girar muchos astros, y ¡vaya que han girado! Terminamos visitando el Museo de Bellas Artes, una joya de museo.

Una exposición de escultura hiperrealista de réplicas humanas, nos desconcertó un poco, provocando situaciones surrealistas provocadoras de momentos muy divertidos.

Salimos con buen cuerpo, directos a coger el coche, para comenzar a bajar hacia el sur, a medida que abandonábamos estas tierras, te invadía un sentimiento de nostalgia, de lo mucho que aún nos falta por ver, después de todo comprobé que las txapelas no son para el verano, por lo que habrá que volver en otra estación.

 

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