REFLEJOS EN EL DUERO

Volver a Portugal es regresar a un país, una tierra que siempre te enriquece, sin darse importancia, su paisaje y sus gentes hacen del viaje una experiencia con grandes dosis de satisfacciones. ¿Cómo puede cambiar tanto un entorno al pasar una frontera?

Las encinas, los cerdos ibéricos ansiosos de que comience la montanera, esperando las lluvias para que las bellotas terminen de engordar y tengan pasto fresco, desaparecen rápidamente al enfilar la carretera hacia Almeida. Los pinares comienzan a decorar el paisaje, ocultando tras sí el demasiado abundante granito. Las parcelas de baldío abandonadas de la raya española, se transforman en estos pagos en bancales y fincas plantadas de almendros y olivos, que a medida que nos vamos acercando al Duero se convierte en una explosión de viñedos colonizando todos los altozanos.

Es Almeida una villa medieval muy bien conservada, sus murallas, los fosos y especialmente sus garitas suspendidas en el aire, sorprenden cuando la rodeas camino de Castelo Rodrigo, pequeña villa situada en un espectacular enclave, llena de cantidad de restos que hablan por sí solos de su historia, desgraciadamente muchas ruinas por metro cuadrado.

Palacios, castillo, torreones, puertas de la muralla con vistas a la llanura y la Marofa, dominada por un Cristo, máxima elevación de la zona, a lo lejos al norte y oeste, se insinúan los valles atrincherados del Duero y Coa. Este último, alberga uno de los mejores conjuntos de grabados prehistóricos de la península.

Una buena carretera nos lleva hacia Pocinho desde Figueira de Castelo  Rodrigo, un pariente de Ciudad Rodrigo, cercano en la distancia y perdido en la lejanía, como si la raya fuese una línea de alta tensión que impidiese cruzarla de un lado a otro. Realmente, la diferencia que existe de un lado a otro es evidente, basta viajar por Puerto Seguro, La Bouza hasta Escarigo y Figueira.

Tienen los pueblos portugueses un toque especial, que los hace muy diferentes a los españoles; perfectamente encalados, deslumbran desde lo lejos con sus tejados rojizos, las flores siempre decorando la entrada, con sus huertos y jardines indican que aquí la vida sigue todo el año, aún no ha decidido  marcharse y tan sólo regresar de vez en cuando.

Lo confirmamos al llegar a la estación de Pocinho, aldea muy pequeña que conserva su estación perfectamente cuidada con bar, servicios limpios y  hasta una tienda de recuerdos. Estábamos en el valle del Duero, auténtico jardín vertical, hecho a base de irle ganando terreno a las laderas mediante la construcción de bancales plantados con viñedos.

Se puso en marcha el tren con puntualidad inglesa, quizás influencia de su presencia por estas tierras en busca de nuevos caldos. Es el recorrido espectacular, bordeando las orillas del Duero, justo al límite, permite a los viajeros disfrutar de unas imágenes maravillosas de laderas tapizadas al milímetro por viñedos colocados en bancales, la mayoría caprichosos para conseguir una imagen demasiado artística para ser rural.

Rompiendo su monotonía, aparecen las quintas, caserones blanqueados en lo alto del valle, donde se lleva la uva para prensarla, sacarle el jugo, dejándolo  fermentar para conseguir uno de los muchos caldos de la denominación Oporto.

La vendimia prácticamente había concluido, había en el aire, especialmente al pasar por los pueblos, un olor agridulce a mosto fermentado que se extendía por el valle.

El escaso número de viajeros te permitía elegir el mejor mirador, cambiando cuando cruzaba a la otra orilla, el cielo azul intenso junto con las laderas amarillentas y rojizas de unos viñedos otoñales prematuros, se reflejaban en el río, sucediendo continuamente imágenes que iban pasando al compás del chaca cha del tren.

Al Duero le quitaron hace mucho tiempo españoles y portugueses sus ansias de correr veloz hacia el Atlántico, una sucesión de embalses han frenado sus aguas desde Ricobayo, siendo muy difícil ver sus aguas correr alegres y cantarinas. Tan sólo unos metros después de un embalse, rápidamente comienza el reculaje del siguiente, así de esa forma el Duero se ha transformado en un mar continental, por donde navegan rabelos, barcos de carga y sobre todo cruceros, todos han de sortear la diferencia de altitud de los embalses metidos en el cajón como los toros cuando los embarcan: las esclusas.

Es Régua un pueblo con una animación de crucero, situado en la mitad del trayecto hacia Oporto, una gran mayoría de ellos atracan en su puerto, haciendo noche en una ciudad en la que todo su encanto está concentrado en el río. Una curva pronunciada, las dársenas del puerto siempre con yates y cruceros amarrados, un ensanche especial, los viñedos y las quintas con la silueta SANDEMAN ( el toro de Osborne portugués), completan una bella estampa de lo que son estas tierras.

El bullicio de restaurantes, bares, hoteles… indica que el turismo es un motor que aquí aguanta bien gracias al combustible de los vinos.

Regresamos cuando la tarde ya caía en picado, los rayos del sol, a veces no lograban superar las crestas más altas de los montículos, los que lo hacían, por su inclinación conseguían reflejos en el agua espectaculares. Los viñedos iluminados al máximo aparecían de repente en el cauce del río formando simetrías perfectas.

Salimos de Pocinho cuando el sol comenzaba a esconderse por el oeste, la IP 2 que baja de Braganza, es un corredor fantástico para hacer km sin sentir. Aún tuvimos tiempo para parar en Marialva, otro de los pueblos histórico medievales de la Portugal profunda de interior. La puesta de sol, dejaba un contraluz precioso con los picachos paralelos a la carretera, imagen perfecta para un viaje perfecto, pero antes de llegar a Guarda, el fuego, tan enraizado en estas tierras, la terminó estropeando.

 

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