ALBARRACÍN, ESCONDIDO TRAS LA SIERRA

Para llegar hasta Albarracín los que vivimos en la raya de Portugal, hay que vivir  una larga aventura, llena de pueblos, ciudades y especialmente kilómetros. Se vaya por donde se vaya, se haga caso o no al señor Google, acercarse a su escondite supone una decisión cargada de voluntad y constancia. Afortunadamente, el pueblo y su entorno no defraudan, haciendo olvidar pronto las horas de viaje.

Es el Sistema Ibérico una barrera natural que yendo del oeste te complica la marcha en línea recta, por ello hay que rodearla bien por el norte o por el sur, buscando vías de comunicación que garanticen un mínimo de rapidez, cosa que no lo permiten las que van en línea recta. Y con todo ello, hay que cruzar Madrid ,la gran barrera artificial, que depende de tantos factores, que siempre que la cuzas alguno te toca, añadiendo un plus de tiempo extra a tu viaje.

Llegamos por primera vez a Albarracín hace casi 40 años. Habíamos terminado la Escuela de Verano en Ávila, por lo que estábamos empapados de aquella pedagogía fresca e innovadora que aportaban aquellos encuentros de educadores que bebíamos de fuentes parecidas, suministrándonos un especial combustible para caminar por la senda educativa con ganas e ilusión. Si ahora, el viaje ha sido una eternidad, entonces viajar con el 127 por carreteras donde las rectas estaban prohibidas y los baches competían mano a mano  con las curvas, constituyó un viaje interminable. Íbamos camino de Italia, visitar estas tierras estaban dentro de los “yaques” que siempre me atrapan a la hora de programar un viaje.

Era Albarracín un pequeño pueblo perdido en su serranía, muy auténtico, lleno de detalles campesinos en cualquier esquina, tan sólo conocido por el nacimiento del Tajo –siempre de forma memorística- En aquellos años, aún no se notaba en los pueblos el impulso democrático que llevaría a mitigar tantas necesidades de los pueblos rurales. Enclavado dentro de una comarca olvidada, escondida, desconocida, pero no por ello maravillosa.

Impresionan los pueblos de esta zona, tan perfectamente mimetizados con el paisaje, paisaje a veces demasiado austero, pero sobrecogedor. La carretera te conduce al pueblo por un callejón de barrancos rojizos, con el río Guadalaviar de guía a la izquierda y los enebros, sabinas y buitres en las alturas.  Al final, en lo más alto de los cerros, se levanta majestuoso un pueblo que parece de cuento, de Eurodisney, desde que se clona todo de forma artificial.

Entonces, su autenticidad se debía a la ausencia de turismo, ésta no demandaba negocios que hoy día se han multiplicado exponencialmente, eso sí respetando bastante bien el trazado y la arquitectura. Hasta el poderoso y omnipresente banco de Santander ha tenido que adaptar su logo.

No disponía de camping, por lo que acampamos a la orilla del río, hoy transformada en aparcamiento de cemento, un rebaño de ovejas nos despertó con sus esquilas, avisándonos que era importante madrugar para evitar los calores que azotan el pueblo en el verano. Tuvimos que dejar paso a ovejas, carros, caballerías, caminando por las callejuelas estrechas, en esta visita eran los coches los que te echaban hacia puertas y escalinatas en su increíble y desubicado recorrido por el pueblo.

Pueblo árabe, con un trazado espectacular aprovechando la curva del río, orientado al suroeste. Buena forma de luchar contra el calor, juntando los aleros de las casas para que el sol no pueda penetrar, siendo una delicia pasear por las calles con sombra. Las casas revocadas con yeso de tonos parecidos –aunque siempre hay excepciones- le dan un toque de gran belleza, llevándote a veces a dudar de que sean auténticas o sean parte de un gran escenario.

El castillo y las enormes murallas protegerían las empinadas laderas del ataque enemigo con bastantes garantías de éxito, esa mañana afortunadamente no conseguían evitar la entrada de las nubes blancas de algodón que sobre un cielo azul dibujaban bellas estampas desde el mirador de la catedral.

En aquel viaje, visitamos el Monasterio de Piedra, antes de recorrer gran parte de Italia, ello nos permitió valorar más nuestros pueblos, paisajes,..a veces no tan conocidos pero que están a la altura de cualquier ciudad a la que los intereses económicos se encargan de promocionar hasta la saciedad. En este viaje íbamos camino del delta del Ebro, muchos han sido los lugares que nos han sorprendido, la mayoría alejados de las grandes aglomeraciones, pero ha sido el parque natural Els Ports en Tarragona el que nos ha llamado especialmente la atención, siendo un perfecto desconocido, guardando como guarda un tesoro paisajístico.

Este peaje también está incluido en los viajes personalizados, pero no en los programados, compensando siempre con creces el esfuerzo.

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