CAMINOS DE HOSPITAL

Poca gente podrá presumir de no llevar en su mochila vital una experiencia hospitalaria, bien como enfermo, bien como acompañante. Se entra en este complejo mundo con el ticket de la urgencia, del dolor, de la angustia, cayendo rápidamente en manos de un batallón uniformado al que se le distinguen mal sus galones y estrellas.

Llegar por la vía de urgencia activa un complicado protocolo sobre el que nada más iniciarse cae sobre el enfermo y sus acompañantes una pesada losa en la que con letras bien grandes está grabada la palabra ESPERA. El tiempo, el sol, la luz, el viento se quedan paralizados, no consiguen atravesar esa puertas de plástico rígido que se abren al paso de las camillas, iniciando los caminantes un largo camino de subidas y bajadas, de luces y sombras, donde casi siempre uno se pierde y hay que regresar al comienzo.

Superada la prueba de las urgencias, te permite el mismo ticket continuar tu ruta. Alcanzada la máxima altura, oteas el horizonte y echando mano de la memoria, te das cuenta que apenas ha cambiado nada desde que subiste este puerto la última vez, todo sigue igual, menos los enfermos y las camas. Se acabaron las camas de colchón y somier, hoy la tecnología ha tirado de imaginación, diseñando unos auténticos armatostes, que poco recuerdan a una cama tradicional. Se necesita ser un avispado tecnológico para su manejo, lo mismo le ocurre a los sufridos celadores que se las ven y las desean para conducir, aparcar, girar estos monstruos hospitalarios.  Todo sea por el bienestar de los enfermos, espero que así sea y no sean tan incómodas como los sillones diseñados para los acompañantes.

Si llegas de madrugada a tu habitación, el encendido de la luz de los pasillos, parece como el alumbrado de la feria, comenzando inmediatamente a ponerse en marcha un ejército de carros, aparatos, que todo lo invaden, dando el pistoletazo de salida a la aventura de cada día.

Cada compañía armada y uniformada, comienza a asaltar las habitaciones, donde enfermos y sus acompañantes esperan y desesperan a que les entreguen la pócima milagrosa que les permita recuperar la salud perdida. A esas horas intempestivas, todos vienen con energía, aunque la profesionalidad es un valor que a todos se le supone, hay matices, donde la amabilidad es de agradecer en estos trances. Los médicos, los últimos dirigentes, no aparecen hasta bien entrada la mañana cuando el campo de combate está en orden y tranquilo, su presencia por los pasillos, debido a su escaso número pasa desapercibido, tan solo su estrella-el fonendoscopio- los delata.

También recorren estos caminos muchos visitantes y visitadores. Viendo grupos numerosos ir y venir por pasillos, habitaciones, salas comunes, hablando sin el tono adecuado, a veces en horas que han perdido el sentido común, uno echa en falta la política de pases de hace años, donde tener acceso a uno, era como si te tocara la lotería. Ni esto, ni aquello, también aquí como en muchos aspectos de la vida, el sentido común ha perdido sentido. Siguen dominando los gitanos, aunque los marroquíes, le están cogiendo el gusto a las visitas hospitalarias, trayendo a todo su arsenal de familiares y  amigos.

Los visitadores médicos, minoritarios, perfectamente se pueden confundir con los jefes del hospital, esperan pacientemente a la orilla del camino, esperando siempre su oportunidad para acechar a su presa.

Resisten los fumadores, grupo formado por trabajadores y enfermos, que con demasiada frecuencia, han de salir por la puerta de emergencia, como si un fuego se tratara, para quemar sus ansias y angustias, dejando de ello constancia en la pared de una escalera sucia y desangelada.

La intensa actividad del día, hace que el tiempo se aligere, después de haber pasado la noche ralentizada. Hay momentos para observar la obra que convertirá al hospital en un complejo edificio por el que los mayores, sus principales usuarios, tendrán más dificultades para orientarse. Edifico que se lleva por delante mucha luz, las vistas hacia el horizonte, aspectos a veces tan necesarios como las pastillas para los habitantes hospitalarios. Al contemplar la obra sentía envidia del nuevo hospital de Oviedo, la antítesis de este macrohospital hecho  a base de añadidos y retazos.

A veces en mi duermevela, me imaginaba a D. Quijote, recorrer estos caminos, para él con mucho atractivo, pues en cada esquina, detrás de cada puerta, surge una aventura.

Al dejar el hospital por la mañana temprano, te topas con riadas humanas procedentes de caminos dispares que confluyen aquí, no en vano es la principal empresa de la ciudad, empresa especializada en mantener la salud de los ciudadanos. El fresco de la mañana se agradece, es agradable caminar por la ciudad deshabitada, donde tan sólo te topas con los camiones de reparto, que están avituallando a bares y restaurantes ante la masiva llegada de otros caminantes muy jóvenes que vendrán a hacer botellón en un entorno de ensueño, pero que muchos ni siquiera verán. Y para colmo es una fiesta universitaria, pero esto da para otro relato.

 

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