EL PLACER DE VIAJAR EN COMPAÑÍA (Recorriendo el curso bajo del Ebro)

Es viajar un recurso lleno de posibilidades, pero es necesario activarlas para que realmente se pueda aprovechar. Se puede relatar un viaje de muchas maneras, el último que realizamos lo describiré desde la óptica de lo compartido, lo novedoso, lo anecdótico, lo que pasó, nos impactó y especialmente desde el aprendizaje.

Habíamos elegido “acercarnos” al delta del Ebro, pasando por Albarracín, por eso del “ya que”, casi nada viviendo donde vivimos. La ilusión, las ganas y tanta energía positiva hicieron el viaje muy agradable.

Hay que meterse un madrugón si se quiere ver amanecer a comienzos de julio, por lo que al ponernos en carretera, el sol ya se había desperezado y hacía acto de presencia, tanto de luz y energía como incomodidad para conducir. Había mucha ilusión por metro cuadrado dentro del coche, muchas ganas de compartir unos días, rompiendo la monotonía, disfrutando de la convivencia, a veces complicada durante el curso.

Comenzar el viaje hacia Madrid en esta época, te permite disfrutar de una mancha enorme de verdes maizales, que se agradecen ante la inmensidad del amarillo secano que este verano es de una dureza predesértica. Los rayos del sol jugueteaban con el riego por aspersión regalándonos  arcos iris  de vez en cuando.

Habíamos decidido cruzar Madrid, había otras opciones, pero nos inclinamos ir hacia el infierno de los atascos. Nada más cruzar el túnel, los cuatro estuvimos en alerta, llegará o no llegará, y por supuesto que llegó, con puntualidad inglesa, en la Florida los coches dejaron de correr para moverse a plazos. Es difícil comprender qué ha pasado cuando de repente sin que ocurra nada anormal, el tráfico se para. Olga nos explica muy bien cómo influye un simple frenazo en el desplazamiento colectivo, es una especie de serpiente gigante que una vez parada, le cuesta arrancar. Lo comprobamos a la vuelta, anunciaban accidentes, tan solo habían sido pequeños alcances, pero las retenciones eran mastodónticas.

Sorteamos Madrid entre atascos y velocidades de vértigo, Olga nos supo sacar de la marabunta como vaqueros y pastores conducían por las ciudades sus animales. La A-2 es una avenida llena de naves, industrias, negocios de todo tipo, donde entran y salen camiones, furgonetas, coches, que exige mucha concentración. Pasado el centro y despejada la vía, hicimos la primer parada.

Primer control de habituallamiento, unos argentinos tienen el mate en el techo del coche, aprovechan para darle unos chupetazos, comentamos que o no pueden pasar sin él o como su sabor no es muy apetecible, quizás quieran quitárselo cuanto antes de compañero de viaje. Una escena surrealista.

Abandonado Madrid y su bullicio industrial, ahora circulamos entre campos sedientos de cosechas míseres, donde comienzan a aparecer pequeñas encinas que nada tienen que ver con las del Campo Charro. Un gran cartel avisa de que estamos en Castilla la Mancha, por supuesto D. Quijote también anduvo por estas tierras o eso es lo que interesa al turismo. No me imagino a mi querido personaje cabalgando por estos parajes yermos, muy poco propicios a sus aventuras.

Esta comunidad da para muchas anécdotas y risas viajeras, parada incluida en Albarracín. Después de haber subido bastante hacia el nordeste, enfilamos el suroeste para al final volver a subir hacia al norte, un verdadero galimatías de itinerario para sortear carreteras que ralentizan el viaje o para llegar a Albarracín, volviendo loco a veces a D. Google, con el que a veces discrepo.

La AP-7 discurre entre el mar y la montaña, llena de coches, camiones que suben y bajan como si se tratara de un tobogán, a veces ganan los que suben, otras pierden, su intensidad y ritmo son impredecibles. La monotonía autopística, nos lleva a desarrollar actividades de aprendizaje a los viajeros, desde pueblos, aves que vuelan, fábricas, árboles, “despacito”, que Alicia nos puso al día…

Llegamos al destino, nuestro anfitrión nos esperaba, el primer contacto con un ciudadano catalán no pudo ser más positivo, persona entrañable era Miguel Ángel, dispuesto en todo momento a que nuestra estancia en esas tierras fuera lo más agradable posible. ¡Qué poco valor tienen los estereotipos! ¿Cómo hacen sus investigaciones los psicólogos sociales?

Campos de arroz, trazados geométricamente, campos verdes con tonos amarillentos con barraca valenciana incluida,  nos recibieron al abrir la ventana, una playa interminable al norte y al sur de arena fina, nos abrazó para olvidarnos de los km recorridos.

Enorme ecosistema de humedales, donde han conseguido sobrevivir agricultores y naturalistas, cediendo unos y otros, creando un espacio de gran actividad económica. Aves sobrevolando constantemente los arrozales, lagunas repletas de flamencos al atardecer, a medida que pasaban los días más cerca los veíamos. Cuando el sol iba cayendo, los iluminaba intensamente, desbordando las tonalidades rosas de unas aves especiales, con poses especiales, nos impactaron muy gratamente. A su lado gran variedad de aves acuáticas haciendo de corte real, pues ellos son la atracción desde los miradores instalados en las lagunas.

La necesidad ayuda al aprendizaje, tantas ganas y esfuerzo por divisar los flamencos, con ayuda de Alicia, conseguimos fundir las imágenes al mirar por los prismáticos, gran descubrimiento. Un baño, con paseo interminable por Punta Banya, una puesta de sol de postal sobre las salinas, cerramos las ventanas de un día lleno de sorpresas, como la coqueta playa del cabo Roig, comiendo bajo las moreras (donde en uno de sus troncos por poco dejé mis sesos) una paella dominada por las galeras.

Gran rendimiento le sacábamos a los días, los exprimíamos al máximo, hay tanto que ver, disfrutar, compartir en los viajes, que las horas se las tragaba literalmente el mar, dejando poco tiempo para la lectura. En Reus nos sorprendió la huella dejada por su paisano Gaudí, dándole a la ciudad un toque modernista espectacular. Muy bien indicado el recorrido por la ruta modernista, nos quedó un buen sabor de boca, con unos edificios llenos de creatividad y armonía, como el que vimos en Pinel de Brai, donde César Martinelli construyó un edificio espectacular para la cooperativa de agricultores.

De regreso, al llegar a Castilla la Mancha los pueblos exhibían los templos del franquismo, los silos del SENPA, todos clonados, ¡lo mismo que el almacén de Martinelli!. Tiene ese pueblo cierto aire creativo, subido en lo alto de un cerro, guarda una composición estética admirable, nada que envidiar a Horta de San Joan, más conocido porque estuvo allí Picasso y eso cuenta positivos. Una tienda de productos de la tierra vendía agua de color, ¡tela marinera de imaginación!

Recorrimos entornos y espacios donde se desarrolló la batalla del Ebro, se notaba en los pueblos, con monolitos, esculturas o celebraciones en homenaje a los que perdieron la vida luchando por sus ideas, defendiendo la libertad. Muchas huellas en edificios, muchas heridas en familias, difíciles de cicatrizar,  muy emotivo.

Es el Ebro un río anormalmente caudaloso en España, a pesar del año seco, impresiona cuando navegas hacia la desembocadura. Inmensa masa de agua azul entre orillas de cañaverales, carrizos, espadañas, islas, lagunas y cómo no arrozales, que cambian constantemente de color según la luz del sol. A pesar de que más arriba de Tortosa dos canales enormes le chupan gran cantidad de agua, llega hasta unirse con el Mediterráneo con gran energía, aportando a su mar una buena dosis de agua dulce, donde se va mezclando con la salada formando diversos ecosistemas y tonalidades.

Una bandada enorme de gaviotas y otras aves invitadas nos recibe justo cuando mar y río se funden en un abrazo, es el brazo de  río mayor, otros en forma de canales se han ido uniendo al mar discretamente en distintos puntos, formando el delta. Los fenómenos naturales provocan a veces, enormes sedimentaciones que alteran el  paisaje. La entrada del río en el mar fue obstruida, teniendo que hacer un giro a la izquierda, originando la isla de San Antoni, el faro de Tortosa ha quedado mar adentro, buena clase práctica de geología.

No se entiende esta zona, a la que llega poco turismo afortunadamente, sin las puestas de sol y su gastronomía basada en el arroz y el marisco. Salir del delta al norte o al sur, te topas con núcleos turísticos de sol, playa y paseos marítimos llenos de restaurantes y tiendas para entretener al personal cuando se pone el sol. Se nota que la paella tiene un toque especial, el arroz, el agua, los mariscos, siendo un plato exquisito.

Pero el sur de Tarragona no es solo el delta, el Ebro sirve de guía para llegar a muchos sitios con encanto. A no muchos km, nos sorprenden los pueblos y especialmente la montaña, con el Parque Natural de Ports como la joya de la corona.

A Miravet, encantador pueblo, se puede llegar por rutas distintas, una llena de curvas entre olivos, almendros y frutales colmados de fruta, todo aderezado con el canto de las chicharras, la otra cruzando el caudaloso Ebro subiendo el coche en dos barcas unidas, que mediante un sistema de cables y la pericia del barquero te llevan hasta la otra orilla, curioso sistema este “paso de barca” que se ha sabido mantenerse en el tiempo. Mucha riqueza agrícola, paisajística y urbana atesora el valle del río.

Dos enormes macizos pétreos, les Roques de Benet, nos anuncian la entrada en el parque Natural, aprieta el calor, se desviven las chicharras que baten alas a mil por hora, la pista forestal gira al este, llevándonos por un paisaje donde la vegetación y las formaciones geológicas están perfectamente compenetradas. Un área recreativa, a la orilla del río, bajo enormes abedules, una piedra de molino, se convirtieron en el comedor más original y natural en el que ha comido la familia. En tan buenas condiciones,  dimos buena nota a los bocatas que nos prepararon en Horta de San Joan. ¿Qué decir del trato de los habitantes de esta zona?. Una vez más no nos sirven los estereotipos, por lo general fueron amables, correctos, sin caer en la impertinencia.

Siempre se dirigieron en correcto español, aprendimos que la leche fría que le ponían al café era “natural”, en el centro del parque nos dejaron verlo sin pagar, en el del delta, la chica nos trató con exquisita amabilidad, el camarero del restaurante vecino se desvivía para que probásemos los platos de la zona en las mejores condiciones…

Mejores condiciones buscamos después de comer, el calor apretaba, era cuestión de llegar hasta las pozas para bañarnos. Empezamos el camino bajo un auténtico sol sevillano, una estrella de David marcada en una piedra nos llenó de zozobra, aún más cuando una pareja de ingleses regresaban sin haberse zambullido en el agua. Tomamos los cuatro la decisión de avanzar hacia adelante, asumiendo que podíamos volver más secos aún de lo que estábamos. A los pocos metros, cuando el valle empezaba a encajonarse, llegó uno de los mejores momentos del viaje: ¡una poza de agua cristalina!

Nadando entre peces, rodeados de enormes paredes de cañones, sobrevolados por los omnipresentes buitres, recuperamos las fuerzas y sobre

todo la ilusión ( pocas veces habíamos tenido la oportunidad de bañarnos en un entorno de tanta belleza). A medida que el curso del río descendía, aumentaban las pozas de agua cristalina, pero ninguna nos pareció que tuviera el encanto de “la nuestra”.

Han construido en Deltebre un puente “made in Calatrava” para cruzar el río justo cuando empieza a divisarse la gran isla de Gràcia que divide su curso, su arco permite disfrutar de unas puestas de sol espectaculares. Llegamos con la música de las chicharras aún sonando en el tímpano y pronto fue borrada por la de las ranas y sapos mientras contemplábamos cómo el sol se escondía justo por donde habíamos echado un día completísimo.

Había que comprar productos típicos, habituallamiento para el largo viaje de regreso, que Pepi cada vez lo hace mejor, lo mismo que la elección de todo el equipaje necesario.

El haber estado alejado del mundo de las compras por unos días, nos llevó a vivir una situación rocambolesca, muy divertida. Me llevé por delante el plato de monedas que una mendiga tenía a la puerta de un centro comercial, el gran ruido provocado y su salida desbocada me provocaron una situación de susto y vergüenza, que arreglé como pude devolviendo las monedas a su sitio, incrementando el crédito de la señora. A la salida comprobamos su estrategia, colocaba el plato para que los clientes se lo llevasen por delante y así verse en la necesidad de echarle unas monedas, que ella gastaba en vino y bollería industrial.

¿Nada hubo negativo en el viaje? Pues no, sí que hubo cosas menos positivas como en cualquier actividad, pero que desde la compañía y la complicidad se le sabe sacar también su jugo. En medio de arrozales, humedales, aguas estancadas, los mosquitos tienen un hábitat inmejorable, son ellos la pesadilla de los habitantes y visitantes, tuvimos suerte, Miguel Ángel, nuestro anfitrión había puesto en la vivienda trincheras y cañones para luchar contra el enemigo, a pesar de ello, de vez en cuando alguno sobrepasaba las defensas y atacaba, trayéndonos sus recuerdos picantes.

Llenamos de buenas sensaciones el habitáculo, cuando a las cinco de la tarde, iniciamos la ruta de regreso. Tiempo para recordar, para esperar nuevos destinos, para desear que se repitan estos viajes compartidos que permiten disfrutarlos desde otra óptica.

¡Concho! ¡Lo lejos que estábamos! Devorando km, entre la selva de coches que iban y venían, la mayoría como destino Valencia, no nos percatamos del enorme calor que hacía en Cuenca, hasta que paramos en Honrubia, antítesis de lo que habíamos disfrutado. Áreas de servicio basadas en el consumo, no en el descanso y relajación de los conductores, una marabunta de viajeros desorientados que veían cómo se le iba el autobús y hacían el acopio de comida basura para el viaje.

Volvimos a la carretera, con un sol espectacular despidiendo el día. Nosotros aún tuvimos de hacer km antes de despedirlo, entre las luces de feria que iban y venían. Atravesar Madrid de noche, mimetizándonos como topos, fue fácil. Cuando alcanzamos a divisar las torres de Salamanca, la luna se divisaba por el retrovisor con un buen muerdo en su cara. Para cara las nuestras cuando al fin terminamos nuestra aventura llevada a cabo cerca de Port Aventura, que también sea dicho, vimos de lejos.

 

 

 

 

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