RENOIR Y EL OTOÑO DE MADRID

Madrid y su otoño siempre reclaman una visita. La ciudad se inunda de colores amarillentos y rojizos, que al atardecer se mezclan con luces y sombras. Pasear por la Casa de Campo bajo el crujido de las hojas es uno de los mejores placeres, una forma de guardar imágenes bellas para afrontar el invierno.

Siempre guarda Madrid una estrecha relación entre su realidad y las realidades que muestran sus museos, entre la vida cultural y la calle, donde hay constantemente un continuo ir y venir de masas que se mueven sin rumbo fijo, vagando sin ton ni son. Después está la otra riada humana que se mueve organizada, dando vueltas en torno a una de las muchas exposiciones que se ofrecen al público.

Caminando desde la Casa de Campo hasta el Thyssen, el otoño se había encargado de dar pinceladas muy acertadas, encontrándonos de frente con un enorme cuadro impresionista coronado por el palacio Real y la Almudena. De esta forma, nuestros sentidos llegaron ya entrenados cuando comenzamos la visita de la exposición de Renoir.

Nunca pudieron imaginar los artistas que la obra que pintaron sería utilizada como una mercancía para hacer negocio, y ¡qué negocio!. Después de sufrir la correspondiente cola del arte, comenzamos el camino expositivo ordenadamente, respetuosamente, ¡qué distinto al bullicio de la calle!

Nos sorprendió la exposición, porque no aparecía como protagonista su faceta paisajística, alegre, colorista, extravertida, sino que era su intimidad la que nos llevaría a conocer al artista desde un punto de vista menos conocido y popular. Nada más comenzar, numerosos retratos, la mayoría de encargo, para ganarse su jornal, aparecen con una mirada en sus ojos que los convertían en personajes cercanos, muy en la línea de todos los que estábamos en la sala.

A veces, pintar, escribir, componer por encargo no es lo mismo que hacerlo por puro placer y gusto, por lo que Renoir después de trabajar un tiempo haciendo retratos, a pesar de que fue el impresionista que más trabajó la figura humana, necesitaba una válvula de escape y desfogarse con el paisaje. La exposición  incluye paisajes del norte y del sur, incluyendo muchas figuras humanas.

Tal era la obsesión del artista por atraer los sentidos del espectador, que a veces echa mano de recursos pictóricos basados en los olores, sonidos y sobre el tacto para cautivar a los que miraban su obra. Al final de la exposición han hecho un curioso y didáctico montaje práctico para comprobarlo.

Visitó Renoir El Prado y como es lógico, no pasó para él desapercibido, especialmente Velázquez, varios son los cuadros con influencia velazqueña, especialmente el retrato de Jean, inspirado en el Príncipe Baltasar Carlos.

Considerado el desnudo un tema poco dado al impresionismo, fue Renoir el primero en abordarlo, incidiendo más cuando da los primeros pasos para alejarse del movimiento impresionista. Cuerpos voluptuosos, de cabezas casi diminutas, de bañistas a veces descolocados de su entorno natural, que recuerdan las figuras femeninas de Rubens, llenan la última sala, inundándola de luz y color, echando en falta en muchos cuadros el agua azul que espera a las bañistas.

Embebidos en la luz y color de Renoir, la serpiente humana nos llevó pronto al final de la exposición, sabiendo a poco contemplar unas cuantas   pinceladas de su obra.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s