HASTA SAELICES ENTRE ENCINARES EN FLOR

Pedaleaba al iniciar la ruta, cuando me crucé con Santos que venía de su finca Al Mariego, a buen seguro que llevaba consigo un montón de sensaciones, buenas y malas, que en el campo hay de todo. Los escasos sembrados de cereal que hay antes de subir hacia el secano, delataban una impresionante falta de agua, el trigo ya encañado, a punto de echar la espiga, suspiraba por una semana de abundantes lluvias. En cambio el cierzo, azote del mes de abril, no dejaba de soplar  un momento, llevándose por delante la poca humedad que quedaba.

Hice la ruta el 25 de abril, festividad de San Marcos, el rey de charcos, ni la humedad de lo que pudo haber sido un charco me encontré en todo el recorrido. Al llegar a la finca de Ivanrey, el camino pica hacia arriba, sorprendiendo con una dura rampa con desnivel considerable. Alcanzada la pequeña meseta, es momento de disfrutar unas vistas espectaculares de la ciudad, ´del río con sus vegas, la sierra y el comienzo de los encinares en flor.

A partir de ese momento el camino serpentea entre encinares donde pasta plácidamente el ganado, principalmente vacas y caballos, componiendo imágenes costumbristas de gran belleza. La sequía va delimitando claramente su territorio, los altozanos empiezan a cambiar el verde por el marrón amarillento de los pastos, demasiado pronto para que el ganado deje el festín del pasto fresco.

Me imagino que Santos se llevaría estas dos sensaciones a casa. Vivir del campo, qué distinto de disfrutar del campo, a lo que últimamente me dedico con intensidad. A pesar de ello, mis raíces campesinas, no se olvidan de las penurias que se pasan en el campo: siempre mirando al cielo, los precios, las enfermedades, los impuestos, las plagas,…

La vía férrea es una gran cicatriz, que divide y complica la organización de las fincas. Mediante túneles y porteras, han conseguido sortear la barrera, por donde apenas pasan trenes de mercancías y alguna locomotora. No se entiende que una vía que está en tan buen estado no se utilice para transportar mercancías. A lo lejos, se divisa la autovía, como siempre dominada por el rosario de camiones que van y vienen de Portugal.

El Águeda, poco a poco va viendo disminuir su fértil vega. Pasando el viejo molino Carbonero, sus orillas ya no se cultivan, sus pequeñas praderas, de pasto fresco, rodeadas de fresnos centenarios van despidiendo poco a poco el lento curso del río. A partir de Pizarral, éste comenzará a encauzarse hasta su desembocadura.

Precioso comedor, a la orilla del río con los fresnos ya vestidos con su mejor traje, rodeado de encinas, para saborear las delicias de un bocata y un trozo de hornazo.

Leer artículo completo en La Gaceta digital

 

 

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